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Pensando en el «Tomahawk»

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Madrid, si te gusta comer, es una ciudad cara. Probablemente, la ciudad más cara de España (lo de fuera tampoco es comer). En Madrid, al entrar en muchos establecimientos de comidas, los sirvientes no te ven como a un cliente, sino como a una hucha cuyo tamaño les da una idea de las monedas a extraer. En general, la hostelería contemporánea se gasta en cocineros lo mismo que un ruso antiguo en catecismos. La justificación es que hay crisis y cualquiera sabe freír unos huevos. Así que la crisis nos ha quitado el papeo como el alcalde nos ha quitado el paseo. Sin paseo y sin papeo, Madrid es una ciudad hostil al espíritu liberal, que necesita de alegría. El nuevo horario sienta como una colleja al ardor primaveral, otra victoria del señor Buqueras y Bach, martillo del trasnoche urbano. El urbanismo municipal ha transformado todas las plazas íntimas en solares tremendos. Supongo que tienen su explicación: si un día nos quedáramos sin democracia, los «tomahawk» que dispararían nuestros vecinos para recuperárnosla caerían en esas explanadas y se evitarían mayores daños (colaterales). Como no fuese al despistado de Gerry Mortier, que gusta de mirarse todo el día en la fachada de su Teatro Real, ¿qué estropicio podría causar un «tomahawk» en la reformada plaza de Ópera? ¿Qué película inspiraría hoy al papá de Jonás Groucho semejante campo de adoquines? Esta desolación le embarga a uno en la barra de un bar jamonero donde se desayuna la pordiosera de San Ginés con un café con leche «largo de café» y dos porras gordas, «porque a mí dámelas gordas», y que no le tomen el pelo, «no me tomes el pelo, Luis, que no estoy de humor, que dos horas me han tenido hoy en el Banco». Siete euros por un cortado y un montadillo de jamón «granaíno» te cobra el tabernero que da de desayunar a los pordioseros que vienen del Banco. Cosas de una ciudad que los lunes madruga sólo para estar más tiempo sin hacer nada.