Juan Pérez Suárez, con el uniforme oficial de jefe de Protección Civil de Torrijos
Juan Pérez Suárez, con el uniforme oficial de jefe de Protección Civil de Torrijos

Un tipo con agallas

En 2001 Juan Pedro Suárez sufrió un accidente laboral que le ha dejado el 32 por ciento de la superficie corporal quemada

El jefe de Protección Civil de Torrijos es uno de los condecorados por el Gobierno de Castilla-La Mancha en 2018

ToledoActualizado:

Juan Pedro Suárez (Madrid, 1970) tiene marcado a fuego en su cuerpo el 19 de enero de 2001, viernes. Ese día, un accidente laboral cambió su vida radicalmente. Llevaba doce años trabajando como mecánico electricista de automóviles en un taller en la capital de España. Aquella mañana, la pérdida de gasolina de un vehículo, un Opel Kadett, le empapó todo el cuerpo cuando se encontraba debajo del turismo. La lámpara con la que el joven mecánico (30 años) se alumbraba hizo el resto: lo convirtió en una antorcha humana durante más de treinta segundos, que Juan Pedro contó mientras tapaba su cara con los brazos y en posición fetal. Le dio tiempo a pensar en dejar de respirar para no inhalar fuego. Milagrosamente, salvó la vida gracias a que un mecánico de un taller aledaño apagó las llamas en la calle con un extintor. «Mirar a la gente a la cara y ver su expresión era tétrico», recuerda.

Ese fatídico día, el compañero que tenía que haber revisado aquel coche tuvo que acompañar a un familiar al médico, por lo que Juan Pedro se encargó de inspeccionar el turismo. Trágica casualidad a la que, sin embargo, Juan Pedro ha dado las gracias más de una vez, porque le ha permitido hacer realmente lo que más quiere: ayudar a los demás. Y no está loco, aunque su madre, Carmen, se mosqueaba con él cada vez que le oía hablar del lado positivo del accidente que le cambió su existencia y su aspecto físico: «Imagínate, sin orejas ni pulgares, toda la cara quemada... Uno aparecía en una reunión y todo el mundo me miraba». Porque desde aquel 19 de enero de 2001 Juan Pedro tiene el 32 por ciento de su superficie corporal quemada.

Juan Pedro con su mujer, Ana Belén
Juan Pedro con su mujer, Ana Belén

Es cierto que la vida de este tipo con agallas se fue a la mierda ese viernes. Pero solo de manera momentánea. Entre operaciones para recomponer su cuerpo, Juan Pedro conoció a una psicóloga, Alicia Juárez, que le ayudó a encontrarse a sí mismo y a salir a flote del pozo. Porque después del accidente mucha gente que le rodeaba desapareció de su vida. Pero Juan Pedro luchó para que su imagen no estuviera por encima de su persona; se negó a que su físico le marcase el paso cada día. «Que la gente me conociera por mi trabajo. Porque el quemado tiende a retrotraerse, a encerrarse, y hay muchos suicidios», asegura este tipo corajudo, al que las pruebas psicológicas le indicaron después del accidente que se tenía que dedicar a los demás. Y se puso manos a la obra.

«Mi vocación, mi vida», se lee en el perfil de su teléfono móvil. Juan Pedro trabaja como técnico en emergencias en la UVI móvil del Sescam con base en la localidad toledana de Escalona y desde el 1 de enero de 2016 es el jefe de la Agrupación de Protección Civil de Torrijos, donde su mujer también es voluntaria. «Aunque suene a tópico, mi vocación es el servicio público. Tengo interiorizado el hecho de ayudar a los demás», asegura Juan Pedro, que esta semana ha colgado también en su teléfono móvil una frase: «A la gente buena al final siempre le pasan las cosas buenas».

Su primer contacto con el voluntariado fue en Madrid en 1992, en los Juegos Paralímpicos para disminuidos psíquicos. No volvió a realizarlo hasta 2003, dos años después del accidente. «Fue en Cruz Roja de Fuensalida donde encontré mi espacio», y también fue en esa población donde vio un teléfono impreso en una ambulancia que le abrió las puertas a su profesión como técnico en emergencias. Aunque antes de llegar a la Agrupación de Protección Civil de Torrijos pasó por la de Toledo y ayudó a fundar más tarde la de Huecas.

Juan Pedro pide a la sociedad que vea a los voluntarios de Protección Civil con otros ojos: «Seguimos siendo, a la vista de muchos, personal de segunda división. El hecho de ser voluntario y no recibir ninguna retribución por el trabajo que realizamos nos sitúa, a ojos de la gente, en un escalafón interior en las emergencias. Pero nada más lejos de la realidad». Y siempre echa mano de una frase: «El voluntario es un profesional no remunerado». Y lo explica: «Profesional por su formación y profesional por su motivación vocacional, por su disposición y por su disponibilidad de estar cuando se le necesita».

Este miércoles Juan Pedro recogerá su condecoración acompañado de su mujer, Ana Belén, y de su hijo, el pequeño Juan Pedro, que podrá sentirse orgulloso de cómo su padre supo resurgir cual ave fénix. La señora Carmen, su madre, ya no podrá emocionarse al ver cómo a su hijo lo premiarán además por hacer algo que es su vocación, su vida.