La canciller alemana, Angela Merkel, asiste a una sesión del Parlamento alemán
La canciller alemana, Angela Merkel, asiste a una sesión del Parlamento alemán - EFE

La crisis de la inmigración quiebra el liderazgo europeo de Angela Merkel

La concesión ante su ministro del Interior, Seehofer, para no romper la unidad conservadora alemana, es otro signo más del declive de su autoridad

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La última vez que se produjo una disputa entre la Unión Cristiano demócrata (CDU) y su sucursal bávara, la Unión Cristiano Social (CSU), fue en 1974 cuando Helmut Kohl estaba en la oposición e intentaba hacerse con el liderazgo del centro derecha alemán. Esta crisis le ha venido a la canciller Angela Merkel cuando lleva ya 13 años en el poder, la mayor parte de los cuales ejerciendo un papel activo de liderazgo indiscutible en la UE. El problema de la llegada masiva de los refugiados-inmigrantes le ha llegado en un momento de gran desgaste político y es muy probable que marque el final de su hegemonía continental.

Alguien que conoce bien el entorno de la canciller se atreve a predecir que el anuncio de su retirada se puede producir después de las próximas elecciones europeas de la primavera próxima, que probablemente dejarán un panorama endiablado para todos. Otros creen que la querella con la CSU bávara puede llegar a un punto crítico dependiendo del resultado de las regionales de octubre en este land alemán. En todo caso, la sensación de que el tiempo de la canciller está agotándose se expande en Europa.

Otro síntoma claro ha sido el resultado del último Consejo Europeo, en el que por primera vez en más de una década ha sido ella la que pedía la ayuda de sus pares en la UE y se ha dado cuenta de que en realidad no solamente ya no tiene la capacidad ilimitada de resolver los problemas de los demás, sino que los pocos apoyos que ha recibido le han salido caros, y realmente no se puede decir que vayan a ser suficientes para ayudarla a sobrevivir. En realidad, de la última cumbre los que han salido claramente victoriosos son los países de Visegrado (Polonia, Hungría, Eslovaquia y República Checa) en su contumaz posición anti inmigración. Merkel ha tenido que aceptar el principio de sus posiciones según las cuales la receta para hacer frente a la situación es la contraria de la que predicaba la canciller en 2015. Es decir, cerrar las puertas a los extranjeros.

Paisaje político

El grueso del problema está en Europa. Pero el nudo se encuentra en Alemania. Primero en la situación que se ha creado en Baviera, con el ascenso de los nacional-populistas de Alternativa para Alemania (AfD) amenazando la hegemonía que la CSU ha mantenido de forma indiscutida desde el final de la II guerra mundial. Y, después, con la certeza de que en las filas de la CDU hay cada vez más cuadros y militantes que están de acuerdo con las tesis del todavía ministro del interior, Horst Seehofer y abandonan las suyas.

También puede pesar el hecho de que en Francia haya un presidente como Emmanuel Macron que aspira claramente a un liderazgo propio en Europa y está menos interesado en ser un simple complemento del eje franco-alemán. Macron tiene planes claros y precisos para construir un polo de poder hegemónico en Europa en torno a Francia. Macron tiene la particularidad de que está intentando quedarse al margen de los alineamientos políticos tradicionales, tal vez pensando en convertirse en una especie de muro de contención contra las fuerzas antieuropeas y populistas. En este aspecto, la caída de una figura tan marcada como Merkel le puede resultar incluso conveniente.

En todo caso, en la última cumbre europea, no le fue de gran ayuda a Merkel, que a su vez tuvo que buscar el apoyo de dos dirigentes de los que jamás hubiera pensado que acabaría dependiendo. Ante la rebelión abierta del nuevo gobierno italiano, la alemana tuvo que apoyarse en el socialista español, Pedro Sánchez, y en el griego Alexis Tsipras.

Otros, como el húngaro Victor Orban, que han sido el punto débil del PP europeo y un dolor de muelas para Merkel, pueden contemplar ahora con gran satisfacción el declive de Merkel en el escenario europeo.

En las instituciones europeas, por su parte, Alemania sigue siendo un elemento fundamental, pero ya se sabe lo que pasa cuando se hace evidente la debilidad de quien ha sido el centro de todas las decisiones. El presidente de la Comisión Jean-Claude Juncker, ha salido a defender la legalidad del plan pactado por Merkel con Seehofer para controlar el flujo de los refugiados, algo que en otros tiempos ni siquiera se habría planteado y ahora parece casi una advertencia de que será necesario retocarlo.

Cartas en Bruselas

Le queda tal vez la última carta más o menos escondida, que es el enigmático «Rasputín» de Bruselas, el secretario general de la Comisión, antiguo jefe de gabinete de Juncker, el funcionario alemán Martin Selmayr, al que se considera como el auténtico timonel de la principal institución comunitaria, por encima de los comisarios y se dice que también del propio Juncker. Su azaroso nombramiento como secretario general se había interpretado incluso como parte de un plan para conservar una influencia directa en la Comisión, más allá del mandato de Juncker. Merkel se había encargado además de poner a un hombre de los suyos, Günther Oettinger, como comisario de presupuesto, para marcar los números de la Europa de los próximos siete años. Más allá de esta legislatura y la siguiente. El problema es que todo parece indicar que la que políticamente ya no estará para verlo será la propia Angela Merkel.