Túnez, de la modernidad a la amenaza salafista
Soldados tunecinos montan guardia frente a la Embajada de Francia en la capital de Túnez - afp

Túnez, de la modernidad a la amenaza salafista

Los sectores laicos del país observan con temor la escalada de islamización forzosa que tratan de imponer los radicales

enviado especial a túnez Actualizado:

El país que abrió la espita de la Primavera Árabe y en el que, en 28 días y con 300 muertos, la revolución fue más rápida y menos sangrienta, afronta un periodo de inestabilidad que casi todos entienden como el peaje necesario y previsible que hay que pagar. Pero cada vez son más los que cuestionan la alianza gubernamental encabezada por Ennahda (Renacimiento), que cuenta con 89 de los 217 escaños de la Asamblea que prepara la nueva Constitución para finales de año.

Detrás de la intranquilidad de muchos tunecinos, sobre todo aquellos que se levantaron contra el ex presidente Ben Alí y que se sienten engañados por el gobierno de mayoría islamista, está la creciente presencia de un minoritario grupo de radicales -no más de 30.000- bien organizado y a menudo violento, los salafistas. Aprovechan el grado de libertad ganado en una revolución que nada tuvo de religiosa para tratar de imponer las leyes de Alá frente a las de los hombres.

Suena el teléfono en el despacho de Habib Kazdaghli, decano de la Facultad de Letras, Artes y Ciencias del campus de Manuba, junto a la capital tunecina. Explica a este enviado especial que un colega le ha llamado porque en Biotecnología han empezado a alborotar alumnas que quieren asistir a clase -hasta al laboratorio- cubiertas por el rigorista “niqab”. Kazdaghli tiene experiencia porque su facultad lleva “aterrorizada” así desde hace un año. Decenas de salafistas se han hecho fuertes en el campus. Además de querer ir con el “niqab”, que impide reconocer a quien lo lleva, convirtieron una clase en sala de oración, acamparon en las instalaciones hasta que la Policía los desalojó pasado un mes y llegaron a cambiar la bandera tunecina del edificio por una enseña negra yihadista.

Pasividad del gobierno islamista

El pasado 6 de marzo dos de esas estudiantes cubiertas de los pies a la cabeza se presentaron en el despacho del decano tras ser expedientadas y expulsadas seis meses. En medio de insultos y gritos, como recoge el vídeo grabado por un estudiante y que este enviado especial ha podido ver, pusieron todo patas arriba. Tras hacerlas salir, Kazdaghli acudió a comisaría a poner una denuncia. Al regresar vio una ambulancia saliendo del recinto con las estudiantes dentro. Sabía desde entonces que él también iba a ser denunciado por una agresión que, según las imágenes y los testigos, no existió.

El próximo 25 de octubre se enfrenta a un juicio y puede ir hasta cinco años a la cárcel. Nada se sabe hasta el momento de su denuncia. “Es un proceso puramente político. Detrás está Ennahda”, afirma refiriéndose al partido islamista que ganó las elecciones del pasado octubre y que lidera la coalición de gobierno.

Kazdaghli, de 57 años, es un reconocido estudioso de la cultura judía y autor de una tesis sobre el Partido Comunista. El decano no duda en acusar a las autoridades de pasividad para frenar a los salafistas, seguidores de una corriente radical que busca recuperar el islam de la época del profeta Mahoma. “Son una verdadera amenaza para el país, no tanto por su número como por la impunidad con la que actúan”, sentencia mientras recuerda que nunca se habían visto seguidores de esta corriente en Túnez.

La sombra de Arabia Saudí

“En este país había modernistas, conservadores, no creyentes, cristianos, judíos… y todos convivían. Ahora están rompiendo ese equilibrio. Nos están imponiendo un islam riguroso, wahabí y terrible como el importado de fuera con dinero de Arabia Saudí, que financia el salafismo”, dice airada la conocida feminista Khadija Cherif, de 62 años, secretaria general de la Federación Internacional de Ligas de Derechos Humanos (FIDH).

Algunos de esos extremistas religiosos que han dirigido la revuelta en la universidad han estado también al frente del asalto hace una semana a la Embajada de Estados Unidos en el que murieron cuatro de manifestantes. Es el caso, explica el decano Kazdaghli, del conocido como Abu Iyadh, líder de Ansar Sharía (Defensores de la Ley Islámica), movimiento vinculado a la banda terrorista Al Qaida. Cientos de agentes lo rodearon en una mezquita el pasado lunes, pero logró escapar ante la sorpresa general y la indignación de muchos, de nuevo, ante la pasividad de las autoridades. “Lo de la Embajada no fue una expresión de cólera, fue terrorismo”, denuncia el diputado izquierdista Samir Taieb.

“Tras una revolución es difícil mantener el orden. Reconocemos que nuestra situación es difícil”, afirma Abú Yaarev Marzouki, de 64 años, consejero del primer ministro, Hamadi Jebali, secretario general de Ennahda. “Tenemos que lograr ser islamistas y modernos, reconocernos mutuamente y esa es la condición esencial de la paz civil. Con Ben Alí la minoría laica impuso su dictadura. Ahora hay salafistas que quieren lo contrario”. “No confío en que Ennahda vaya a democratizar Túnez”, piensa Sofiane Chourabi, musulmán laico y primer periodista que llegó a la localidad de Sidi Bouzid dos días después de que el 17 de diciembre de 2010 un joven vendedor ambulante se inmolara para protestar por los abusos policiales y prendiera la chispa revolucionaria.

Desde la infancia

“Túnez no es una sociedad laica o comunista, es una sociedad islamista y eligió serlo hace siglos”, asegura Mohamed Khouja, miembro del partido Frente Reformista, sin presencia en la Asamblea, y ex preso con Ben Alí como miembro del Frente Islámico Tunecino. Su objetivo, como el de Ennahda si gobernara en mayoría, es implantar la “sharía” (ley islámica). Khadija Cherif ve con verdadero pánico que los primeros pasos se están dando y que el tesoro que ha supuesto históricamente la educación se les está escapando no solo a nivel universitario como en Manuba. “Están implantando jardines de infancia sin música, con niñas de dos y tres años con la cabeza cubierta por velo, sin juegos, sin baile, sin muñecos… Preparan a la sociedad desde abajo”.