Ciudadanos de Berlín subidos al Muro en una simbólica imagen - REUTERS
Muro de Berlín

Ni los comunistas lo añoran

«Berlín tiene que ser una esperanza para tragedias como la de Siria», dice el director del Museo de la Memoria

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No había vuelto a Berlín desde que la ciudad era la primera línea del Telón de Acero. Cuando cruzar al Este, a la zona controlada por la República Democrática Alemana (es decir, por los soviéticos) era una aventura, pero no una novela. Porque entrabas en un país que daba miedo y en el que siempre parecía que era invierno. «Ni los comunistas lo echan de menos», dice José Gómez Ferreiro, nacido en una aldea de Lugo en 1928, pero que lleva desde 1960 viviendo en Berlín, casado con una alemana que nació en el Este y con la que tuvo dos hijos nacidos también en Berlín Este: «Fue una sorpresa cuando levantaron el Muro, pero también fue una sorpresa cuando se cayó», dice sin el menor atisbo de nostalgia por un régimen que nunca le gustó: «Aquel país no funcionaba».

La primera vez llegué a Berlín en un tren que venía de Moscú y atravesar la República Democrática Alemana (RDA), y sobre todo de noche, ponía los pelos de punta. Los guardias fronterizos, los temidos VoPos, los mismos que se encargaban de custodiar el Muro (los dos muros, la tierra de nadie, las alambradas, las «camas de faquir», las torres de vigilancia, los reflectores, la tierra rastrillada para rastrear huellas), y de disparar, revisaban a cara de perro los pasaportes, los equipajes, los entresijos de los asientos, los retretes, los ejes de los viejos vagones que parecían venir de una guerra que no había terminado en 1945.

No había vuelto a Berlín desde que la ciudad estaba dividida por una cicatriz tan absurda como infranqueable, y hoy la ciudad luce irreconocible, llena de grúas y nuevos edificios, convertida en lugar de peregrinación de políticos, periodistas, turistas, escolares que quieren celebrar que hace 25 años una marea humana desbordara los muros de contención del socialismo real. Bastó que un funcionario del partido admitiera en una caótica rueda de prensa que las nuevas medidas de tránsito al oeste entrarían en vigor de inmediato para que nadie esperara a que el «Estado de los Obreros y los Campesinos» pusiera el cartel de «cerrado por revolución», para que el Muro levantado el 13 de agosto de 1961 dejara de existir.

Borrar el pasado

Desde la muralla china hasta el muro de Gaza, desde la valla de Ceuta y Melilla a la que separa México de Estados Unidos, «todos los muros se levantan para que no entren los de fuera. El de Berlín fue el único que se levantó para evitar que la gente pudiera escapar». Lo recuerda con emoción Axel Klausmeier, nacido en Essen hace 49 años y que hoy hará los honores a la canciller Angela Merkel como director del Berlin Wall Memorial, el museo que se asoma a la calle Bernauer, empeñado en que no se borren los recuerdos. «La furia por borrar el pasado hizo que se destruyeran casi todos los tramos del muro. A partir del 10 de noviembre de 1989 toda la ciudad era un tic-tic-tic de martillos y cinceles. Teníamos que haber preservado más».

El viernes mostró en primicia la nueva exposición volcada en las víctimas, las al menos 136 personas que perdieron la vida tratando de «ganar la libertad» (más de mil si tenemos en cuenta los que intentaron atravesar los 156 kilómetros de frontera estrechamente vigilada entre la Alemania Federal y la RDA). «Hemos querido centrar la nueva exposición en la gente de Berlín, la que de verdad sufrió a causa de la división». Y los que no sobrevivieron para contarlo, desde el primer muerto a tiros de los VoPos, Günter Litfin, el 24 de agosto de 1961, al último que perdió la vida de la misma forma, Chris Gueffroy.

Y el triste caso de Winfried Freudenberg: su mujer se echó atrás en el último momento, pero él se empeñó en hacer volar un rudimentario globo que le permitió salvar el Muro, pero nada más. Fue el último que tuvo que jugarse la vida (y perderla) para huir del llamado «paraíso socialista. Berlín se ha convertido en un símbolo internacional de esperanza. El Muro se vino abajo sin disparar un solo tiro. Berlín tiene que ser una esperanza para tragedias como la de Siria. Tenemos mucho que aprender, y que agradecer que fuera así», dice Klausmeier ante el monumento de hierro corten, oxidado, en el que una serie de ventanas muestra los rostros de los muertos, en blanco y negro, como era la Guerra Fría.

Ajenos al dolor que quedó atrás hace un cuarto de siglo, grupos de estudiantes y parejas de enamorados se fotografían sonrientes al pie de lo que queda del Muro en la Bernauer Strasse.

Aquí se tomaron imágenes que todavía congelan el ánimo: vecinos saltando desde las ventanas de los edificios que se convirtieron en la primera línea de la división para huir de la nueva realidad instaurada de la noche a la mañana en el sector soviético. Primero alambre de espino, luego paredes de ladrillo hasta el pecho, más tarde una sofisticada barrera digna de una pesadilla.

Zona muerta

Axel Klausmeier, el director del museo del Muro, recuerda que a pesar de que a menudo había cortes de luz en Alemania Oriental, los más de 12.000 soldados y guardias fronterizos que vigilaban que nadie huyera disponían de abundante energía eléctrica. De noche, un chorro de luz iluminaba la zona muerta, tierra de nadie entre un muro que en realidad eran dos. «Y cuando un vecino del Este perecía tiroteado, las autoridades comunistas tenía la desfachatez de entregar una urna con los restos del fugitivo y de cobrarles a los deudos por los gastos de la incineración».

Una doble hilera de adoquines incrustados en el pavimento recuerda el viejo trazado por toda la ciudad. Ser del Este («ossi») o del Oeste («wessi») ya no está en el vocabulario ni en la mente de los berlineses, y menos desde que la ciudad se volviera a convertir en la capital de la Alemania unida. Pero Berlín es una ciudad donde el peso de la historia aflora en cada esquina. Estaciones fantasma donde no paraban los convoyes (como la de Nordbahnhof, donde no se detuvo ningún metro entre 1961 y 1989), o el llamado Palacio de las Lágrimas, en la antigua estación de Friedrichstrasse, ahora un museo del sufrimiento levantado a orillas del río Spree y a un tiro de piedra del Berliner Ensemble, el teatro de Bertolt Brecht, invitan a recordar mientras cae la noche una vez más sobre Berlín y, extrañamente, un «azul de verano, azul de ataque aéreo», como escribió Uwe Tellkamp en «La Torre», una de las mejores novelas de cómo era la vida en el Estado de los Obreros y los Campesinos, que «no añoran ni los comunistas» y donde parecía que siempre era invierno.