Agentes del Grupo de Investigación de Incendios Forestales
Agentes del Grupo de Investigación de Incendios Forestales - MIGUEL MUÑIZ
Investigación policial

Incendiarios protegidos por la ley del silencio

El miedo y el hermetismo en el rural complica la captura de los autores de los fuegos

Santiago Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Provocar un incendio en los montes de Galicia es lo que más se aproxima a la perfección del delito. La inercia destructiva del fuego no solo aniquila la flora y cualquier rastro de prueba inculpatoria; sino que arroja sobre las minúsculas realidades del rural un halo de silencio casi tan difícil de percibir como imposible de doblegar. Lo saben los vecinos, temerosos de que un enfrentamiento con los incendiarios acabe por reducir sus propiedades a ceniza, y lo padecen los policías, atados de pies y manos cuando en el curso de sus pesquisas tratan de esclarecer la autoría de cada foco.

« La colaboración vecinal podría ser inmensamente mejorable. El problema que tenemos aquí en Galicia es eso. Al final en una zona donde se producen muchos incendios, los propios vecinos saben quiénes son...», explica para ABC el agente de la Policía Autonómica José Ángel Castro, adscrito al Grupo de Investigación de Incendios Forestales. No hay ningún motivo distinto al miedo —la palabra clave— por el que los habitantes de las zonas más recónditas se encierren en sus propias reservas. «A lo mejor cuando tú vas a hablar con ellos no te dicen absolutamente nada, pero una vez que lo has cogido [al incendiario], dicen ‘bah, todos sabíamos quién era’. Es como un secreto a voces», reflexiona Castro, zambullido junto a sus compañeros en las indagaciones de la pasada ola de incendios.

En 1977, la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neuman dio a conocer su revolucionaria teoría sobre la «espiral de silencio», que venía a explicar la predilección de ciertos individuos por acoplarse a los comportamientos de los demás. La mayoría, de un modo u otro, buscamos ser aceptados en la medida en que nuestras relaciones sociales se ciñen a un círculo muy reducido: la familia, los amigos y los vecinos, principalmente. El agente Ramón Vilas, vinculado también a las investigaciones forestales, recurre a la empatía para justificar por qué es tan difícil quebrar la introspección en las aldeas. Sin quererlo, emerge otra vez la espiral: «Es gente que no ve a mucha de uniforme, y es reacia porque no eres gente de su entorno».

Tanto Castro como Vilas hablan para este diario con la perspectiva que les confiere haber trabajado en las unidades de seguridad ciudadana: pateando las calles de las ciudades, hablando con testigos y recabando indicios. «Conseguir pruebas en el monte es muy, muy complicado; es mucho más fácil hacer una investigación de robos, de homicidios, de drogas... Porque siempre vas a tener pruebas gráficas o huellas».

Por eso cuando se introducen en los pequeños núcleos lo hacen vestidos de paisano. Observan, preguntan, y a veces inician las conversaciones del modo más tangencial posible. Vilas explica que si se presentan «en plan policía, no sacas nada», por ello aparcan las cuestiones más incisivas para ganarse la confianza de los testigos, incluso disimulando interés por el estado de las leiras: «Si veo que está cogiendo el maíz, lo primero que hago es preguntarle si hay buena cosecha. A lo mejor voy, y suelto algo que no tengo que soltar, y se me cierra en banda», agrega.

Eso es solo un comienzo, porque a medida que las investigaciones se van afinando y la terna de sospechosos se reduce, las personas de su círculo más cercano redoblan la discreción. Castro lo ejemplifica: «Hay quien dice, ‘hoy quemó el monte, mañana me quema el coche». Y así el incendiario va sorteando las redes policiales con la complicidad involuntaria de sus convecinos.

«Nos tiene pasado que al ir a algún sitio y nos dicen, ‘no, el que planta no es de esta aldea, ése ya murió’; y nosotros habíamos ido allí hace tres o cuatro años y nadie había dicho nada... Colaboración, poca. Hermetismo, mucho», zanja el agente Vilas, que a su vez retrata al incendiario como una persona que enciende fuego «a uno, dos, como mucho tres kilómetros» de su lugar de residencia. El factor conocimiento del monte es esencial para entender las pautas de su comportamiento. «Son gente que conoce todas las pistas, que saben que si se le meten fuego a un lado del monte, se quema la mitad, pero si le meten diez o cinco metros más a la izquierda, se pueden llevar muchas hectáreas».

Los perfiles

Con todo, el autor de incendios no responde a un perfil único. Los policías se han encontrado de todo: desde vecinos que originan focos porque les atrae el trajín de los aviones y los equipos de extinción; a otros que pagan con fuego sus problemas personales o su alcoholismo. Tampoco se puede decir que sean los más comunes: las quemas para pasto o las «limpiezas» con llamas siguen entroncando con la popular «cultura del fuego» que muchos imputan a los gallegos, un concepto bajo el cual caben todo tipo de factores, y que en ocasiones sirve como excusa para socializar las negligencias en los terrenos: «Algo de eso hay», reconoce Vilas.

Los policías no se permiten el lujo de la frustración: el goteo de incendios que asaltó durante el último año sus mesas de trabajo solo les deja espacio para reclamar, si cabe, una mayor severidad penal contra los incendiarios. «Sí que es cierto —señala el agente Castro— que de la gente que se coge muy poca va a la cárcel. Y si van en un año están fuera (...) Si las penas fueran un poquito más graves, a lo mejor eso causaría una mayor conciencia». Pero antes hay que desenmarañar la espiral de silencio.