Marizza Faría, jugadora del Elche Mustang, posa para ABC en el Palmeral de Alicante
Marizza Faría, jugadora del Elche Mustang, posa para ABC en el Palmeral de Alicante - JUAN CARLOS SOLER
DEPORTE FEMENINO

Marizza Faría: Asunción del balonmano

Marizza Faría, central del Elche Mustang, viajó desde Paraguay hasta España, donde explotó para su deporte en los mejores equipos de Alicante

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Guarda similar templanza en su discurso y en la forma que tiene de mostrarse en una pista. El justo toque de pausa para meditar cada acción. La cosa es saber hilvanar con el cuidado y, al tiempo, la diligencia oportuna para proyectar su balonmano y saber qué debe hacer con el balón. Y añade cuando corresponde ese punto de picardía necesario para rellenar sus prestaciones y afinar el factor sorpresa desde su posición de central. Marizza Alejandra Faría Servín (Asunción, Paraguay, 20/8/1983) orquesta el juego del Elche Mustang y sostiene al equipo con rotundas dosis de talento. Lo suyo con su deporte nació cuando tenía ocho años, pero explotó cuando llegó a España con veintidós. Lo hecho, allá o acá, conjugan un todo que le lleva a mostrarse con meridiana claridad: Me declaro una mujer enamorada del deporte en general, pero el balonmano fue el que me enganchó».

Marizza es de cuna deportista. Su padre, Pedro, fue una figura del fútbol paraguayo. Su madre caminó entre lo balompédico y el baloncesto. Ella, con aquellos primeros partidos en el barrio y el colegio, se apasionó por el balonmano. No es disciplina de gran tradición en su país, pero mostró buenas cualidades desde pequeña. «Me llevaron al Club Cerro Porteño, que es un club grande en mi país, y allí hice gran parte de mi carrera de balonmano. Fui a la Selección con 15 años en categorías inferiores», recuerda sobre unos inicios en los que reconoce que tuvo la oportunidad de jugar en Brasil, pero «en ese momento quizás me faltó empuje».

El punto de inflexión para ella llegó cuando su familia se trasladó a España, a Alicante, por trabajo. Ella, con 22 años, tenía una hija de dos: «Cuando llegué aquí me entregué por completo al balonmano, porque si no hubiese acabado como un hobby. Conocí a personas maravillosas que me ayudaron mucho a que me pudiese dedicar al balonmano».

Dos nombres claves luego: Alejandro Rico y José Ignacio Prades. El primero llamó la atención del segundo para que probase a Marizza en el Monóvar de Primera Nacional. «Era difícil porque al ser extranjera había que pagar un tránsfer internacional. Pero vieron algo en mí. Apostó por mí, me dio la oportunidad de jugar y desde ahí fue todo para arriba», explica. Para ella se convirtió en la vía hacia División de Honor. Pero siempre tuvo claro que debía ser una transición, pues «llegaba de un país muy pequeño y sin tradición por este deporte y estaba en la liga española, cuyo nivel es tremendamente superior».

Marizza disputó en su primera campaña en España con el Monóvar la fase de ascenso y, en un pabellón repleto -imagen imborrable para la paraguaya-, alcanzaron la División de Honor. No pudieron mantener la categoría. Pero de nuevo el equipo se clasificó para la promoción de ascenso. Fue entonces cuando el potente Elda Prestigio firmó a Prades y éste se llevó a la central.

«Allí aprendí muchísimo y había grandes jugadoras. Estaba Patricia Alonso, Ana Paula Rodríguez, Marija Popovic, Llanos Trigueros, Conchi Belenguer... jugadoras extraordinarias y aprendí un montón. Quedamos campeonas de Liga, Copa de la Reina y Supercopa», cuenta Marizza, que después de dos campañas en un potente club como Elda recibió la llamada de Rico para ir al Mar Alicante, donde pasó dos ejercicios. Finalizada la temporada 2013-2014, con el equipo que se ganó en la pista seguir en DHF, la coyuntura económica lo engulló: «Creo que nos avisaron una o dos semanas antes de que se iniciase la pretemporada de los equipos. Había una base muy buena. Las niñas tenían como meta llegar al primer equipo. Fue una pena».

Prades acudió de nuevo a Marizza en ese momento para fichar por el Elche. Está en su primera campaña. El equipo ilicitano está haciendo buena campaña y se sitúa entre los primeros clasificados. Lamenta las lesiones que han mermado el grupo. Disfruta con su deporte, del que todavía espera «luchar por algún título».

La hija de Marizza, ahora de diez años, también está entusiasmada por el balonmano. Y ella lo celebra, aunque espera que si llega a la elite sea con un escenario diferente al actual, roto por las estrecheces económicas. La paraguaya, mundialista, que ha vivido y vive su deporte en el alto rendimiento, subraya que el balonmano «me lo ha dado todo», al tiempo que ella siempre intenta responderle «con mi máximo esfuerzo».