Pedro Rodríguez - DE LEJOS

Guerra fría recalentada

Encontrar una salida para el desastre de Venezuela no es una cuestión de EE.UU. y Rusia

Pedro Rodríguez
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Con regusto a guerra fría recalentada, los ministros de Exteriores de Rusia y Estados Unidos se han visto en Finlandia para hablar entre otras cosas de Venezuela. Cita aprovechada por Sergéi Lavrov para mandar recado de que cualquier intervención militar americana dirigida a forzar un «cambio de régimen» en Caracas sería catastrófica e injustificada. Con un punto de ironía difícil de obviar, es la misma posición de otros gobiernos occidentales que desean una salida para el desastre de Venezuela pero no con ayuda del Pentágono.

Algunos análisis empiezan a diagnosticar fatiga en los esfuerzos por acabar con la dictadura de Nicolás Maduro, incluso a pesar de la fisura abierta el pasado 30 de abril. Es cierto que el régimen ha prevalecido, pero de ahora en adelante se enfrenta a multiplicados y justificados niveles de paranoia sobre la sospechosa lealtad de su cúpula. El gran problema para el chavismo es que la idea de que Maduro debe marcharse ha entrado en la categoría de lo inevitable. Las dos únicas cuestiones pendientes serían: cuándo y cómo.

A la supuesta fatiga opositora, quiere sumarse la internacionalización del conflicto en Venezuela. La crisis venezolana ha encontrado lugar destacado en una larga lista de disputas bilaterales entre Rusia y Estados Unidos, con ambas partes enrocadas en posiciones diametralmente opuestas. Y por eso se habla de dar una oportunidad a esa diplomacia que en los viejos tiempos de la distensión hizo posible que Moscú y Washington llegaran a entenderse en lo fundamental.

Aunque las analogías históricas tienen sus límites en este caso. Donald Trump tiene «cero credibilidad» en todo lo relacionado con Rusia, ha desmantelado las capacidades del Departamento de Estado y, a falta de supervisión adulta, ha tenido que recurrir al fondo de su barril diplomático como demuestra la resurrección de Elliot Abrams, más conocido por su papel en el escándalo Irán-Contra que tanto daño hizo a la Administración Reagan. El presidente haría mejor en recordar a figuras como la embajadora Jeane Kirkpatrick y sus distinciones sobre el superávit represivo de las autocracias revolucionarias.

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