Hermann Göring y Adolf Hitler admiran una obra requisada por los nazis
Hermann Göring y Adolf Hitler admiran una obra requisada por los nazis - ABC

El héroe que evitó que los tesoros franceses cayeran en las garras del «Tercer Reich»

Adolf Hitler y Hermann Göring son los máximos exponentes del expolio artístico que la Alemania nazi cometió antes y durante la guerra. Sin embargo, en París, concretamente en el Museo del Louvre, con Jacques Jaujard tal tropelía pinchó en hueso

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Cuando decimos que Adolf Hitler es uno de los personajes más oscuros de la Historia de la humanidad estamos empleando una afirmación que difícilmente admite discusión. El Tercer Reich sumió al mundo en el conflicto más cruel y sangriento nunca visto, el cual regó los campos, calles y océanos con la sangre vertida por una cifra de cadáveres que oscila entre los 50 y los 70 millones.

El Führer, y todo el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), fueron igualmente responsables de un atroz genocidio. Millones de judíos sufrieron el yugo déspota de las SS, la policía política y militar de Hitler y los nazis, y bajo la sombra alargada de la «Solución Final» perecieron en horrendos campos de concentración convertidos en máquinas engrasadas para el exterminio indiscriminado de hombres y mujeres, padres e hijos, abuelos y nietos, primos y amigos.

Dicho esto, existe otro terrible capítulo de la barbarie nacionalsocialista, éste de cariz cultural: el expolio nazi, la más brutal operación de saqueo artístico conocida de nuestra historia reciente. En el avance de la Wehrmacht a través del viejo continente y el posterior asentamiento en las zonas ocupadas, museos, recientos religiosos o colecciones privadas fueron presas del voraz desvalijamiento efectuado por los gerifaltes germanos. Según apuntan los expertos, el pillaje en la Europa del Este, amén del padecido por judíos y eslavos, que ocupaban los escalones más bajos de la jerarquía racial nazi, era realizado sin miramiento alguno.

Hitler, con el arquitecto Albert Speer a la izquierda y el escultor Arno Breker a la derecha, en la Torre Eiffel de París el 23 de junio de 1940
Hitler, con el arquitecto Albert Speer a la izquierda y el escultor Arno Breker a la derecha, en la Torre Eiffel de París el 23 de junio de 1940 - ABC

Que en la parte occidental ocupada procedieran con más reservas es una hipótesis sin duda controvertida. A fin de cuentas, la expropiación alemana de los objetos de arte continúa copando titulares de periódico e inspirando libros y películas. Es, sin duda, un caso lejos de cerrarse y, prueba de ello, emerge la fascinante historia de Jacques Jaujard, un humilde funcionario francés que mantuvo a las obras más valiosas del Louvre como «La Gioconda» lejos del alcance de las zarpas de la Alemania nazi. Esta acción de suma importancia, llevada a cabo con una extraordinaria pericia y aliñada con una calma tan valiente como temeraria, es escudriñada en «Salvando a la Mona Lisa: la batalla para proteger al Louvre y sus tesoros durante la Segunda Guerra Mundial» (Icon Books, 2018).

La rapiña del «Führer»

El proceder del saqueo es largo y su origen data de mediados de la década de los 30, con Hitler y sus correlegionarios ya en lo más alto del Reichstag. Durante los años en que prosiguió, los cuales corresponden a la ocupación de Austria y los Sudetes y el desarrollo de la contienda mundial, se calcula que decenas de miles de cuadros, esculturas, grabados, libros, etc., fueron expropiados en Holanda, Bélgica o Francia. Según los doctos en la materia, el expolio nazi fue aún más salvaje en los países del este: mientras que cerca de 200 museos de la URSS fueron desvalijados, alrededor del 40% del patrimonio artístico de Polonia abandonó sus fronteras.

Movido por un total rechazo a los movimientos de vanguardia, el imaginario estético nazi propició la venta masiva de todas aquellas obras consideradas «propaganda marxista» o «basura judía». El comercio con el arte moderno, «degenerado» para los nazis, además de enriquecer a los dirigentes del NSDAP y financiar al Partido, sirvió para adquirir piezas más acordes al gusto conservador de los «coleccionistas».

Para ello, especialmente en la Europa occidental, compraron a precios ínfimos los repertorios de judíos ansiosos por abandonar el país. La pretensión de otorgar a sus acciones de compra-venta una imagen de legalidad fue una constante antes de comenzar la guerra. Y es que, desde el primer momento, el arte se convirtió en un negocio rentable para el Tercer Reich.

Una vez activado el pillaje, cualquier enser susceptible de ser incautado era bienvenido. Esta maquinaria empleó a las fuerzas de ocupación como brazo ejecutor y contó con la inestimable cooperación de centenares de expertos, alemanes y colaboracionistas. A la cabeza de la misma, destacados jerarcas nazis. Pero en la cima de la «búsqueda del tesoro» sobresale un nombre: Adolf Hitler, como no podía ser de otra manera.

El Museo del «Führer» fue la mayor aspiración de Adolf Hitler no relacionada con lo castrense

El gran proyecto no militar del dictador fue el nunca realizado Führermuseum, una asombrosa edificación que derrocharía arte por los cuatro costados y se alzaría como referente artístico del apogeo del Reich que iba a durar 1.000 años. El germen de este proyecto de adquisición de obras de arte, el más ambicioso de la Historia, se remonta a la juventud de Hitler. Y es que, como detalla Frederic Spotts en « Hitler y el poder de la estética» (Antonio Machado, 2011), el cuaderno de bosquejos del Führer (1925) incluía un minucioso boceto que tituló «Bosquejo para un Museo Alemán en Berlín (Galería Nacional)».

Sin embargo, la ubicación en que se emplazaría mutó en paralelo a un hecho fundamental: el Anschluss, palabra alemana que hace referencia a la agregación de Austria como provincia del Tercer Reich en marzo de 1938. Fue entonces cuando Hitler pensó en Linz como lugar ideal, ciudad de la Alta Austria que lo vio nacer. «En 1937, la inminente posibilidad de poder anexionarse Austria le trajo otra idea a la cabeza. (...) El grandioso museo que albergó en sueños no podría hallarse en Berlín, Munich o Viena, puesto que lo eclipsarían las instituciones ya existentes. Debería erigirse en solitario y poseer una colección que únicamente el dictador modelaría a su antonjo. Se trataría de la galería de Hitler y qué lugar más apropiado para exhibirla que su ciudad natal», explica Spotts.

Pintor frustrado, era amante declarado de los viejos maestros renacentistas y barrocos y de los paisajes alemanes del siglo XIX. Para llenar las paredes y recovecos de su tan gigantesco como deseado museo, el «canciller imperial», según relata el artículo « Los nazis y el expolio del patrimonio artístico» publicado en «Ahora Semanal», acumuló a lo largo de la guerra «6.755 óleos, 230 acuarelas, 1.039 grabados, 95 tapices y 68 esculturas, más 43 contenedores con pequeñas obras y otros 358 con libros».

A la sombra del líder

Göring dirigiéndose al Reichstag en Berlín
Göring dirigiéndose al Reichstag en Berlín - Wikimedia Commons

Hermann Göring, uno de los grandes monstruos nazis con paladar exquisito y refinado, también destacó por atesorar arte de manera compulsiva. A diferencia del Führer, quien solía utilizar versados agentes, el comandante supremo de la Luftwaffe (fuerza aérea de la Alemania nazi) se personaba él mismo en museos y galerías. Haciendo uso de su tren privado, ciudades como París, Bruselas o Amsterdam recibieron la «visita» de la que fue una de las figuras más prominentes del Partido Nacionalsocialista. La confiscación, los sobornos o el truque, cualquier método era válido para satisfacer el hambre voraz de un hombre sediento de poder y opulencia. Mientras, el mundo sufría el mayor horror jamás contemplado por los ojos de la humanidad.

Según refiere «Los nazis y el expolio del patrimonio artístico», este lugarteniente de Hitler, también de gusto conservador, llegó a poseer siete residencias abarrotadas de piezas de inmenso valor. «Lo más granado estaba en su palacio de Carinhall, donde se amontonaban los cuadros de Rembrandt, Velázquez, Rubens, Van Dyck, Goya…», puntualiza el artículo. De hecho, se cree que en dicha cortesana morada, a 60 kilómetros al norte de Berlín, anhelaba construirse un fastuoso museo en honor al Tercer Reich y su distinguida figura. De casta le viene al galgo, que dicen por ahí.

Criminal de Estado con aderezos de insigne aristócrata, empleaba sus visitas para «estudiar» de primera mano las piezas que se sumarían a su colección personal. «Con una minuciosidad de amateur ávido de riqueza y obras excepcionales», Göring se ocupaba personalmente de la administración de su tesoro, informa la sección de Cultura de este periódico. «Llegó a ser "propietario" de medio centenar de Cranach y escogió personalmente muchas obras de Cezanne y Matisse, que los oficiales de la Wehrmacht robaban para él», prosigue el artículo publicado en ABC: « Göring, un exquisito coleccionista de arte a punta de pistola».

En pos de aportar datos más precisos, el «Catálogo Göring» ofrece la relación crítica y anotada de los 1.376 cuadros, 250 esculturas y 168 tapices que robó a los museos franceses y europeos. En total, los entendidos cifran en más de 3.ooo los bienes artísticos que el mariscal del Reich atesoró a lo largo del periplo nazi, suma que solo parece de limitadas proporciones si la comparamos con la acumulada por el Führer. Durero, Brueghel o Vermeer son otros de los autores que colmaron la avidez del natural de la región de Baviera.

Durante la ocupación de Francia, en una veintena de ocasiones compareció en París para contemplar y examinar las obras de arte que ambicionaba para su botín. Allí, en la capital de La France, el insigne Museo del Louvre resistía como buenamente podía la codicia acaparadora de los nazis. Todo gracias, en gran parte, a Jacques Jaujard, egregio representante de la idiosincrasia de un país humillado que hace todo lo posible por preservar el patrimonio cultural de la nación. Únicamente dos obras se vio obligado a entregar, recuperadas, eso sí, tras la guerra. Una de ellas a petición del ministro nazi de Asuntos Exteriores, Joachim von Ribbentrop; la otra, que se correspondía con «La Belle Allemande» de Gregor Erhart, era un pedido exclusivo de Hermann Wilhelm Göring.

El héroe galo

Jacques Jaujard junto a la «Mona Lisa», la célebre obra que consiguió salvar
Jacques Jaujard junto a la «Mona Lisa», la célebre obra que consiguió salvar - Daily Mail

El 22 de junio de 1940, la todavía invencible Alemania pisó el territorio de su gran vecino occidental y lo hizo para quedarse. Desde ese momento, y hasta su liberación en 1944, la sombra de la esvástica sumió a Francia en la más completa oscuridad. Pero en medio de la lobreguez, como suele ser habitual, ciertas figuras emergen y perduran en los anales por acciones de notable envergadura. No cabe duda que Jacques Jaujard es una de ellas.

«A través de tácticas dilatorias, los objetos preciosos que más asociamos con el Louvre, la "Mona Lisa", la "Venus de Milo", las joyas de la corona francesa, así como miles de otros artículos, fueron salvados de la destrucción de los bombardeos o de la humedad», declaró Gerri Chanel en una columna publicada en el «Daily Mail». La autora de «Salvando a la Mona Lisa» explicó que el modus operandi de este modesto funcionario también impidió que los nazis «los llevaran [los tesoros del Louvre] a la ciudad natal de Hitler, Linz, donde su plan era crear un enorme Führermuseum repleto de fabulosas obras de arte».

Jaujard comprendió desde el primer momento que la mejor estrategia no se basaba en la confrontación con los nazis. Era preferible el diálogo y la convivencia civil, ofrecer con inteligencia una aparente imagen de sumiso colaboracionista, mientras que dilataba durante mucho tiempo la respuesta a sus demandas. Es así como logró evitar el total saqueo del Louvre, una destreza que lo acompañó hasta los estertores de la ocupación. En 1944, con el desembarco en Normandía a punto de producirse, los mandamases germanos hicieron un último intento para apropiarse de las mayores obras de arte. Empero, el «bueno» de Jaujard consiguió el tiempo preciso hasta la llegada de los Aliados con un argumento que los alemanes no pudieron refutar: no se disponía de suficientes camiones que reuniesen las condiciones pertinentes para la mudanza de objetos de un valor incalculable.

En realidad, lo cierto es que las piezas artísticas ya no estaban en París cuando la Alemania nazi se asomó a su puerta. Y es que, además de perspicaz y sosegado, era previsor. Subdirector de los Museos Nacionales, supervisó la evacuación entre agosto y septiembre de 1939. «Envueltos cariñosamente, en la oscuridad de la noche fueron llevados a varios castillos en el sur y oeste de Francia, muchos de ellos recorriendo caminos llenos de refugiados aterrorizados que huían del avance nazi», comentó Chanel.

Se hizo, por tanto, fundamental la contribución de los duques franceses que prestaron estancias de sus residencias a la causa de Jaujard y los trabajadores del Louvre. Uno de los casos más ilustres es el de «La Gioconda», afamada obra pictórica de Leonardo da Vinci que pasó la Segunda Guerra Mundial en un piso superior de Montauban.

«Ante cualquier señal de peligro por la humedad, los bombardeos o cualquier sospechoso alemán que buscara judíos o miembros de la Resistencia, las obras de arte debían ser retiradas a áreas aún más remotas», prosigue la autora. Incluso existía temor a las ofensivas aliadas, de modo que transmitieron mensajes a la BBC a través de miembros de la Résistance. «Van Dyck agradece a Fragonard» o «La Mona Lisa sonríe» eran las réplicas codificadas emitidas por la emisora.

La tarea y coraje de Jaujard sortearon las inclemencias del tiempo, los desastres militares y la ignorancia nazi. Pero, por supuesto, el expolio también tuvo lugar en Francia. Fuera del Louvre, Jacques carecía del poder para detenerlo. «Los hogares judíos fueron despojados de sus tesoros y, en 1943, los nazis recortaron y quemaron más de 500 obras maestras clasificadas como "degeneradas", incluidas obras de [Pablo] Picasso y [Paul] Klee», sentenció Gerri Chanel en su columna.

Jacques Jaujard, con pelo negro, en 1947, por aquel entonces Director General de Artes y Letras
Jacques Jaujard, con pelo negro, en 1947, por aquel entonces Director General de Artes y Letras - Wikimedia Commons