Parroquia de Nuestra Señora de Atocha
Parroquia de Nuestra Señora de Atocha - maya balanya

Las Bodas de Oro de la Iglesia de Madrid

Un total de 216 parroquias nacieron en 1965 como respuesta a las exigencias sociales y demográficas de la región, pilar para la adecuación al Concilio Vaticano II

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En un equilibrio simbiótico entre sus actores, parroquias, Arzobispado y religiosos, la Iglesia madrileña vivió cincuenta años atrás, en 1965, una reconversión absoluta, auspiciada y basada en el trabajo de monseñor Casimiro Morcillo, que adaptó la institución al Concilio Vaticano II. El pilar fundamental de tal impulso y adaptación fue, entre otras medidas complemantarias, la multiplicación de las parroquias en la Comunidad de Madrid, respuesta a las exigencias sociales, espirituales y demográficas de la época.

Primer arzobispo de Madrid, monseñor Casimiro Morcillo se encontró en la entonces diócesis de Madrid-Alcalá con menos de un centenar de congregaciones, muy numerosas en fieles, convertidas en 216 en apenas un año. Sobre el testimonio del sacerdote Luis Domingo Gutiérrez, secretario del arzobispo entre 1964 y 1969, los primeros de su ministerio, ABC esboza una radiografía de dicha transformación y de cómo el plan pastoral diocesano que ideó se configuró como un instrumento capital, de auxilio y cobijo, en el exponencial crecimiento de la región.

Muchas de las parroquias no contaban con un templo y se constituyeron en un garaje o un bar

Morcillo, que fue obispo auxiliar en Madrid, conocía a la perfección las deficiencias de la archidiócesis y la necesidad de adaptarla al concilio ecuménico, de quien fue subsecretario y ante lo cual, consciente de su importancia, destinó todos sus esfuerzos. Domingo, con verbo pausado y aclaratorio, recuerda que el arzobispo no era partidario de grandes parroquias, sino que era preferible dividir a éstas para llegar de una manera más eficiente a los barrios. Sobre tal premisa fundamentó todo su trabajo.

De la parroquia de San Pablo, por ejemplo, que contaba con unos 100.000 fieles, salieron otras cinco. El criterio a seguir, salvo excepciones, fue que de cada 10.000 feligreses saliera una nueva. «Habremos de multiplicar las parroquias hasta el número que sea necesario para que el pastor conozca a sus ovejas (...) Antes quiero tres parroquias pequeñas con uno o dos sacerdotes que una sola mastodóntica con diez», destacó monseñor Morcillo en un discurso de posesión, en 1964, especialmente revelador.

La iniciativa, como todo el plan, tuvo reticencias y problemas en el inicio. En este caso, por un lado, remitían a que aún no contaban con templos propiamente dichos, por lo que tuvieron que desarrollar su actividad en espacios improvisados, irrisorios. Garajes o barracones fueron comunes en ese tiempo. Como anécdota, citar que incluso en un caso llegó a darse en un bar, en el barrio de Zarzaquemada de Leganés. Por otro, aunque «superado rápidamente», el hecho de que una parroquia viese aminorada su presencia en una zona levantó igualmente reservas entre sus responsables.

Implicación de religiosos

En ese sentido, Domingo narra que fue clave «la incorporación a la pastoral parroquial de los religiosos que, con iglesias y oratorios, asumieron la tarea pastoral de convertirlos en parroquias», así como su implicación incondicional para crear otras. Fue petición expresa de Morcillo que las situadas en barrios de mayores posibilidades financiaran la constitución de las nuevas, en la misma situación de precariedad que su entorno.

Así surgieron parroquias en San Blas, Vallecas o en los muncipios periféricos de Madrid. La labor social en este contexto, «importantísima», era una obligación inherente al crecimiento poblacional, con un trabajo docente y de ayuda. «No hubiera sido posible esta labor si no se hubieran creado las parroquias», dice Domingo.

Fallecido Morcillo en el cargo, en 1971, el trabajo que planificó y para que el que dedicó sus últimos días fue posteriormente una suerte de herencia para su sucesor, Vicente Enrique y Tarancón. Tarancón, que siguió la línea marcada, multiplicó incluso los efectos de la tarea en cada uno de los lugares que, hace ahora medio siglo, se comenzó a auxiliar. «El trabajo de Morcillo facilitó y marcó mucho el que después hizo Tarancón», destaca quien fuera secretario del arzobispo.

Una nueva Institución

La efeméride, sin embargo, no remite exclusivamente a la creación de tales parroquias, sino al propósito de dicha empresa: la refundación de la Iglesia en el caso particular de Madrid. En efecto, el Concilio Vaticano II, considerado como el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, fue la premisa fundamental del ministerio de Morcillo, consciente de que la archidiócesis de Madrid-Alcalá estaba «muy atrasada». Desde Roma a Madrid, la corriente fue bien recibida por no pocos religiosos y fieles bajo la alocución italiana «aggiornamento».

Considerada una revolución, generó recelos en el régimen franquista y en la Iglesia

El lema del arzobispo, «me gastaré y me desgastaré», fue una garantía ante el ánimo generalizado, reflejado en sus constantes viajes desde la capital italiana al volante de su Seat 600, cargado de libros. La erosión, no obstante, no sólo contemplaba razones físicas, sino también personales e institucionales. «En el fondo, era una ruptura con lo establecido, una revolución, y eso no sentó bien internamente», señala Luis Domingo al tiempo que cita el posterior triunfo de Morcillo.

Uno de los puntos que más reservas provocó fue la libertad religiosa. Recuerda el exsecretario que, aunque en principio fue rechazado, incluso por el Régimen, pronto aglutinó a todos para asentar la Iglesia actual. Recién instaurado el Concilio, sirva como ilustración un sermón, en San Isidro, que fue utilizado para atacar este precepto y al resto de las innovaciones planteadas por Morcillo. Éste, presente en todo momento, dejó terminar a su crítico y comenzó una homilía de defensa que acabó con felicitaciones y con el auditorio convencido, ministros incluidos. «Fue puntual, pero da una idea de lo sucedido», sentencia.