Adolf Hitler y los jerarcas nazis tras conquistar París - ABC

El cruel castigo de la Resistencia francesa a las prostitutas que tuvieron sexo con nazis

Las «colaboracionistas horizontales» fueron uno de los primeros blancos después de la liberación de París. Tras la marcha de los alemanes, muchos galos se dedicaron a apalizar a las meretrices, dibujar en su frente una esvástica y raparles la cabeza

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La falta de toda lógica marcó la relación de Adolf Hitler con la prostitución. En este campo, como en otros tantos, el líder nazi predicaba en su residencia de Berghof unas máximas, mientras que en los territorios conquistados adoptaba unas medidas totalmente diferentes. Durante su ascenso al poder a partir de los años 20, por ejemplo, el «Führer» afirmaba que las meretrices no eran más que sujetos «asociales» (similares a los criminales) que llevaban a la decadencia de la raza aria. Sin embargo, tan cierto como esto es que proveyó de trabajadoras sexuales a sus hombres y permitió, entre otras tantas cosas, que Francia se convirtiera en un nido de lupanares con capacidad para satisfacer a miles de teutones.

Gracias a los alemanes, además de a la permisividad de Hitler, los prostíbulos franceses vivieron una verdadera era dorada durante la ocupación. No en vano, el ejército requisó nada menos que 22 lupanares galos para su propio uso y, debido a la demanda de relaciones sexuales, el número de meretrices que trabajaban a tiempo completo en el país aumentó hasta un total de 10.000 desde que la «Wehrmacht» atravesó la Linea Maginot. Una verdadera época de opulencia para los proxenetas. Toda esta riqueza, sin embargo, se convirtió en un arma de odio que los franceses no colaboracionistas utilizaron contra cualquier mujer que se hubiera dejado seducir por los billetes de los invasores.

Tanto la Resistencia como muchos ciudadanos galos contrarios al Gobierno de Vichy aprovecharon la liberación de Francia por los aliados para descargar todo su rencor y su rabia contra las prostitutas que habían prestado sus servicios a alemanes. Las «colaboracionistas horizontales», como explica el popular historiador Antony Beevor en su artículo «Un feo carnaval», sufrieron a partir de entonces todo tipo de barbaridades. En esta investigación el autor señala que, tras ser capturadas, las mujeres eran rapadas al cero y apalizadas en plena calle por la turba.

Otras tuvieron que enfrentarse al escarnio público que suponía viajar en un camión abierto después de que les hubiesen pintado una esvástica en la frente o hubiesen sido embadurnadas con alquitrán. Todo era poco para castigar a estas traidoras.

Escasez inicial

Poco después de que los germanos iniciaran la ofensiva del oeste el 10 de mayo de 1940 contra Bélgica, Holanda y (posteriormente) Francia, multitud de burdeles de París se quedaron vacíos. Así lo afirma el historiador Patrick Buisson en su obra «1940-1945 Années érotiques, Vichy ou les infortunes de la vertu».

Este cierre masivo (la mayoría de trabajadoras se había marchado a otras regiones cuando entendieron que la caída de la capital estaba cercana) supuso un severo contratiempo para los soldados alemanes después de que la inmortal «France» capitulara el 22 de junio de ese mismo año. Durante los primeros días de ocupación la escasez de meretrices fue total, y eso desesperó a los soldados y oficiales nazis que deseaban dar rienda suelta a sus más bajos instintos.

Un francés llora desconsoladamente tras la conquista de París por las tropas nazis
Un francés llora desconsoladamente tras la conquista de París por las tropas nazis - ABC

«La oferta de prostitución estaba lejos de responder, en los primeros días, a las necesidades del ejército alemán. De las cuatro mil ochocientas muchachas que había en las calles parisinas antes del 10 de mayo, […] menos de la mitad […] se mantuvieron en su puesto de trabajo. Lo mismo pasó con los burdeles y las casas de reunión, que se estimaron antes de la guerra en algo menos de dos mil», desvela el experto.

Además del miedo, tampoco era raro leer en las puertas de los lupanares un cartel en el que se podía leer lo siguiente: «Casa cerrada. Personal movilizado». El número de meretrices era tan bajo en el verano de 1940 que el gobernador militar, el general Von Choltitz, se quejó a la policía local y señaló que todo aquello formaba parte de un plan de resistencia contra sus tropas.

El Tercer Reich veía las enfermedades venéreas como un atentado contra la raza aria

La queja contrastaba con la ley alemana que, el 18 de febrero de 1927, prohibió los burdeles y «otras instituciones similares», obligó a las meretrices a pasar férreos controles médicos y estableció un férreo control sobre las enfermedades venéreas de las prostitutas. «El Tercer Reich luchó a partir de entonces contra la sífilis y la contaminación porque entendían que eran un “crimen contra la raza” que se debía castigar con la esterilización o la castración», añade el historiador galo.

La pureza germana se quedó, en definitiva, en las leyes dictadas desde Berlín. Por el contrario, en la Francia ocupada los oficiales hicieron todo lo posible para garantizar el suministro sexual de sus hombres. Aunque, eso sí, evitando ante todo los riesgos de la prostitución clandestina.

El negocio florece

La motivación extra que los alemanes impusieron a las autoridades locales llevó a la apertura paulatina de los burdeles. A partir de ese momento, y tal y como Buisson desveló en declaraciones realizadas al «Daily Mail» para el artículo «Sleeping with the enemy: How 'horizontal collaborators' in Paris brothels enjoyed a golden age entertaining Hitler's troops», las montañas de dinero llegadas desde Alemania hicieron que las prostitutas llevaran a cabo su trabajo sin rechistar. «Todo parece indicar que los nuevos clientes que llegaron en el verano de 1940 recibieron un trato favorable gracias al poder seductor del “Reichsmark”», señaló el experto.

Con todo, el historiador también dejó claro en la misma entrevista que, además del dinero, las meretrices se sintieron atraídas por el comportamiento caballeroso de muchos de los oficiales teutones. Así pues, y siempre según Buisson, las mujeres preferían mantener relaciones sexuales con los nazis que con sus propios compatriotas. Y ya no solo por el dinero y los modales, sino porque, gracias a ellas, tenían acceso a suministros que iban desde alimentos, hasta artículos de lujo.

Burdel francés durante la Segunda Guerra Mundial
Burdel francés durante la Segunda Guerra Mundial

Fabienne Jamet, una famosa «madame» de París cuyo testimonio fue revelado en el libro de Buisson, fue clara a la hora de hablar sobre los alemanes: «Recuerdo a esos soldados de las SS, todos vestidos de negro, todos tan jóvenes y tan hermosos, dotados a menudo de extraordinaria inteligencia. Sabían hablar incluso francés e inglés». Esta famosa proxeneta regentaba el «Uno Dos Dos», un lupanar de lujo que solían visitar grandes jerarcas como el mismísimo jefe de la «Luftwaffe», Hermann Goering, y que se enriqueció de forma exagerada durante la Segunda Guerra Mundial.

El caso de Jamet es solo uno de otros tantos, aunque sin duda es de los más llamativos. Y es que, esta proxeneta llegó a despedir con lágrimas en los ojos a los soldados germanos cuando supo que marchaban al frente. «Te vas a suicidar. Deberías mandar una carta a Hitler para que ocupara tu lugar en primera línea», le gritó a un combatiente teutón. La mujer llegó a señalar, con vergüenza, que jamás se había divertido tanto en su vida como en aquella época. «Las noches de la ocupación fueron fantásticas. Los burdeles de Francia nunca estuvieron mejor cuidados que cuando los alemanes estaban aquí», señaló.

Los datos avalan sus palabras. En total, y según los cálculos de Buisson, en París llegaron a vivir unas 10.000 prostitutas que trabajaban a tiempo completo, hasta seis veces más que antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial.

Las tropas aliadas desfilan durante la liberación de París
Las tropas aliadas desfilan durante la liberación de París - ABC

Con todo, parece que no fueron suficientes ya que, como desveló la historiadora Marie Moutier en su libro «Cartas de la Wehrmacht», una meretriz podía hacer un centenar de trabajos por jornada. El récord estaba, como se explicaba en una de las múltiples misivas de soldados nazis que recopiló, en unos ciento ochenta al día. Los números aumentaban todavía más antes de grandes operaciones militares como la invasión de la URSS.

Los alemanes, por su parte, entendían que aquellos burdeles eran, según el autor galo, «unos sustitutos de la calidez del lejano hogar». Sitios «de conveniencia donde se podía ir a tomar una copa, escuchar música o bailar con las mujeres sin que hubiera que terminar necesariamente subiendo las escaleras hacia la habitación».

Pero los lupanares de lujo no eran los únicos de París. Aquel soldado que deseara pasar un buen rato y que no tuviera demasiado dinero podía acudir a uno de los muchos prostíbulos destinados a la tropa. Lugares en los que «en menos de una hora, una chica podía vender sus encantos y ganar tres veces más que la asignación que se les daba el gobierno a las esposas de prisioneros de guerra franceses en 1941».

Pesadilla en la liberación

Todas estas mujeres comenzaron a vivir una pesadilla poco después de que los aliados desembarcaran en Normandía. Y es que, a la par que las diferentes regiones de Francia eran liberadas, proliferaron los grupos de exaltados que se tomaron la justicia por su mano y acusaron y atacaron a toda aquella mujer que, según su criterio, hubiera colaborado con los nazis.

En palabras de Beevor, aunque la mayoría de asaltantes se declararon miembros de la Resistencia, muchos de ellos eran en realidad galos que se habían mantenido al margen de la lucha contra los nazis y que usaban el odio contra las meretrices para desviar la atención de su propio pasado.

Muchas víctimas fueron madres que no tenían dinero para alimentar a sus hijos y que mantenían relaciones sexuales con alemanes para conseguir comida

Aunque estos exaltados cargaron contra cualquier mujer sospechosa de haber colaborado con los alemanes, su objetivo principal siempre fueron las prostitutas. Todo ello a pesar de que, como señala Beevor en su extenso artículo, su conducta «había sido más profesional que política». Pero no fueron las únicas. Los exaltados también atacaron a multitud de profesoras solteras que habían alojado a soldados nazis en su casa para ganar algo de dinero o, en casos extremos, a trabajadoras del hogar contratadas por oficiales germanos. A todas ellas se las acusó de forma absurda de ser un «colchón de boches».

«Muchas víctimas eran madres jóvenes cuyos maridos estaban en campos de prisioneros de guerra alemanes. Durante la guerra, a menudo no tenían medios de sustento y su única esperanza de obtener comida para ellas y para sus hijos era aceptar una relación con un soldado alemán», añade Beevor en su dossier.

Crueles ataques

Tras ser capturadas, el castigo más habitual al que tenían que hacer frente estas mujeres (por descontado, sin juicio previo) era que les afeitasen la cabeza delante de una muchedumbre que jaleaba al «esquilador». A partir de entonces, pasaban a convertirse en «Femmes tondues» («Mujeres afeitadas») y eran objeto de escarnio público.

«Durante la Edad Media este castigo era una marca de vergüenza, suponía despojar a una mujer de lo que se suponía que era su característica más seductora. Además, se aplicaba por adulterio», completa Beevor.

Una mujer es rapada durante la Segunda Guerra Mundial
Una mujer es rapada durante la Segunda Guerra Mundial

Por si esta humillación fuese poca, los exaltados metían a las chicas en camiones descubiertos y las paseaban por todo el pueblo o la ciudad para que todos los vecinos supiesen que habían sido unas «colaboracionistas horizontales». Tampoco era extraño que las hiciesen desfilar por la calle con el mismo objetivo. En ambos casos podían ser acompañadas por un hombre con un gran tambor que anunciaba su llegada.

El historiador cifra las mujeres afeitadas en unas 20.000, aunque supone que el número fue mucho mayor debido a que, a día de hoy, algunos expertos afirman que hasta 80.000 niños fueron engendrados por los teutones afincados en Francia. En cualquier caso, esta práctica causó estupor en personajes como el historiador estadounidense Forrest Pogue, quien escribió que el aspecto de estas chicas era «el de un animal perseguido por sus torturadores».

El coronel Harry D. McHugh, comandante de un regimiento de infantería estadounidense, hizo también referencia a esta cruel costumbre y añadió que los «esquiladores» quemaron durante jornadas el pelo que afeitaban a las prisioneras en grandes piras y que el resultado se olía a «millas de distancia».

Liberación de París
Liberación de París

Con todo, el escarnio público fue el menor de los castigos. Las más desafortunadas fueron apalizadas o asesinadas a golpes en mitad de las calles. Otras fueron fusiladas en el acto sin que tuvieran posibilidad de explicarse. Todo ello, para asombro y enfado de algunos líderes de la Resistencia. De hecho, y en palabras de Beevor, personajes míticos de este grupo de combatientes franceses como Henri Rol-Tanguy o René Porte pusieron carteles reprendiendo a los «esquiladores» y se enfrentaron a ellos durante los días posteriores a la liberación.

Otros castigos más crueles e imaginativos fueron pintar o grabar esvásticas en la cabeza de las prostitutas (una práctica similar a la que rememoró Quentin Tarantino en «Malditos Bastardos») o recubrir sus cuerpos de alquitrán.

Las escenas de escarnio y crueldad contra estas mujeres dieron la vuelta al mundo. El mismo secretario personal de Winston Churchill, Jock Coleville, fue testigo de una de ellas. Y, según afirmó, jamás podría olvidarla. «Observé el paso de un camión abierto, al que acompañaban los abucheos del pueblo francés, con una docena de mujeres miserables en la parte de atrás. Tenían todo el vello de la cabeza rapado. Estaban llorando y agachaban la cabeza con vergüenza. Disgustado por esta crueldad, pensé que los británicos no habíamos conocido invasión u ocupación durante 900 años, así que no éramos los mejores jueces».