Terraza repleta de obras en la calle de Serrano, en 1965, a pesar de las obras en la acera
Terraza repleta de obras en la calle de Serrano, en 1965, a pesar de las obras en la acera
Aquel verano en Madrid

El origen de las terrazas callejeras: del Pasaje de Matheu a la Gran Vía

Hoy en día no hay cafetería, bar o restaurante que no aproveche las buenas temperaturas para sacar unas mesas a la calle, y las aceras son ya propiedad casi exclusiva del tapeo y de las cañas

MADRIDActualizado:

No hace mucho que Madrid era un desierto de aceras vacías y escaldadas bajo el impasible sol del verano. Aquellos que podían permitírselo corrían a las estaciones de ferrocarril para huir lejos de la capital, mientras que los que se veían obligados a quedarse buscaban desesperadamente cualquier excusa para mantenerse alejados de las calles. Las siguientes líneas, de un artículo publicado en 1908 en las páginas de Blanco y Negro, dan una idea de cómo lucían por aquel entonces los veranos en la ciudad: «Se ven entonces casi desiertos sitios en otras épocas muy frecuentados, y al pasar por ellos diríase que Madrid se había despoblado por completo; pero en cambio en improvisados oasis se miran afluir las caravanas de los buscadores de fresco». Estas caravanas no eran otra cosa que aquellas primitivas terrazas y aguaduchos, feliz refugio de la sociedad madrileña del momento.

Terrazas en la Gran Vía, en 1962
Terrazas en la Gran Vía, en 1962

Aunque parece difícil imaginar un verano en que Madrid no estuviera lleno de terrazas, lo cierto es que el invento, que parece tan nuestro como el cocido o los mantones de manila, se lo debemos a dos ilustres franceses que, según se cuenta, vinieron a la ciudad a comienzos de la década de 1870 para establecer sendos cafés parisinos en el Pasaje de Matheu. La antigua galería comercial, hoy convertida en un callejón entre las calles de Espoz y Mina y de la Victoria, junto a la Puerta del Sol, se convirtió en la «zona cero» de una tradición que, pese a las reservas iniciales (algunos transeúntes se reían al ver las mesas en la calle, preguntándose si el local no sería tan pequeño que no tendría espacio para los muebles), no tardó en adueñarse por completo de la ciudad.

Aquellos primeros locales, el Café de Francia y el Café de París, destacaban no solo por su entonces peregrina idea de instalar sillas, mesa y todo lo que va encima sobre la acera, sino por la curiosa historia de sus dueños. Uno de ellos, revolucionario y republicano, había huido de París tras la supresión de la Comuna en 1871, con la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana. El otro, conservador y monárquico, se había decidido por la capital de España para instalarse con su negocio. Ambos trataban de atraer a exiliados afines a sus ideas políticas, y comenzaron a sacar las mesas a la calle como reclamo hacia sus compatriotas, algo común en aquellos tiempos en la ciudad de París. Y aunque al principio la cosa no estaba muy bien vista por la población autóctona, lo cierto es que en muy poco tiempo todos se subieron al carro de las terrazas.

Aguaduchos

También proliferaron, durante los meses de más calor, los aguaduchos: pequeños quioscos que servían horchata, agua de cebada, refrescos... Los archivos de este periódico dan fe de la popularización desmesurada de esta práctica, hasta el punto de que algunos vecinos se preguntaban, en 1988, si las terrazas no acabarían por tapar las calles por completo. Pero la tradición no tiene visos de desaparecer. Según una encuesta, el 76 por ciento de los madrileños salen de bares todas las semanas. Se ve que somos animales de costumbres.