Una cruz con flores en un monte de Rianxo en el verano de 2006
Una cruz con flores en un monte de Rianxo en el verano de 2006 - AFP

Una década después del agosto más negro

Cuatro personas murieron y ardieron más de 90.000 hectáreas de monte

Diez años después, hay más protección y medios, pero aún falla la educación

Santiago Actualizado: Guardar
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Recordar el agosto de 2006 implica regresar a los montes cubiertos de ceniza, a la angustia de miles de vecinos que vieron cómo las llamas cercaban sus casas y a la desesperación de unos efectivos incapaces de frenar la ola de incendios que puso a Galicia en jaque durante dos largas semanas.

Grabadas a fuego en la memoria de los gallegos quedaron las cuatro muertes que este agosto negro —del que ahora se cumple una década— se cobró. También el desastre natural sobrevenido y las irreparables (hasta 760 millones de euros) pérdidas económicas. Durante aquella dramática quincena se carbonizaron en la Comunidad unas 92.000 hectáreas de monte y se liberaron al aire, entre cenizas y humo, más de 500.000 toneladas de residuos. El 10 por ciento de la provincia de Pontevedra, la más afectada por las llamas, ardió.

4 fallecidos: una madre y su hija murieron tras quedar atrapadas por las llamas en Cotobade. Dos ancianos perecieron al enfrentarse a ellas en los concellos de Campo Lameiro y A Cañiza

El baile de cifras con el que el Gobierno bipartito al frente de la Xunta trató de minimizar el calado de la tragedia se dilató hasta que las lluvias estivales pusieron fin a la pesadilla. La guerra por las hectáreas quemadas llegó a salpicar a la NASA, que estimó en 180.000 las hectáreas afectadas, una cifra que el CSIC rebajó hasta las 92.000 y que la Administración gallega redujo a 77.000. No hubo dimisiones y apenas se registraron encarcelamientos entre la treintena de incendiarios detenidos esos días.

Diez años después de que Galicia ardiese por los cuatro costados, nada queda de la teoría de la «trama criminal organizada» con la que se trató de explicar el sinsentido de los fuegos. Los expertos aseguran que «nunca ha habido pruebas» de que organizaciones delictivas se dediquen a quemar el monte gallego y constatan que los incendiarios siempre actúan «de manera individual» y en zonas que conocen a la perfección. Según el investigador del CSIC Serafín González, «no tiene sentido hablar de grupos organizados porque todo ha demostrado siempre lo contrario. Además, ¿qué organización tan potente podría actuar en media Galicia, con la dispersión poblacional que tenemos, y lograr pasar inadvertida?», se pregunta. Los estudios que se realizaron tras ese aciago agosto pusieron de relieve varias evidencias que ayudan a radiografiar los problemas forestales de la Comunidad. Un 90 por ciento de los incendios que se registran aquí son deliberados, y no fruto de negligencias o accidentes.

90.000 hectáreas: fue la cifra aportada por el CSIC. Se trata de más de un 2,6% de la superficie total de Galicia. En la provincia de Pontevedra se quemó casi un 10%

Además, se sabe que detrás de esa intencionalidad existen entre 70 y 80 causas distintas. Algunas de estas motivaciones son meramente económicas, como las que buscan comprar la madera que ha sido quemada superficialmente a un precio más bajo porque después de un fuego es preciso cortarla muy rápido. Las disputas vecinales o el despecho por no haber conseguido un contrato como brigadista también han sido combustible de algunos fuegos. En otros casos, los incendiarios pretenden generar un espectáculo e incluso, muy en consonancia con otra realidad gallega, se han llegado a provocar fuegos para despistar a los agentes ante una inminente descarga de cocaína o tabaco.

Entre 3.000 y 6.000 incendiarios

Los datos que la Xunta maneja inciden en que un 70 por ciento del total de incendios que se registran al cabo del año en los montes gallegos son reincidentes. Esto significa que se repiten, verano tras verano, en las mismas parroquias. Acerca de las manos negras que prenden estos fuegos, la Administración gallega contabiliza entre 3.000 y 6.000. Buena parte de ellos responden a un perfil de incendiario muy extendido, que retrata a un hombre de mediana edad que reside en una zona rural y que conoce perfectamente el monte. Eso explicaría que los focos más agresivos se activen siempre cuando el viento sopla a favor y que la mayoría de ellos se originen a media tarde, cuando los medios de extinción aéreos están a punto de retirarse.

Después del punto de inflexión que marcó el agosto de 2006, muchas son las cosas que han cambiado en cuanto a la protección de los montes. Según Serafín González, lo más llamativo ha sido el incremento en el presupuesto dedicado a la extinción, unos 170 millones de euros este año. Además, el número de efectivos desplegados (en el momento más álgido del 2006 eran 5.000; este verano son 7.000) se ha reforzado con la presencia permanente de miembros del Ejército y de la Policía Autonómica.

Más y mejores medios

160 fuegos activos: en una sola jornada se llegó a esta cifra. Muchos amenazaron casas a lo largo y ancho de la geografía gallega. La situación se prolongó durante dos semanas

El avance tecnológico de los últimos tiempos también ha permitido extremar el control a pie de monte con cámara térmicas y aviones que envían imágenes en tiempo real. Pero aún queda por mucho por hacer. Los 193 focos que se originaron esta semana en Galicia evidencian un problema que está lejos de resolverse. González asegura que engordar los presupuestos no soluciona el conflicto de raíz y aboga por insistir en la sensibilización ciudadana. «En los últimos diez años ha aumentado mucho el presupuesto en extinción y se consiguen apagar los incendios más deprisa, pero no se ha aprendido bien la lección. Hay que llegar a la población para mostrarles de cerca el drama de los incendios y hay que realizar inversiones más productivas en los montes», receta.

El endurecimiento del Código Penal —que elevó las penas a los incendiarios hasta los seis años de prisión— podría ayudar a paliar este problema educacional, pero las cifras de detenidos que llegan a ser juzgados son todavía muy bajas. El mantra contra los fuegos se repite año tras año en Galicia, pero parece que el mensaje no acaba de calar. Esperemos que la lluvia sí lo haga.