Retrato de Isabel II de España
Retrato de Isabel II de España - ABC
LA INTIMIDAD DE LAS REINAS DE ESPAÑA

Isabel II: la supremacía de los instintos

Nadie se encargó de su formación siendo niña, por lo que se convirtió en una mujer ignorante y simple. Aunque en su favor hay que destacar que tenía un gran corazón y derrochaba generosidad

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Isabel II es una de las reinas más populares de la Historia de España y la última exponente de una forma de reinar, la del absolutismo, en la que vida privada y Estado no se distinguían. Nadie se encargó de su formación siendo niña (no hay que olvidar que era hija de uno de los peores reyes de todos los tiempos, Fernando VII), por lo que se convirtió en una mujer ignorante y simple, por momentos excesivamente frívola y de irritante ligereza. En su favor hay que destacar que tenía un gran corazón y derrochaba generosidad.

Su vida íntima y sexual trajo de cabeza a una corte que tenía que convivir con la actividad política, no tan comprensiva con las laxas costumbres de los borbones. Dependiendo de a quien metiera en su cama, se enconaba la lucha entre el Partido Moderado y el Progresista. Cada uno de sus innumerables amantes iban siendo premiados con cargos, ascensos, prebendas y todo tipo de privilegios, antes de dar paso al siguiente. Las malas lenguas situaban ya en la niñez de Isabel relaciones impropias para su edad con algunos de sus profesores y hasta con el progresista Salustiano Olózaga, entonces un joven con clara ambición política.

El 20 de junio de 1833 es proclamada heredera al trono; todavía no ha cumplido los 3 años. Y sólo cuatro meses más tarde se convierte en reina de España y de las Indias. Su personalidad arrolladora y espontánea contrastaba con la insignificancia de carácter de su primo y esposo, Francisco de Asís de Borbón, un muchacho sin aspiraciones aparentes, débil de carácter, de gestos amanerados, voz aflautada y amante de la ropa interior con puntilla y de raso blanco, para él, no para su mujer. Fue un matrimonio de conveniencia, desde luego, pero tal vez se les fue la mano porque era de todos conocida la homosexualidad de Francisco. Algunos historiadores relatan en estos términos la reacción de Isabel cuando le comunicaron que tenía que casarse con él: «¡Con Paquita, no!», gritó entre sollozos.

La boda se celebró por todo lo alto el 10 de octubre de 1846 en el Palacio Real y contó con la asistencia de personajes ilustres, como el novelista francés Alejandro Dumas. Las coplillas populares se dispararon. «Isabelona, tan frescachona y don Paquito, tan mariquito», cantaba el pueblo por las calles de Madrid.

El primero en la larga lista de amantes fue el flamante y bien parecido militar Francisco Serrano. Isabel se enamoró perdidamente y se paseaba alegremente en público con él del brazo prodigándole todo tipo de demostraciones de cariño y a veces hasta de pasión. Hacía poco de la boda y a su esposo no le hizo falta más para instalarse en otra habitación como paso previo a la separación definitiva en abril de 1847. Isabel se trasladó entonces a Aranjuez, acompañada de Serrano, mientras que Francisco se fue a El Pardo.

Bastardos «oficiales»

De los doce embarazos de la reina, en ninguno participó el rey. Aunque a todos los hijos los reconoció legalmente, siempre de la misma manera. Con la noticia de cada embarazo, él mantenía la farsa de hacerse el ofendido para que Isabel lo callara a base de dinero. Y vio otro filón económico en la mala cabeza de la reina, quien la perdió por un aristócrata, casado y de buen porte, el marqués de Bedmar. Arrebatada de deseo, entre un encuentro y otro se saciaba enviándole tórridas cartas, «yo te adoro con una locura y un frenesí que no te puedo explicar», le decía en una, que acabaron en manos de su esposo. El chantaje al que sometió a Isabel, poniéndola además en ridículo, acabó por aumentar la mala reputación que había empezado a tener en España.

Cuando la reina alumbró al futuro rey Alfonso XII, andaba de relaciones con el valenciano Enrique Puigmoltó, joven militar del Cuerpo de Ingenieros, tan altivo como bocazas ya que fue leyendo por tertulias de Madrid las cartas que la reina le escribía.

En el exilio en París, en el Palacio de Basilewski que ella rebautizó como de Castilla, sintió la muerte, el 9 de abril de 1904, a una hora temprana. Y no se equivocaba. No había podido superar los estragos de una fuerte gripe. El féretro, cubierto con la bandera de España, viajó con honores de reina hasta el Panteón Real de El Escorial. La frivolidad de muchos de sus actos jamás le nubló el sentir de su corazón, como así demostró al dejar escrito en su testamento la petición para su nieto Alfonso XIII de que contara a todos que Isabel II había muerto amando a España.

Datos de interés

María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias (Madrid, 10-X-1830 / París, 9-IV-1904). Princesa de Asturias, 1830-1833. Reina de España, 1833-1868.