Manifestación de funcionarios el pasado día 21 en contra de la aplicación del 155
Manifestación de funcionarios el pasado día 21 en contra de la aplicación del 155 - AFP

El artículo 155: un temido infierno que se quedó en nada

Cuando se cumple un mes de la intervención, sin incidentes, de la Generalitat, la tesis de quienes pedían un 155 largo y no superficial ven reforzada su posición

BARCELONAActualizado:

Según el relato independentista, la aplicación del artículo 155 de la Constitución tenía que ser un campo de minas para el Gobierno. En un ambiente insurreccional y las masas ocupando las calles, el intento del Estado de tomar la administración catalana iba a ser saboteado desde dentro, una extensión a nivel funcionarial de la «resistencia pasiva» que pregona el soberanismo. El colapso se vaticinaba inminente. Hoy, cuando se cumple un mes de la aplicación del 155, de la fulminante destitución del gobierno catalán y de la convocatoria de elecciones, queda claro que esto no ha sucedido. Es más, como en el conjunto de la ciudad, y de Cataluña en general en todos los sectores, después de unos meses de agitación e intranquilidad, las últimas semanas han sido de una insual calma.

Ha habido manifestaciones, sí, y una huelga general que fue más bien un acto de sabotaje que un paro convencional. En cualquier caso, nada comparable a la movilización permanente que, sobre el papel, se podía prever ante unos hechos ciertamente graves, unos hechos que hace apenas unos meses parecían inimaginables: los líderes de las asociaciones soberanistas y medio gobierno catalán en prisión preventiva, y otro medio ejecutivo, junto al presidente Carles Puigdemont, «exiliado» en Bélgica. «Muchos anticiparon un paisaje de incendios, y no ha sido así, en ningún caso», explica un alto cargo del Gobierno directamente implicado en la «intervención» de la Generalitat vía 155.

En conversación con ABC, un ex alto cargo de la Generalitat en las últimas semanas en contacto directo con el entorno de Presidencia del Gobierno, añade que la ausencia de incidentes refuerza la tesis de que se podría haber aplicado sin problemas un «155 prolongado», lo que habría contribuido a «desinflar aún más el suflé del secesionismo». «Por miedo a una revuelta que no se ha producido, el Gobierno optó por la vía exprés: un 155 de mímimos y elecciones en diciembre. Un error. Es verdad que eso descolocó al independentismo, pero el riesgo de que el 21-D vayamos a peor sigue ahí. Con medio año por delante, el andamiaje soberanista se hubiese podido desmontar. Los hechos demuestran que no había que tener miedo a la intervención. En realidad, el grueso de la la sociedad catalana lo que pide es calma y sosiego», añade a ABC.

"No seguirán órdenes"

En el otro extremo, no hace muchas semanas, el independentismo pregonaba la insurrección. «Los funcionarios catalanes no seguirán órdenes de Madrid», sino que obedecerán a las instituciones catalanas, aseguraba el entonces consejero de Asuntos Exteriores de la Generalitat, Raül Romeva, poco antes de que el Gobierno, autorizado por el Senado, pusiese en marcha el 155. Como en tantas otras ocasiones, la realidad ha desmentido al independentismo. «Es verdad que hay un esfuerzo máximo en ser exquisitos en las formas, pero hasta cierto punto ha sorprendido la normalidad con la que se están desarrollándose los acontecimientos», asumen fuentes del Gobierno. Como un mantra, el ejecutivo, y el mismo presidente Rajoy, repiten la consigna: «Mesura y proporcionalidad».

Los altos funcionarios de la Generalitat en contacto con sus nuevos «jefes» en Madrid, «en un buen número reconocen que hay más tranquilidad, y en muchos casos nos transmiten una sensación de alivio después de meses de incertidumbre». Pese a esta normalidad, desde el Gobierno sí se reconoce que hay casos de oposición, no tanto de boicot, y que una parte de la administración catalana, la más poli- tizada, no lo pone fácil.

Sindicatos tranquilos

La «normalidad» con que se trabaja en la administración, tal y como también reconocen las sindicatos mayoritarios en la función pública, es extensible al conjunto de la ciudadanía y sectores económicos. Tras meses de incertidumbre, y si se descuentan los elementos del soberanismo más movilizados, en particular por la liberación de los «presos políticos», es generalizada la sensación de alivio. El pasado jueves se conocía que la fuga de empresas de Cataluña registraba ese día su nivel mínimo de traslados desde el pasado 2 de octubre, con solo 21 cambios de sede social, confirmando la tendencia descendente, si bien se acumulan ya un total de 2.745 traslados desde Cataluña a otras regiones de España en el periodo, según datos del Colegio de Registradores Mercantiles de España.

Del mismo modo, quemando «visa», los ejes comerciales de Barcelona registraban un lleno absoluto con el «black friday», confiando el sector en compensar la caída de ventas que, sobre todo en las partes más céntricas, se ha producido en las últimas semanas. Otro tanto puede decirse del sector de la restauración, como si el encendido de las luces de Navidad fuese la señal para comer y brindar, quizás por primera vez en las últimas semanas, con la política en segundo plano. De manera paradójica, la excepcionalidad que de forma habitual supone la celebración de unas elecciones se vive en Cataluña con cierta sensación de descanso, de alivio. Para unos ciudadanos que han vivido en los últimos meses con una angustia evidente, el 155 ha sido casi como un lenitivo.