Bob Dylan, que no permite el acceso de los fotógrafos a sus conciertos, en una actuación de 2012
Bob Dylan, que no permite el acceso de los fotógrafos a sus conciertos, en una actuación de 2012 - REUTERS

Bob Dylan impone su leyenda errante en el Liceu

El músico estadounidense alternó material reciente y clásicos desfigurados en su primera noche en Barcelona

BARCELONAActualizado:

A Bob Dylan uno se lo imagina desplomándose en el sofá de la habitación de hotel -o, según el caso, en alguna butaca de su inseparable autobús de gira, el mismo que se veía ayer aparcado a pocos metros del Gran Teatre del Liceu- y quitándose sus impecables botas blancas mientras se masajea las sienes, afina la carraspera y se dice que, una vez más, lo ha vuelto a hacer. Porque, en efecto, el viejo Bob, ese mito rodante que lo mismo se lleva por sorpresa el Nobel de Literatura que pasa la lijadora por el inmortal cancionero de estándares americanos, volvió a hacerlo. Llegó al Liceu, se encorvó sobre el piano de cola y, una vez más, se entretuvo en dinamitar su propia leyenda para reordenar los cascotes y reconstruirse en vivo y en directo entre pellizcos de blues, lengüetazos de rock and roll prehistórico y caricias de folk y jazz crepuscular.

Embarcado en esa gira del nunca acabar que arrancó en 1988 y que no atiende a novedades discográficas ni razones promocionales, el de Duluth dejó claro por donde iban los tiros en cuanto descorchó una «Things Have Changed» a la que parecían haberle extirpado de cuajo la línea melódica y se llevó al desguace un clásico de la talla de «It Ain’t Me Babe». Con «Highway 61 Revisited», reinventada entre calambrazos de guitarra, llegó el primer terremoto de la noche y también las primeras excursiones por la platea de los vigilantes que andaban a la caza, linterna en mano, de cualquiera que sacase el móvil, ni que fuera para mirar la hora.

En el escenario, Dylan seguía a lo suyo, acunando el desamor de «Simple Twist Of Fate» y limitando cada vez más la mirada retrospectiva para centrarse en sus últimos veinte años de carrera, con «Time Out Of Mind», «Love And Theft», «Modern Times» y, sobre todo, «Tempest», comiéndole el terreno a discos legendarios que, como «Blonde On Blonde», se quedaron anoche en el banquillo. Un guión menos antológico de lo esperado que el estadounidense, sin apenas despegarse del piano y exhibiendo una vez más esa voz de grajo disecado que parece que vaya alzar el vuelo a cada estrofa pero al final no, se entretuvo en manosear y retorcer mientras la banda alimentaba las calderas de «Pay In Blood», «Triyin’ To Get To Heaven» y «Soon After Midnight» y el sonido amagaba con sabotear la noche en «Thunder On The Mountain».

Sin mediar palabra con el público, sólo se acercó al centro del escenario para enfundarse el traje de crooner áspero y otoñal e injertar su maltrecha voz en estándares como «Melancholy Mood», «Fool Moon And Empty Arms» y «Autumn Leaves», recesos nostálgicos con los que Dylan parece reivindicarse como clásico atemporal capaz de proyectar su sombra sobre la totalidad del siglo XX. Lo mejor de la noche, sin embargo, no fue verle danzar con el fantasma de Frank Sinatra, sino comprobar su habilidad para revalorizar piezas más o menos recientes como «Early Roman Kings», transformada en el Liceu en una tempestuosa epopeya eléctrica, y «Love Sick», despachada con un plus de crudeza.

Un tratamiento de choque del que se benefició también «Desolation Row», clásico descarnado que renació nervudo, chisporroteante y con una intensidad desbordante. Un clásico resucitado que, como ocurriría más tarde con «Blowin’ In The Wind» y «Ballad Of A Thin Man», sigue alimentando la mitología errante de un músico nacido para darse esquinazo a sí mismo y batirse en duelo noche tras noche con su propia leyenda.

Se podrá discutir si su voz está para muchos más trotes o si tiene algún sentido que precisamente él, adalid de la música popular, se encierre en recintos cada vez más exclusivos y con unos precios cada vez más desorbitados, pero de lo que no hay duda es de que, a sus 76 años, Bob Dylan sigue ganándose a sí mismo en cada pulso que se echa y derribando a martillazos los límites de su repertorio. Eso hizo anoche en el Liceu y, si nada se tuerce, volverá a hacerlo también esta noche en su segunda parada en la capital catalana.