Los políticos soberanistas, al aprobar las leyes de desconexión
Los políticos soberanistas, al aprobar las leyes de desconexión - Oriol Campuzano

El relato del golpe de Estado en Cataluña contado por los testigos constitucionalistas

Desde el 6 y 7 de septiembre hasta el 27 de octubre de 2017: la historia de los que combatieron una rebelión en cuatro grandes movimientos

MadridActualizado:

Una secretaria judicial huyendo por los tejados, un vehículo de la Guardia Civil reventado, agentes de la Policía autonómica ocultando información a la Policía Nacional y facilitando el acoso a la Guardia Civil, la presidenta de un Parlamento improvisando votaciones y retorciendo el reglamento, diputados silenciados que abandonan el hemiciclo, un presidente autonómico proclamando la independencia durante menos de un minuto... son hechos que se produjeron en España entre el 6 y 7 de septiembre y el 27 de octubre de 2017. Son imágenes que nos acompañarán siempre, a pesar de que los promotores del intento de golpe de Estado traten de vestirlas con el manto de la democracia. Fue exactamente lo contrario: un golpe en cuatro movimietos: aprobación de leyes de desconexión, acoso a funcionarios policiales y judiciales, celebración de un referéndum ilegal y proclamación de una independencia «interruptus».

Nadie imaginó que los independentistas llegarían tan lejos, pero ellos tampoco contaban con una respuesta –esta sí plenamente democrática–: el discurso del Rey en televisión para enviar un mensaje en defensa de la Constitución y de la unidad de España generó tal entusiasmo en Cataluña y en España, que en pocos días se produjo un hecho inesperado: las calles de Barcelona se poblaron de manifestantes con señeras y banderas constitucionales en defensa de España. Hartos de estar callados, de sentirse señalados, del pensamiento único.

En esos 52 días el Gobierno catalán en pleno, la presidenta del Parlament, los partidos independentistas y las asociaciones ANC y Omnium Cultural demostraron que no iban de farol y que estaban dispuestos a cumplir con su amenaza y arrastrar a la sociedad catalana a la fractura política y social.

La valoración penal correponde a los siete magistrados del Tribunal Supremo que juzgarán los hechos a partir del 12 de febrero, pero al lado, o enfrente, del independentismo estaba la otra Cataluña. La que fue testigo involuntario de un hecho histórico de primera magnitud: el intento unilateral de secesión de una región de España en 2017. Cuando quedan apenas nueve días para el comienzo del juicio, ABC ha querido poner sus páginas a disposición de los testigos del fallido intento de golpe de Estado, aquellos que desde su ámbito de actuación se opusieron al tsunami independentista: desde los diputados de Cs, PSC y PP, a los funcionarios policiales y judiciales que cumplieron con su deber con lealtad a la Constitución y a España, o los centenares de miles de voces que inesperadamente tomaron Barcelona para gritar libertad y proclamar su amor a Cataluña, a España y, sobre todo, a la Democracia.

José María Espejo-Saavedra y Andrea Levy estuvieron en el Parlament el día que se aprobaron las leyes de desconexión; Miquel Iceta y Xavier García-Albiol no tuvieron más remedio que asistir a la declaración de independencia de Cataluña, aunque fuera con esa ridícula brevedad. Enric Millo conoció la deslealtad el 1-O. Mario Vargas Llosa puso voz al clamor político y social, y Manuel Valls representó la perplejidad internacional. Todos ellos explican en ABC y en primera persona lo que sintieron aquellos días, cuando ante sus ojos una clase política arrojaba la discordia sobre una sociedad próspera y libre. Estos son sus testimonios:

Los días de la «infamia», por José María Espejo-Saavedra y Andrea Levy

Andrea Levy, desde su escaño en el Parlament
Andrea Levy, desde su escaño en el Parlament - ORIOL CAMPUZANO
«Lo que realmente sucedió esos días fue que los restos de la democracia en Cataluña eran volatilizados en el altar del fanatismo secesionista»
Andrea Levy , Vicesecretaria general de Estudios y Programas del PP

En los días de la infamia de septiembre del año 2017, cuando el rostro totalitario del secesionismo se mostró de forma más descarnada estaba leyendo un libro de un intelectual francés fallecido Jean François Revel que había encontrado en una librería de viejo de Barcelona. Lo compré porque el título, «Cómo terminan las democracias», representaba muy bien lo que pensaba que estaba ocurriendo en Cataluña. Revel hacía un diagnóstico certero sobre un mundo que creíamos desaparecido, el de la guerra fría, y advertía que a inicios de la década de los 80 el peligro para las democracias occidentales no venía del interior como había sucedido en otros momentos de nuestra historia sino del expansionismo soviético.

Me pareció un análisis que respondía a una época ya pasada porque, tal y como se demostró de forma ruidosa entonces, pero que de forma sigilosa llevaba sucediendo desde hacía décadas, en Cataluña la amenaza a la democracia venía del interior. Mientras se trataba de aplastar a la oposición parlamentaria el día 6 de septiembre recordé que todo empezó no dejando rotular los negocios de la gente, luego poniendo en marcha una TV3 que muestra permanentemente una realidad hemipléjica de lo que es Cataluña, a continuación prohibiendo hablar en castellano en la escuela, en penúltimo lugar inoculando odio respecto a los compatriotas —España nos roba— y al final, intentando amordazar a esa mayoría de Cataluña que en el Parlament dijimos basta ya.

Por eso, lo que realmente sucedió esos días fue que los restos de la democracia en Cataluña eran volatilizados en el altar del fanatismo secesionista. No sólo se aniquilaba la libertad y su expresión gráfica, la ley, sino que con ello también se terminaba con cualquier posibilidad de política. Por eso al finalizar esas dos sesiones sólo veía una salida para la recuperación de Cataluña; el 155. Porque si en 1978 la Constitución nos devolvió el autogobierno, en 2017 nos debía devolver la libertad. Luego sucedieron muchas cosas y conocimos que Rusia fue uno de los epicentros del apoyo a los secesionistas a través de la difusión de «fakenews» contra la democracia española.

Y entonces me acordé de Revel y lamenté que quienes siempre habían querido aniquilar las libertades en Europa hubiesen encontrado en Cataluña unos fieles aliados. Al fin y al cabo, no es de extrañar que en la internacional del odio, el secesionismo catalán sea uno de sus miembros más entusiastas.

Espejo-Saavedra, junto a Forcadell en el Parlament
Espejo-Saavedra, junto a Forcadell en el Parlament - ABC
«Algunos se reían haciéndose selfies con los requerimientos que les llegaban de los tribunales»
José María Espejo-Saavedra , Vicepresidente segundo del Parlament

Recordar lo que pasó en los meses de septiembre y octubre de 2017 no es difícil. Lo que será difícil es que los españoles lo olvidemos.

Igual que no olvidaremos lo que pasó el 23-F para que no se vuelva a repetir, tampoco olvidaremos lo que pasó los días 6 y 7 de septiembre, el día 1 de octubre, y la culminación del golpe por parte de los separatistas el día 27 de octubre.

Muchos catalanes vivimos esos días con miedo y con rabia. Vimos cómo unos políticos totalitarios nos querían arrebatar nuestros derechos, nuestras libertades, nuestro país… Yo lo viví en persona como miembro de una Mesa del Parlamento de Cataluña entregada a la ejecución de lo previsto por Puigdemont y Junqueras, a sabiendas de que se saltaban las normas más básicas de cualquier Parlamento, y todo ello mientras algunos se reían haciéndose selfies con los requerimientos que les llegaban de los tribunales.

Pero después del miedo, también vino la esperanza. Y el 21 de diciembre los catalanes llenaron las urnas de votos en favor de la unión de todos los españoles y por primera vez un partido no nacionalista ganó las elecciones en Cataluña.

Dijimos alto y claro: ¡Basta de hablar en nombre de toda Cataluña, basta de insultar a los que nos sentimos catalanes, españoles y europeos!

Ha pasado un año y han cambiado algunas cosas: tenemos a un presidente de la Generalitat que nos llama bestias taradas y en vez de Rajoy, tenemos a Sánchez, que les debe la Moncloa a los separatistas y está dispuesto a olvidar lo que pasó aunque los separatistas sigan intentando repetir su golpe. Un año después sigue el caos en el Parlament, el desgobierno en Cataluña y la fractura en nuestra sociedad.

Y es que ellos siguen: intentan excluirnos de las instituciones, jalean a los comandos separatistas para que aprieten todavía más, se agrede en las calles a quienes no piensan como ellos, Torra dice que va a enfrentarse a los tribunales. Muchos ciudadanos se preguntan qué será lo siguiente y se sienten desamparados por el Gobierno de Sánchez.

No se puede normalizar, como hace el Gobierno de Sánchez, la situación que estamos viviendo millones de catalanes, que vemos cómo se siguen vulnerando nuestros derechos sin que el Gobierno haga nada. Cataluña necesita que el «procés» acabe, recuperar la estabilidad y la tranquilidad y centrar los esfuerzos en los problemas reales de los catalanes.

Pero sigue habiendo espacio para la esperanza: mal que les pese a los separatistas, el constitucionalismo es más fuerte que nunca en Cataluña. Por fin existe un partido que defiende sin complejos la unión y la igualdad de todos los españoles. Y ese partido, Ciudadanos, ha ganado las elecciones en Cataluña. Y pronto gobernará España.

Acoso a la Guardia Civil en la Consejería de Economía

Un coche de la Guardia Civil destrozado en el asalto a la Consejería de Economía
Un coche de la Guardia Civil destrozado en el asalto a la Consejería de Economía - EFE
«No pude soportar la presión y acabé huyendo por los tejados de la Consejería»
Testimonio protegido , Secretaria judicial

A las ocho de la mañana, cuando llegamos a la Consejería, ya había dos hombres delante de la puerta tomando fotografías y a las 11 ya había mucha gente. Vino el teniente de la Guardia Civil y me comentó que no iban a venir los detenidos, que era imposible acercarse al edificio por parte de la Guardia Civil y que había estado hablando con el señor Sánchez, que se había erigido en interlocutor mediador, y le había dicho que no iba a permitir el acceso de ninguno de los tres detenidos si no era bajo sus condiciones: sin esposas y a través de un pasadizo, un camino entre la gente. El encargado de seguridad de la Guardia Civil mantuvo muchas conversaciones con el señor Sánchez, que en principio parecía ser quien organizaba lo que sucedía de puertas para fuera. También con Cuixart. Fuera había tanta gente que no podíamos usar los móviles porque los repetidores estaban saturados.

A las 9.30 del día siguiente bajé al hall porque ya consideré que había esperado bastante, vi lo que había al exterior y me asusté. Vi salir de un despacho al señor Jordi Cuixart, dos personas más y el encargado de la Guardia Civil, que me hizo un gesto de que no, como que no había posibilidad de llegar a un acuerdo para permitir la salida. Ya comprendí que tomábamos medidas en otras instancias o que de allí no íbamos a salir. Antes me dijeron que lo que me permitían a mí como letrada era ir acompañada de un par de mossos de seguridad ciudadana, permitirme atravesar el mar de gente que había hasta que no hubiera gente, pero no podía marcharme sin asegurar todo el material intervenido.

El teniente dijo a un mosso que había recibido órdenes explícitas del general diciendo que ellos no podían salir sin el material, sin que aseguraran los vehículos que habían quedado expuestos, porque no se habían podido meter en el garaje y que al parecer tenían armas.

Cogí el acta, el material en soporte informático y dije que yo salía. Me acompañaron ocho mossos de paisano por la sala 2, que tiene acceso al edificio contiguo, un teatro. No pude soportar la presión, acabé huyendo por los tejados.

El 1-O en la piel de un agente de Policía Nacional y de Enric Millo, delegado del Gobierno

Mossos d'Esquadra y agentes de la Policía Nacional el 1-O
Mossos d'Esquadra y agentes de la Policía Nacional el 1-O - EFE
«Nos dimos cuenta pronto que la Policía autonómica no iba a colaborar con nosotros»
Testimonio anónimo , Un agente de la Policía Nacional desplegado

La prensa nacional llevaba tiempo anticipándolo y nos situaban como los «salvadores» que garantizaríamos el cumplimiento de la ley de leyes, nuestra Constitución y la defensa de la unidad del territorio nacional. Según medios independentistas seríamos todo lo contrario, una especie de «ogros», que les privaríamos de ejercer sus derechos y libertades.

Y el 1 de octubre allí estábamos. En Jefatura Provincial de Gerona se respiraba otro ambiente, muy similar al clima y tensión político-social de País Vasco y Navarra que también me tocó vivir.

Ese día los Mossos debían desalojar los «colegios electorales» antes de las 6 de la mañana, pero no fue así, únicamente realizaron algunas identificaciones. Nos dimos cuenta pronto de que la Policía autonómica no iba a colaborar con nosotros.

Mi grupo debía «medir y tomar la temperatura de la calle». Las juventudes Arran (organización juvenil de la izquierda independentista) y los CDR que comenzaban a formarse, se mostraban muy activos. La mañana transcurrió con normalidad, las U.I.P. hacían su trabajo sin producirse altercados en los más de 30 puntos que cubríamos y así hasta las 14.30 cuando recibimos comunicado de finalizar el dispositivo hasta nueva orden. Éste ya no se volvió a reanudar.

Aquel fue un día en el que muchos de nosotros no comprendimos lo que ocurrió, pero sí supimos lo que sentimos. Nos sentimos molestos por las noticias de medios locales y autónomos que hablaban de violencia y cargas policiales brutales, cuando nuestra realidad había sido distinta. Molestos y extrañados porque nuestra Comisaría se encontraba custodiada por Mossos de Esquadra cuando nuestras U.I.P. se encontraban en su interior sintiendo su labor usurpada y pareciendo tener que dar las gracias por no permitir que fueran a más las concentraciones que asediaban y expresaban su desprecio hacia nosotros frente a Comisaría.

Molestos por la desesperación de un compañero que aquel día se encontró su barrio empapelado con una fotografía suya en la que se le veía tras un punto de mira acusándole de ser un maldito Policía Nacional; tristes por sentir que, igual que ese compañero, muchos otros allí destinados son objeto de desprecio y acoso en su propio ámbito familiar. Desconsuelo por los ciudadanos no independentistas que allí residen y se sienten abandonados a su suerte y a los que solo les queda la opción de irse de su propia tierra o quedarse y sufrir el adoctrinamiento, el radicalismo y exclusión social para todo el que no piense igual.

El exdelegado de Gobierno en Cataluña, Enric Millo
El exdelegado de Gobierno en Cataluña, Enric Millo - EFE
«No fueron pocos los intentos que hice para convencer a Puigdemont de que no podía arrastrar al naufragio a Cataluña»
Enric Millo , Exdelegado del Gobierno en Cataluña

Diálogo constructivo para superar las actitudes excluyentes. Ésta fue la hoja de ruta que marcó mi etapa de delegado del Gobierno de España en Cataluña, desde noviembre de 2016 a junio de 2018. No fue tarea fácil la que me encomendaron el presidente Rajoy y la vicepresidenta Sáez de Santamaría, pero agradezco profundamente la confianza que me otorgaron para un reto tan complejo en momentos tan difíciles. Fueron los medios de comunicación los que bautizaron como «operación diálogo» los infinitos esfuerzos realizados desde el Gobierno de España para afrontar un desafío al Estado sin precedentes y evitar un desenlace indeseado. Desde mi inicio en el cargo abrí la Delegación del Gobierno de España a la sociedad catalana. Nunca antes se había vivido en el modernista Palacio Montaner, sede de la Delegación, una actividad tan intensa, tanta presencia de ministros, de colectivos sociales, económicos, medios de comunicación… Una «casa de todos» desde la que trabajamos sin cesar para que no se cumplieran las pretensiones independentistas de lograr la ruptura con España.

No fueron pocos los intentos que hice en persona con el entonces presidente Puigdemont para convencerle de que no podía arrastrar a Cataluña a un naufragio con las graves consecuencias que su irresponsable actitud podía acarrear al conjunto de la sociedad. Esa apuesta por el diálogo dentro de la ley quedó tocada, aunque no cesó, desde el momento en que el entonces presidente de la Generalitat hizo pública la convocatoria del referéndum ilegal para el 1 de octubre. La obcecación y reiteradas negativas de Puigdemont a desconvocar ese referéndum ilegal, sin ninguna garantía, sin ningún reconocimiento, y desobedeciendo claramente el mandato judicial, desembocó en una jornada de octubre para la que la escenografía independentista había desarrollado, sin escatimar recursos de todos los catalanes, todo tipo de artificios para teñir de falso realismo una actuación carente de toda la legalidad.

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, tenían que cumplir con una orden judicial muy clara para evitar la celebración del referéndum ilegal, mediante la incautación del material electoral ubicado en los colegios, trabajaron con la profesionalidad y prudencia con la que siempre llevan a cabo su encomiable labor. El mismo 1 de octubre, con el objetivo de evitar problemas mayores, convoqué una rueda de prensa a primera hora de la mañana, en la Delegación del Gobierno, para pedir la colaboración ciudadana en el cumplimiento de la labor encomendada por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña a los cuerpos de seguridad, y posteriormente pedí claramente a Puigdemont que dejara de convocar a los catalanes a una falsa votación y de provocar mayor agitación entre los radicales que no permitían que la policía cumpliera la orden del juez. La respuesta del entonces presidente de la Generalitat fue convocar, mediante llamada pública, a la ciudadanía a «defender» las urnas y los colegios electorales enfrentándose a los cuerpos de seguridad para tratar de impedir el cumplimiento de su deber.

Lejos de recuperar el sentido común, el presidente de la Generalitat y los principales promotores del secesionismo fueron los responsables de todo lo que aconteció aquel 1 de octubre al negarse a poner freno al cúmulo de despropósitos al que abocaron a miles de catalanes que, en la mayoría de casos de buena fe, siguieron creyendo en el engaño masivo del independentismo.

Ha llegado la hora de rendir cuentas ante la Justicia, quienes no huyeron cobardemente, y de hacer frente al cúmulo de ilegalidades de las que reiteradamente habían sido alertados de sus posibles consecuencias. La propaganda independentista se ha reactivado con fuerza ante este juicio y recurre de nuevo a la instrumentalización de los sentimientos teñidos de victimismo. Pero será la historia la que también algún día juzgará a las élites nacionalistas del grave deterioro que han provocado en la sociedad catalana, fragmentada en dos, y despreciando a mas de la mitad de catalanes que no somos partidarios de la independencia. Llegamos al proceso al «procés» con una división añadida, la interna entre el independentismo que debe hacer frente a la justicia y el secesionismo de nuevo cuño que se esconde en cómodos hábitats europeos incrementando su ficticia actividad en favor de una supuesta república inexistente, para mantenerse siempre en el foco mediático.

Si de algo ha servido equella intensa apuesta inicial por el diálogo, y la posterior determinación con la que actuó el Gobierno destituyendo a los que dieron el golpe contra el Estado de derecho y restableciendo el orden constitucional y estatutario, es que nuestra estimada Cataluña sigue formando parte de nuestra amada España a pesar de la fuerza rupturista que desde la ilegalidad han ejercido quienes ahora tienen que rendir cuentas ante los tribunales y quienes han huido de toda responsabilidad.

La DUI del 27 de octubre, por Iceta y Albiol

El socialista Miquel Iceta, en el Parlament
El socialista Miquel Iceta, en el Parlament - EFE
«Jamás pensé que me vería obligado a abandonar el hemiciclo absteniéndome de participar en una votación»
Miquel Iceta , Primer secretario del PSC

El juicio del «procés» se iniciará dentro de pocos días en el Tribunal Supremo. Contra lo que sostienen los independentistas, no se trata de enjuiciar una ideología o un proyecto político, sino de que los jueces establezcan si doce dirigentes independentistas cometieron o no algún delito al desoír las resoluciones del Tribunal Constitucional, al convocar y celebrar un referéndum ilegal el 1 de octubre, y al declarar de forma unilateral la independencia el 27 de octubre.

Muchos responsables políticos hemos opinado quizás con demasía sobre cuestiones que solo a jueces y tribunales competen, pero es obvio que juicio pondrá en evidencia el fracaso de la política por falta de diálogo entre los gobiernos de Cataluña y España, y la toma de decisiones graves y equivocadas por parte del anterior gobierno de la Generalitat.

El asalto definitivo a la legalidad se produce en las nefastas jornadas parlamentarias del 6 y 7 de septiembre de 2017. Aquel día la mayoría independentista, vulnerando el Reglamento del Parlament de Catalunya, desoyendo las opiniones de los letrados de la Cámara, impidiendo que el Consell de Garantías Estatutarias emitiese un dictamen sobre los proyectos de ley del referéndum de autodeterminación y de transitoriedad jurídica y fundacional de la República, y atropellando los derechos de los diputados y grupos de la oposición, decidió quebrar la legalidad establecida en el Estatuto de Autonomía y la Constitución española.

Los días 6 y 7 de septiembre, de forma temeraria y manifiestamente ilegal, se quebraron las reglas del juego y se pusieron en riesgo las instituciones de autogobierno. Jamás pensé que me vería obligado a abandonar el hemiciclo absteniéndome de participar en una votación. Pero para mostrar nuestra radical oposición a esa desgraciada operación política, condenada por demás al fracaso, debíamos actuar con excepcional contundencia.

El Tribunal Constitucional, lógicamente, suspendió primero y anuló después, los textos legales aprobados. Pese a ello, el gobierno de Catalunya siguió adelante con la organización de un referéndum a todas luces ilegal. El gobierno del PP, incapaz de frenar la celebración de la consulta, decidió reprimir con dureza y contundente actuación policial, a quienes participaron en ella. Los socialistas, a la vista de tamaño error, pedimos que cesase la actuación policial en la misma mañana.

La mayoría independentista consideró, contra toda lógica, que la jornada del 1 de octubre les habilitaba a declarar de forma unilateral la independencia.

La secuela de este cúmulo de despropósitos se pondrá de manifiesto en la celebración del juicio. A los jueces corresponde, pues, en ejercicio de su independencia y con total imparcialidad, establecer si se cometieron o no delitos y, en su caso, qué sanción penal merecen.

García Albiol, en el atril del Parlament durante un pleno
García Albiol, en el atril del Parlament durante un pleno - INÉS BAUCELLS
«Pensaba en todas aquellas personas que no son independentistas, esos catalanes que estaban sufriendo muchísimo por todo lo que estaba sucediendo»
Xavier García Albiol , Expresidente del PP de Cataluña

El mes de septiembre de 2017 marcó, sin duda, un antes y un después en la política y en la sociedad, no solo de Cataluña, sino también en España. Personalmente, como presidente del Grupo parlamentario del Partido Popular, viví aquellas sesiones con la sensación de, efectivamente, estar protagonizando un momento histórico, pero con una enorme preocupación: que algunos partidos nos obligasen a pasar por aquella situación límite estaba convencido que solo provocaría más inestabilidad política y mucha más tensión social de la que ya existía durante aquellas semanas.

Una enorme preocupación también porque la ruptura que algunos planteaban de Cataluña respecto a España no podía, y no puede, más que entristecerme. Había una realidad muy evidente y que algunos se empeñaban en no ver: familias que discutían, amigos que dejaban de hablarse o conflictos entre diferentes grupos. Todos teníamos a nuestro alrededor muchos ejemplos del daño que estaba haciendo el discurso lleno de falacias e irreal de los partidos independentistas. La excelente convivencia que siempre habíamos tenido en Cataluña, cada uno con su manera de ver las cosas y su forma de afrontar el futuro, se había roto de forma abrupta. El tiempo está demostrando que nos va a costar muchos años volver a recuperarla.

Eso sí, tenía el absoluto convencimiento que esa intención de romper España se iba a quedar solo en eso, en un intento de algo que, afortunadamente, ni el Gobierno de España ni las instituciones iban a permitir. Pero, al mismo tiempo, me preocupaba, y confieso que me quitó el sueño durante muchas noches, que toda aquella situación pudiese acabar en un conflicto civil en la calle sin precedente alguno.

Estábamos entrando en una dimensión absolutamente desconocida, nunca antes se había vivido una situación así en toda la época democrática en nuestro país. Y en ese momento te pasan muchas cosas por la cabeza. A parte de las consecuencias políticas y sociales, pensaba en mi familia, si de alguna manera ellos iban a sufrir mi dedicación a la política en un momento tan trascendental.

Pero sobre todo pensaba en todas aquellas personas que no son independentistas, esos catalanes que estaban sufriendo muchísimo por todo lo que estaba sucediendo, la mayoría de veces en silencio, y qué podría pasar si realmente se producía ese conflicto civil. Lo mejor, sin duda, fue la ola de solidaridad del resto de España, me hizo sentirme muy arropado y nos dio la fuerza suficiente para no desfallecer ni en los momentos más complicados. El sentimiento de pertenencia a este gran país se hizo aún mucho más grande y, con ello, el convencimiento de que nunca van a poder con una España que se siente orgullosa de su historia, de sus valores, de todos y cada uno de sus pueblos y de su futuro.