Cuarenta años de la proclamación de Don Juan Carlos

Cuatro retos en los albores de un reinado

La democratización, su reconocimiento internacional, la España de las regiones y la unidad familiar

MadridActualizado:

En estos tiempos en que tantos ningunean el valor de la Transición, no está de más recordar cuatro retos a los que se enfrentaba el Príncipe Don Juan Carlos en la hora de la muerte del general Franco. La democratización de España; el reconocimiento internacional de la legitimidad de la Monarquía española; el diseño de una España en la que su riqueza regional se viera plasmada en las instituciones y recuperar la unidad de su familia, herida por la postergación de Don Juan. El primer reto, el más difícil de todos, era conjugar la legitimidad que le daba el régimen del general Franco con el cambio político que él quería llevar adelante.

Recordemos que el 22 de noviembre de 1975 Don Juan Carlos no tenía más legitimidad que la que le había dado el Movimiento Nacional en 1969. Carecía de la dinástica al haberse saltado a su padre, Don Juan, en el orden sucesorio. Y, consciente de ello, le había devuelto la placa de Príncipe de Asturias cuando aceptó la sucesión de Franco. El Príncipe no tenía la legitimidad constitucional, que no llegaría hasta el 6 de diciembre de 1978. Con esas premisas resultaba muy difícil una ruptura con el régimen del 18 de julio. Fue ahí donde encontró el apoyo de su maestro Torcuato Fernández-Miranda, que estableció la vía para hacer la reforma política -nunca una ruptura- yendo de la ley a la ley.

El apoyo de Gerald Ford

Un segundo reto era lograr el reconocimiento internacional de su condición de Rey. Era evidente que era un Monarca, pero había que conseguir que las grandes potencias occidentales no lo vieran como un mero continuador del franquismo, sino como un estadista por derecho propio. Ahí le llegó pronto la ayuda norteamericana del presidente Gerald Ford, que recibió a Don Juan Carlos en la Casa Blanca en su primer año de reinado, en junio de 1976, y le invitó a hablar ante el Congreso, dando al joven Soberano español un crédito muy diferente ante el mundo.

El reto exterior se veía así más al alcance de la mano. Marcelino Oreja Aguirre, como ministro de Asuntos Exteriores, presentaría el 28 de julio de 1977 en Bruselas la carta en la que España solicitaba la apertura de negociaciones con las Comunidades Europeas. Para los españoles eso era casi una utopía. Durante el régimen del general se había identificado Europa con las libertades y la pluralidad que no había de puertas adentro en nuestro país. Por eso era esencial, como forma de legitimar ante el mundo el reinado, que España fuera admitida cuanto antes en las Comunidades. Algo que negociaron con éxito los gobiernos de UCD y PSOE y que se vio rubricado con la firma de adhesión en el salón de columnas del Palacio Real, bajo presidencia del Rey, el 12 de junio de 1985, menos de una década después de su llegada al trono.

Don Juan Carlos tenía el reto de que en su reinado se estructurara una España más diversa y descentralizada. Lo que era una gran ironía histórica. Porque un Rey de la dinastía Borbón, identificada con el centralismo francés, se vio abocado a que su reinado engendrase una España mucho más asimilable -en teoría- con la pluralidad regional que se atribuía a los Habsburgo a los que los Borbón habían ganado la Corona de España en la Guerra de Sucesión. Es evidente que con el paso de los años el modelo autonómico ha llegado a estar cuestionado. Unos piden mayor descentralización y hasta la independencia, y otros creen que se ha ido de las manos. Lo que no parece equivocado decir es que el reto que se encontró Don Juan Carlos cuando llegó al trono en 1975, el de reconocer la riqueza de los pueblos de España, se encarriló con éxito durante décadas.

Todo lo anterior se hizo a partir de un hecho que en noviembre de 1975 parecía imposible: convocar unas elecciones generales libres, con la concurrencia de casi cualquier partido que quisiese presentarse, en el plazo de año y medio. Las de junio de 1977 fueron unas elecciones consideradas impecables por los observadores internacionales y su limpieza y resultados no fueron cuestionados ni por los grandes derrotados de aquella jornada, como era el caso del Partido Comunista de España, cuyas expectativas alimentadas en la clandestinidad eran muy superiores a sus resultados, más bien pobres.

Por último, Don Juan Carlos tuvo otro reto que superar, más difícil de lo que puede parecer: normalizar la relación dentro de la Familia Real y de esta dentro de la sociedad española. Recordemos que hasta el 14 de mayo de 1977 la legítima jefatura de la Casa Real española seguía correspondiendo al Conde de Barcelona. Cuando Don Juan Carlos aceptó la sucesión de Franco en 1969, las Casas Reales del mundo -reinantes y depuestas, con la única excepción de la Casa Imperial de Austria en la persona de su jefe, Otto de Habsburgo- dieron la espalda al Príncipe español que se anteponía a su padre.

De hecho, Don Juan Carlos no otorgó ni un collar de la Orden del Toisón de Oro, que es de origen dinástico, hasta los que concedió tras la renuncia de Don Juan al duque de Fernández-Miranda y al marqués de Mondéjar. Esa renuncia de Don Juan se celebró en el Palacio de la Zarzuela en condiciones casi de secretismo. Pero, superado el mal trago, la relación padre-hijo se normalizó y permitió a los Condes de Barcelona oficializar su residencia en España. No es fácil establecer un canon de los retos que tenía Juan Carlos I el 22 de noviembre de 1975. Pero es seguro que estos cuatro constaban muy alto en su lista de prioridades y se superaron con éxito.