Lucía, segunda por la derecha, y el resto de sus hermanos, cuando eran pequeños
Lucía, segunda por la derecha, y el resto de sus hermanos, cuando eran pequeños - ABC

Carta de una madre con una hija con síndrome de Down: «No son anormales, son excepcionales»

Dominica relata su día a día con Lucía y muestra sus temores a que Madrid pueda eliminar los colegios de Educación Especial por una iniciativa parlamentaria de Ciudadanos y Podemos

MadridActualizado:

Dominica es una madre con cuatro hijos. Uno de ellos, Lucía (13 años), con síndrome de Down. Tras leer la información de ABC de ayer, que ponía de manifiesto el temor de muchas familias a que desaparezcan los colegios de Educación Especial por una moción parlamentaria de Ciudadanos y Podemos, escribe a este periódico para relatar su día a día con su hija; el miedo que tiene a que esta iniciativa de la Asamblea de Madrid puedan tener recorrido y, sobre todo, el agradecimiento eterno a los profesores de su hija, que cursa en un centro de estas características:

Son las 21.30 y por fin nos hemos sentado a cenar. He preparado, lo más rápido que he podido, una cena, lo más mediterránea que he podido para que la pequeña se pueda acostar pronto.

La pequeña tiene 10 años, luego vienen «la que tiene síndrome de Down» de 13 y dos adolescentes «en todo lo suyo» de 15 y 16. Sentarse por fin todos juntos a cenar, ha sido como dirían mis hijos «mazo épico».

Desde las 6:20 que suena el despertador hasta las 21:30, una profesora de Secundaria de un maravilloso instituto público con cuatro hijos y una de ellos con discapacidad intelectual… Pues se pueden imaginar…

Es una lucha por la vida, una lucha que da mucha felicidad porque saca de nosotros lo mejor que tenemos los seres humanos: la capacidad de darse a los demás. Pero eso no quita que cuando, por fin, nos sentamos los seis a cenar unas lentejas, apretaditos –sin móviles ni televisión, por favor–, con el día a la espalda, surjan los conflictos.

Surgen las tensiones y a veces, bastantes veces, alguno, sobre todo yo, pierde los nervios. Es entonces cuando mi hija Lucía dice: «Mamá por favor, cierra los ojos, cuenta hasta diez y luego hablas». Es, en ese momento, cuando se produce la magia, cuando se rompe el sortilegio y todos miramos sus ojitos rasgados, alucinados y maravillados de su bondad, de su saber estar. Y le digo: «Gracias Lucía, tienes razón».

Ella tiene discapacidad intelectual pero está hipercapacitada para amar. Pero no pierdo de vista que este don no brillaría si no lo hubieran pulido Chetina, Pepi, Belén, Montse, Minuca, Ana y Alberto. Los maravillosos profesores que ha tenido en su colegio de educación especializada. Profesionales que día a día se parten el pecho por formar a personas con discapacidad intelectual para que puedan incluirse en la sociedad. Para que puedan contribuir con la formación especializada que han recibido a hacer un mundo mejor.

Me acuerdo especialmente de Nuria, que venía a casa cuando Lucía era pequeña. Siempre venía con una mochila cargada de recursos: ositos de peluche, gomets, cuentos, letras y números... herramientas especializadas para conseguir el milagro del aprendizaje. Tuve la bendición durante muchos años de ver cómo una profesional de primera categoría, joven, alegre, vital, buena... conseguía lo que a veces se cree imposible.

Un mundo donde cuente la capacidad de amar.

Estos maravillosos profesionales, hunden sus raíces en la educación especial, nacida ya en la antigua Grecia y que defiende el derecho inalienable a la educación con independencia de las características físicas o psíquicas de las personas.