Capitulación de Ayacucho, que certificaron la derrota realista, óleo del pintor peruano Daniel Hernández.
Capitulación de Ayacucho, que certificaron la derrota realista, óleo del pintor peruano Daniel Hernández.

El caudillo indígena que se enfrentó a los 'anticristos' independentistas de América al grito de '¡Viva España!'

El caso del general realista Antonio Navala Huachaca, líder de los iquichanos del Perú, demuestra que la motivación de cada bando no estaban determinada por su condición de descendientes de los conquistados o de los conquistadores

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Las Guerras de Independencia de las Repúblicas Hispanoamericanas resultan un fenómeno más complejo que una simple cuestión de nativos contra invasores. O de españoles americanos (que es como de manera general se autodefinían los criollos en la época) contra españoles peninsulares, puesto que la excusa de que los acaudalados criollos tenían restringido el acceso a cargos de poder solo es una verdad a medias

En su libro «Elegía criolla. Una reinterpretación de las Guerras de Independencia hispanoamericanas» (Tusquets Editores), el historiador Tomás Pérez Vejo plantea que para comprender lo ocurrido la categoría de análisis no es la de guerras de independencia, ni el de revoluciones, sino el de conflictos civiles. «Unas guerras civiles en las que no lucharon españoles contra americanos, ni indígenas contra blancos sino, básicamente, americanos contra americanos, sin que su adscripción a uno u otro bando este determinado por su origen, etnia o grupo socio-económico».

Criollo, castas, indios y negros tomaron las armas a favor o en contra del Rey por motivos que no estaban determinados por su condición de descendientes de los conquistados o de los conquistadores. El caso del general realista Antonio Navala Huachaca, líder de los iquichanos del Perú, lo demuestra y pone en cuestión todo lo que tradicionalmente se da por hecho sobre el conflicto americano.

Las milicias realistas

Huachaca fue un humilde arriero procedente de la localidad de San José de Iquicha, perteneciente a la Región Ayacucho, territorio que en su momento se había revuelto contra el dominio inca y tenía fama de irreductible. En 1813, este caudillo indígena se dio a conocer en una protesta contra los impuestos decretados por el intendente iqueño, que, en contra de las instrucciones de las Cortes de abolir el tributo indígena y la minka (una versión de la mita que consistía en la prestación laboral obligatoria para obras públicas), aumentó la presión recaudatoria como represalia por los disturbios ocurridos el año anterior entre liberales y absolutistas.

Todo ello a pesar de que los indios habían apoyado la autoridad real, lo que movió a Huachaca a desafiar abiertamente al intendente regional recordándole que «si el señor intendente es juez yo también tengo buena vara, él manda en la ciudad yo mando en mi aldea».

Proclamación de la Independencia del Perú. Óleo de Juan Lepiani.
Proclamación de la Independencia del Perú. Óleo de Juan Lepiani.

Aquel incidente no fue, sin embargo, obstáculo para que el caudillo indígena acudiera en ayuda de la Monarquía hispánica un año después. Durante la Rebelión de Cuzco (1814) en la que distintas poblaciones se alzaron contra el virrey del Perú, el general José de la Serna nombró comandante de las milicias a Antonio Huachaca destinadas a aplacar la revuelta. Considerado un guía de masas y un hombre de gran coraje, leal y generoso, implacable con los que consideraba como traidores al Estado, los mandos virreinales le ascendieron pronto a general de brigada de las tropas irregulares, formadas por guerrilleros iquichanos y columnas de honderos con rifles, lanzas y hondas.

Las rebeliones y las guerras asimétricas dejaron paso, con el esquistamiento del conflicto, a un desafío directo a las fuerzas realistas. A partir de 1820, el Ejército Unido Libertador del Perú dirigido por José de San Martín arrinconó al Ejército Real del Perú y dejaron a Huachaca solo y señalado ante el peligro.

Muchos núcleos indígenas, como el de Huachaca, pagaron caro su apoyo a la causa real y el encontrarse en medio de las tensiones internas entre la República del Perú de San Martín y la Gran Colombia de Simón Bolívar, que tenía claro que la guerra se había hecho en nombre de las poblaciones prehispánicas, por ellas pero sin ellas. El mariscal Antonio José de Sucre impuso el pago de un impuesto de 50.000 pesos a las poblaciones de la región de Huamanga «por haberse rebelado contra el sistema de la Independencia y de la libertad», lo que se sumado al restablecido tributo indígena y a las políticas liberales de sustituir las tierras comunales por una parcelación individual provocaron la llamada Guerra de Iquicha entre 1825 y 1828, una revuelta indígena en la que Huachaca retomó la actividad militar, si es que se puede decir que la había dejado en algún momento.

Eternamente en guerra

Desde la región de Huamanga (Ayacucho), Antonio Huachaca puso en pie de guerra a varios miles de indios, con numerosa caballería pero pocas armas de fuego. En junio de 1825, el ejército de indígenas realistas asaltaron Huachaca y Huantayo, incrementando sus efectivos con la adhesión de los Húsares de Junín. Las fuerzas republicanas del general Andrés de Santa Cruz respondieron con una campaña de ejecuciones, represión y quema de tierras, obligando a los guerrilleros a refugiarse en las montañas. En una carta dirigida al prefecto de Ayacucho, Huachaca critica la brutalidad de los «anticristos» republicanos: «Salgan los señores militares que se hallan en ese depósito robando, forzando a mujeres casadas, doncellas, violando hasta templos, a más los mandones, como son el señor intendente, nos quiere acabar con contribuciones y tributos... [...]».

En noviembre de 1827, Huachaca inició una contraofensiva al grito de «¡Viva el Rey! y ¡Viva España!», enarbolando una bandera con la cruz de Borgoña con el objeto de liberar Ayacucho, Huamanga y Huancavelica, y conseguir la «restauración del Reino, extirpando a los republicanos, proclamando un ideario contrarrevolucionario y antiliberal». En su reclamación de una restauración monárquica, el peruano calificaba a los criollos republicanos de traidores:

«Ustedes son más bien los usurpadores de la religión, de la Corona y del suelo patrio […] ¿Qué se ha obtenido de vosotros durante tres años de vuestro poder? La tiranía, el desconsuelo y la ruina en un reino que fue tan generoso. ¿Qué habitante, sea rico o pobre, no se queja hoy? ¿En quién recae la responsabilidad de los crímenes? Nosotros nos cargamos semejante tiranía».

«¿Qué se ha obtenido de vosotros durante tres años de vuestro poder?»

Las sucesivas derrotas de las huestes de Huachaca le condenaron a la clandestinidad, de modo que se convirtió en una especie de Robin Hood o, más bien, de Pancho Villa al que trataron de atraer a su bando tanto liberales como conservadores en las intermitentes guerras civiles que desangraron el Perú. Además de intervenir en las batallas de la Confederación Peruana-Boliviana, entre 1836 y 1838, también ejerció desde ese año como juez de paz y gobernador del distrito de Carhuahurán y, para desconcierto de las autoridades locales, como «Jefe Supremo de la República de Iquicha, con insulto del gobierno peruano y de sus leyes».

Con todo, Huachaca no fue el único jefe de guerra indio que sirvió con los realistas. Tadeo Choque o Chocce fue un indio culto nacido en Canrao, que durante la guerra se destacó como uno de los mejores jinetes y uno de los más hábiles lanceros del ejército de los iquichanos. No obstante, en su caso supo entenderse con las autoridades republicanas y desarrollar carrera política tras la guerra. Otro indio realista fue Pascual Arancibia, que junto a Huachaca fue uno de los primeros líderes indígenas entrar en la guerra. Tras ser hecho prisionero en 1826, traicionó a su bando a cambio del perdón republicano revelando sus planes futuros, lo cual no impidió que volviera a encabezar ataques indígenas en los siguientes años. En un rango inferior de jefes se pueden citar a Francisco Lanchi, nativo de Carhuahuran, los hermanos de Huachaca, Prudencio y Pedro, el segundo cayó en combate, o a Bernardo Inga, que fue comandante de las guerrillas de Huaillay.

Hasta 1839, no se logró una salida negociada del conflicto por medio del llamado Convenio de Yanallay, aunque no parece que Huachaca se aviniera a firmarlo.