Retrato de Luis XVI
Retrato de Luis XVI

El misterio de la fimosis de Luis XVI: la tragedia del Rey que acabó sin cabeza

Siete años tardó en consumarse el matrimonio entre Luis XVI y María Antonieta debido a lo que, en principio, parecía un problema médico. El nulo interés del Monarca por el sexo añadió confusión a un asunto que despertó las coplas más crueles en las calles de París

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Lento de cuerpo y espeso de encantos, Luis XVI resultó ser una excepción en lo concerniente al sexo dentro de la Familia Real francesa. Los muros de Versalles habían visto toda clase de fórmulas sexuales –trios, orgias, predilección por las menores de edad y un sinfín de perversiones– durante los reinados de Enrique IV, Luis XIV o Luis XV, hasta que el heredero encarnó la castidad en el viejo palacio parisino. ¿Por qué había despedido de repente el deseo y el libertinaje de aquella «pequeña Sodoma»?

En el libro «Una historia erótica de Versalles» (Una historia erótica de Versalles), Michel Vergé-Franceschi Anna Moretti repasa la agitada vida privada que aconteció en este palacio entre los siglos XVII, XVIII y XIX, finalizando su relato con la extraña calma que trajó Luis Augusto, el futuro Luis XVI, un hombre cuyo poco interés por el sexo ha suscitado numerosas teorías.

Los primeros murmullos surgieron tras su boda el 16 de mayo de 1770 con María Antonieta, Archiduquesa de Austria, cuando la ceremonia fue seguida de una tediosa noche sin sexo. «Decían que había dormido muy bien», anotó en su diario la Duquesa de Northumberland. Sin más noticias. La pareja de 17 años, que dormía en habitaciones separadas, parecía a juicio de los libertinos empleados de Versalles un matrimonio de ancianos. Y, tras ocho semanas como esposo y esposa, el Conde de Fuentes, embajador de España, informó a su Corte que el matrimonio del Delfín con María Antonieta seguía sin consumarse.

El abuelo examina de cerca el problema

La descendencia del Rey y de su sucesor siempre resulta un asunto de Estado para cualquier Monarquía, pero no hubiera sido algo realmente urgente si el abuelo de la criatura, Luis XV, no hubiera sido un crápula de manual. El Rey había inaugurado su matrimonio con la polaca María Leszczynska con una fiebre erótica desatada que, aún en su vejez, seguía latente en su obsesión por las quinceañeras. Al conocer la timidez de su nieto y heredero, Luis XV tomó inmediatamente cartas en el asunto y escribió al Príncipe pidiéndole que consumara el matrimonio como fuera.

Él, volcado en comer, cazar y holgazanear, reafirmó su pasión por ella y se justificó en que hasta que se trasladaran a Compiègne, al norte de Francia, no podrían iniciar su vida íntima

La austriaca María Antonieta, una mujer caprichosa que trataba de adaptarse a Francia, también interrogó a su marido sobre el problema que le impedía mantener relaciones sexuales. Él, volcado en comer, cazar y holgazanear, reafirmó su pasión por ella y se justificó en que hasta que se trasladaran a Compiègne, al norte de Francia, no podrían iniciar su vida íntima. Una respuesta que ni convenció a María Antonieta ni a su madre, María Teresa, que desde Viena consultó a su médico de cabecera un posible remedio cuando en Compiègne se mantuvo la apatía.

Pero, ¿un remedio a qué? Parece que ni siquiera el interesado lo sabía exactamente. El 18 de julio de 1770, el cirujano real La Martinière sangró al Delfín a causa de un resfriado que empeoraba a cada día y, a requerimiento del futuro Luis XVI, le hizo un reconocimiento completo. Sin hallar ningún impedimento físico, la pareja empezó a dormir junta y meses después se produjo un encuentro sexual que, a decir el historiador Jacob-Nicolas Moreau, fracasó porque «el sexo de Monseñor no entraba en el de Madame la Delfina».

Retrato de María Antonieta
Retrato de María Antonieta

Desde Viena, María Teresa recibió un informe que aconsejaba, cuando ya habían pasado veinte meses sin consumar, que el Delfín se sumergiera en «baños medicinales seguidos de una pequeña operación muy ligera que se presume muy necesaria para eliminar obstáculos a la consumación del matrimonio del príncipe». Frente a los que especulaban hasta entonces con un retraso de la pubertad, un embotamiento de las funciones glandulares, una diabetes o un síndrome adiposogenital, los pajaritos de la Archiduquesa señalaron con claridad que la cuestión pasaba por algún problema de frenillo o de fimosis.

Para resolver el misterio por completo, Luis XV convocó en octubre de 1772 a los jóvenes y, en una reunión privada, él mismo examinó los genitales de su nieto, con el buen pronóstico de que el problema no necesitaba siquiera operación según su criterio. Desde entonces el rumor «oficial» que corrió entre el pueblo era que una malformación congénita obligaba al Príncipe a «moderar sus impulsos» porque el dolor es muy vivo y muy violento. Una chanza que se popularizó especialmente tras la muerte del abuelo dos años después a causa de la viruela. El miembro viril de Luis XVI, Rey de Francia, provocó así en París «una epidemia de coplas satíricas»:

«Todo el mundo se pregunta por lo bajo: / ¿El Rey puede o no puede? La triste Reina pierde la esperanza. / Uno dice que no puede empalmarse, / El otro que no puede entrar en ella, / Que la tiene como una flauta travesera./ El problema no es ese, / Anuncia gravemente Mamamouchi,/ Sino que solo le sale agua clara».

No era «impotente, sino indolente»

Cuatro años después de la boda, los escasos avances a la hora de practicar sexo motivaron que varios médicos aconsejaran una intervención quirúrgica, a pesar de lo cual Luis XVI se negó por miedo al dolor o a sufrir una infección. Maria Antonieta, sin embargo, sabía ya a esas alturas que su marido, aparte de la posible fimosis, no era «impotente, sino indolente». El sexo no le interesaba nada comparado con cazar. Prefería seguir sin relaciones antes de arriesgarse a los dolores y riesgos de un operación. Incluso había quién creía que bastaba con que hiciera un esfuerzo durante el coito para evitar la operación:

«Unos dicen que el frenillo comprime de tal forma el prepucio que este se afloja en el momento de la penetración y le produce un dolor tan intenso que obliga a su majestad a moderar el impulso necesario para la culminación del acto. Otros presumen que dicho prepucio es tan adherente que no se puede aflojar lo suficiente para permitir la salida de la extremidad peniana, lo que impide que se produzca una erección completa. Si se trata del primer caso, es algo que les sucede a muchas personas por lo general en los primeros intentos; pero como esas personas tienen mejor apetito carnal que su majestad, a causa de su temperamento o de su inexperiencia, con el calor de la pasión, un gemido y buena voluntad, el frenillo se rompe en su totalidad, o al menos lo bastante para continuar...», explica en una carta el Conde de Aranda, otro de los nobles mejor informados de Europa.

Ilustración del asalto a la prisión de la Bastilla
Ilustración del asalto a la prisión de la Bastilla

En resumen, que el problema sexual del Rey pasaba por su falta de pasión y un problema genital sin gran importancia que, al no haber sido operado antes, ahora podía derivar en una dolorosa circuncisión. O, al menos, ese fue el diagnóstico para explicar que los Reyes siguieran siendo vírgenes durante siete años. Hubo que esperar hasta que, el 15 de enero de 1776, el afamado cirujano Jacques-Louis Moreau descartó definitivamente la operación y opinó que lo más probable es que el problema se solucionaría cuando normalizara su vida sexo.

Sin la sombra (excusas) de la cirugía, las siguientes intentonas de consumar rozaron lo cómico. Pocos meses después, el Emperador de Austria José II escribió en una carta que el Rey de Francia en su «lecho conyugal tiene erecciones muy condicionadas, introduce el miembro, permanece ahí sin moverse durante quizá dos minutos, se retira sin jamás correrse, aún empalmado, y da las buenas noches. [...] Y está feliz, diciendo lisa y llanamente que solo lo ha hecho por deber ¡y que no le encuentra gusto alguno!». No sin culpar a su hermana por falta de carácter, el austriaco se prometió dar una paliza al Monarca en caso de encontrarse con él de aquella guisa.

«Y está feliz, diciendo lisa y llanamente que solo lo ha hecho por deber ¡y que no le encuentra gusto alguno!»

Así las cosas, en el verano de 1777 Luis XVI se cayó del caballo como San Pablo. Vio la luz: «Me gusta mucho el placer, lamento no haberlo conocido durante tanto tiempo», escribió a sus tías. Según el diplomático belga Mercy d’Argenteau, la pareja eligió como Día-D para consumar al fin su matrimonio, siete años después, la fecha del 18 de agosto, cuando el Rey visitó a la Reina a la salida del baño. «Estoy muy feliz. Hace ocho días que el matrimonio está totalmente consumado. La prueba se ha repetido y ayer incluso de una forma más completa que la primera vez… No creo que esté todavía embarazada, pero al menos tengo la esperanza de poder estar de un momento a otro», relata una emocionada María Antonieta a su madre.

En un ambiente pre revolucionario, la impopular Reina dio a luz en Versalles a su primera hija a finales de ese mismo año. En 1781, nació el Delfín; en 1785, otra hija y en 1786 el futuro Luis XVII. Cuando faltaban tres años para el estallido de la Revolución, Luis XVI cerró con su numerosa familia la ventana a una de las tragedias de su vida y abrió la puerta a la que iba a conducirle hasta la guillotina. La escandalosa vida de la Familia Real no hizo si no echar más leña al descontento del pueblo.