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Colillas y céntimos

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La crisis ha hecho a los pobres madrileños recolectores, no de bayas, que no hay enebros, sino de colillas y céntimos, algo que uno no veía en la capital desde los últimos setenta. Colillas y céntimos. Jara y sedal. Los grandes caladeros de colillas son las aceras, gracias a la legislación gubernamental de obligar a la gente a fumar en la calle. Hasta los pobres punkis que se las echan de transgresores se vuelven ovejas luceras fumando en la acera. A su lado, los progres de barbita con hojuelas de caspa no disimulan el orgullo que les produce fumar a la intemperie: si todo el mundo fumara como nosotros, parecen decirse, no habría pasado lo de Fukushima. Sólo han de tener cuidado de no echar el humo, y menos con regodeo -esto es, con boinas-, al paso de ciclistas, una vez que Gallardón ha transformado las aceras en velódromos. ¡Estaría bonito, echarle el humo a un pobre hombre que pedalea por la salvación del planeta, cuando no te dejan echárselo a un camarero en la barra del bar! Y como esos pájaros mondadientes que limpian las recenas en las bocas de los cocodrilos, los pobres de la crisis limpian de colillas las aceras madrileñas. Otros pobres de la crisis, más técnicos y mejor vestidos, se dedican a recorrer las cabinas golpeando con el auricular sobre el cajetín de las monedas para extraer la resina de algún euro que se hubiera quedado colgado. No son golpes brutos. Al contrario: es un golpeteo tamborilero, como de estar pidiendo línea a la operadora. Tras de la tropilla de recolectores de céntimos y colillas, una especie nueva: cincuentones en zapatillas deportivas de estreno haciéndose pasar por paseantes en Corte. Son los parados de la última ola. Una broma de Internet les señala el futuro: «España ha enviado con carácter de urgencia a Japón un “dream team” de jubilados para que se pongan en la valla de la central nuclear de Fukushima y opinen a voz en grito sobre el trabajo de los equipos de rescate».