Francia descubre tras los ataques de París las lagunas de sus servicios de seguridad

Con más de 2.000 sospechosos calificados de «potencialmente peligrosos», las fuerzas de seguridad se ven desbordadas por la amenaza yihadista

Corresponsal en ParísActualizado:

Con el Estado de excepción y su nueva política policial, más dura, Francia descubre con mucha inquietud fallos graves en su sistema de seguridad nacional. Explicando las grandes medidas policiales decretadas para mejor luchar contra el terrorismo, Manuel Valls, primer ministro, y Bernard Cazeneuve, ministro del Interior, han dejado caer muchas cifras básicas e inquietantes.

Los servicios de seguridad del Estado tienen fichados a unos 11.000 sospechosos. Cifra más que considerable, que plantea problemas de la más rudimentaria gestión humana del problema, si se recuerda que más de 2.000 sospechosos están calificados oficialmente de «peligrosos potenciales».

A esa «población» de franceses tentados en distinta medida por la violencia terrorista hay que añadir entre 500 o 600 franceses que ya se encuentran en Siria, al servicio de Estado Islámico. Se trata de jóvenes franceses que siguen teniendo muchos lazos familiares y amistosos en los suburbios de las grandes ciudades. Esa comunicación individual crea un «flujo informativo» tan impresionante como de complejo «control».

El Gobierno creó hace meses un «número verde» donde familias o individuos aislados pueden dejar mensajes anónimos o identificados, como lo prefieran. En los últimos meses se han producido más de 3.800 llamadas. Casi todas las llamadas ofrecen informaciones sensibles, cuya explotación requiere mucho tiempo y energías.

Los movimientos y viajes y «trashumancia» casi permanente de esa «población francesa» sospechosa o potencialmente sospechosa es de muy difícil control. El espacio Schengen facilita el tránsito de un Estado a otro. En el espacio policial puramente nacional, la libertad de movimientos es casi absoluta, obligando a los servicios de seguridad a limitar el intento de vigilancia a un número limitado de sospechosos.

Sociólogos y especialistas en delincuencia suburbana tienen bien catalogados y estudiados unos 780 suburbios sensibles, que Manuel Valls ha definido como «zonas de apartheid». Hace meses, el primer ministro anunció un viaje a Marsella, para presentar un plan de seguridad local, municipal. Fue recibido a tiros, con ráfagas de «Kalashnikov». Los autores de esos tiroteos no han sido identificados, nunca.

Sociólogos, trabajadores sociales, maestros y profesores, conocen de muy primera mano los problemas de integración y desintegración social en los suburbios. Sin embargo, las policías municipales están mal pertrechadas para la lucha anti terrorista, cuando las bandas de amigos, «colegas», cómplices o sospechosos se mueven como pez en el agua entre París y los suburbios.

Retraso en la transmisión de la información

El hombre que albergó a los terroristas neutralizados en Saint-Denis «confesó» el domingo a un «colega» que era «inminente» una serie de explosiones destinada a meter fuego o destruir hamburgueserías «norteamericanas». Una información tan sensible llegó a la Policía con 48 horas de retraso.

Los sistemas de videovigilancia del metro y varias estaciones de ferrocarril habían grabado desde hace días las idas y venidas de Abdelhamid Abaaoud, el cerebro de los atentados de París que murió el miércoles en el asalto policial a un piso en Saint-Denis. El terrorista estaba fichado como muy peligroso desde hacía varios años. Pero la información grabada de su presencia en París no pudo ser utilizada en tiempo real por la policía.