El Wikileaks de Franco en Washington
Interior de la antigua embajada de España en Washington - ABC

El Wikileaks de Franco en Washington

En 1942, los servicios de inteligencia de EE.UU. organizaron una elaborada trama para interceptar las secretas comunicaciones de la Embajada de España en la capital federal

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

A comienzos del siglo pasado, la viuda de un prominente senador de Missouri organizó una ambiciosa operación inmobiliaria en lo que por entonces se consideraba como las afueras de Washington. Se trataba de reconvertir la parte más remota de la calle 16 —que arranca frente a la puerta principal de la Casa Blanca— en una especie de exclusiva zona residencial. Pensando en acomodar monumentos, parques, altos cargos e instituciones de prestigio, la señora Mary Henderson impulsó la construcción de varios palacetes. Uno de ellos estaba destinado a ser la residencia oficial del vicepresidente de Estados Unidos, pero en 1927 se convirtió en la Embajada de España. Sin que nadie pudiera sospechar que quince años después esa propiedad dotada de un típico patio andaluz sería objetivo prioritario para los servicios de inteligencia americanos.

En 1942, Estados Unidos seguía con especial atención estratégica al régimen del general Franco. Los americanos se preparaban para empezar por el norte de África su ofensiva europea en la Segunda Guerra Mundial y sabían que España era clave en la llamada Operación Torch. Para satisfacer toda esa imperiosa necesidad de información, la Oficina de Servicios Estratégicos —conocida por sus siglas en inglés OSS y precursora de la actual CIA— se empleó a fondo. Su primer objetivo: acceder a las comunicaciones confidenciales entre las autoridades de Madrid y su representación diplomática en Washington.

Una agente llamada «Ella»

El primer obstáculo al que se enfrentaron los agentes de la OSS fue infiltrarse entre el personal de la embajada. A partir de una trama tan paciente como elaborada, empezaron por reclutar a una joven estudiante americana, con un nivel excelente de español. La joven fue alojada en la misma pensión de la avenida Connecticut donde vivían otras secretarias de la sede diplomática de España.

El siguiente paso fue crear una oportuna vacante laboral para su agente, conocida por el código «Ella». Para lograrlo, contaron con la ayuda de la International Telephone and Telegraph Company, que les permitió anunciar una plaza de secretaria bilingüe en sus oficinas de Nueva York con un irresistible sueldo de 400 dólares al mes. De todas las secretarias en la embajada, una tal María se dejó tentar. Y en abril de 1942, la OSS logró que la sucesora de la empleada fichada por ITT fuera su «topo».

La agente americana no perdió el tiempo. En una semana, la joven había dibujado un detallado mapa de todas las dependencias diplomáticas. Además de averiguar que el libro de claves utilizado para codificar las comunicaciones con Madrid se guardaba en una caja fuerte, de la marca Shaw Walker, situada en el despacho del ministro consejero. La infiltrada incluso intentó deducir la combinación, pero no tuvo suerte.

Al final, la OSS ordenó a su agente el sabotaje del mecanismo de apertura de la perseguida caja fuerte. Y cuando se llamó a los fabricantes para su reparación, los espías americanos pudieron enviar a uno de sus especialistas, un ladrón profesional recolocado. Con la combinación en sus manos, este cerrajero de confianza y otros agentes (identificados como españoles republicanos por historiadores como Douglas Waller en su reciente libro sobre el jefe de la OSS, «Wild Bill» Donovan) entraron a las 10.30 de la noche del 29 de julio de 1942 en la embajada y consiguieron hacerse con todas las claves.

En un apartamento cercano, otro equipo de la OSS se dedicó febrilmente a copiar todo el material intervenido con ayuda de 3.400 fotografías. En cuestión de unas tres horas, las claves originales volvieron a la trajinada caja fuerte. Y Estados Unidos pudo empezar a descifrar el flujo de comunicaciones entre Madrid y la embajada en Washington. El único problema es que toda esa operación debía repetirse cada mes, cuando los diplomáticos españoles cumplían con la precaución de cambiar sus códigos.

Todo perfecto hasta que, en octubre, las nocturnas incursiones en la Embajada de España se toparon con un «overbooking» de espías producto de la rivalidad entre la OSS y el FBI, a las órdenes de Edgar Hoover. La consiguiente bronca de competencias llegó hasta la Casa Blanca. Al final, el presidente Roosevelt ordenó que solo el FBI se encargase del espionaje diplomático, pero con la obligación de compartir secretos con los servicios de inteligencia dirigidos por Donovan.