Quim Torra y el vicepresident, Pere Aragones, tras la reunión que mantuvieron en el Palau la semana pasada
Quim Torra y el vicepresident, Pere Aragones, tras la reunión que mantuvieron en el Palau la semana pasada - Inés Baucells
Análisis

«Es el Código Penal, estúpido»

Manipular la libertad irreal del independentista tipo es fácil. Basta un eterno acto propagandístico sin final conocido

MadridActualizado:

La fractura entre los partidos independentistas en Cataluña no responde a criterios de oportunismo estratégico ni a un calculado tacticismo de alta precisión, sino a la metástasis interna derivada de algo tan humano como los agravios personales.

La cárcel ha producido diferencias irreconciliables. El mensaje enviado por el portavoz de ERC en Barcelona al fugado Carles Puigdemont es elocuente: «Deja de pedir lo que tú no estás dispuesto a hacer». Bien pudo escribirle alternativamente «es el Código Penal, estúpido», emulando aquella frase («es la economía, estúpido») empleada en la campaña electoral de Bill Clinton en 1992 para combatir la candidatura de George Bush.

La mecánica es sencilla. Hay siete separatistas huidos para eludir la prisión provisional derivada de una acusación formal de rebelión, y hay una decena preventivamente en la cárcel a la espera de un juicio que puede acarrearles 25 años de condena. Desde un punto de vista puramente humano, personal, la perspectiva es demoledora para ellos y sus familias. Decidieron arrostrar las consecuencias de una ilegalidad palmaria de la que fueron advertidos hasta el hartazgo, política y judicialmente. Por eso hoy Joaquim Torra o Roger Torrent no serán Puigdemont o Carme Forcadell. Mucha palabrería altisonante para mantener alta la moral separatista, pero ni una ilicitud.

«Amagan sin golpear»

Amagan sin golpear. Saben que juegan con su libertad, con la libertad real de la que legítimamente puede privarles el Tribunal Supremo por desobediencia… y no con la estéril libertad ficticia que invocan para una votación ilegal con la que hacer creer a dos millones de catalanes, con sus expectativas emocionales intactas, que realmente Cataluña se convertirá en una república. Manipular la libertad irreal del independentista tipo es fácil. Basta un eterno acto propagandístico, sin final conocido, para asegurar la supervivencia del separatismo como puro negocio político. Perderla, en cambio, son palabras mayores que obligan a un ser humano a replantearse todo en su vida, hasta el punto de abjurar ante el Supremo de su lucha por la secesión.

El Código Penal, la separación real de poderes, es lo que ha cuarteado al independentismo, lo que ha dinamitado la legislatura artificial de Torra, y lo que ha destrozado internamente al PdeCat. Así, parece a punto de emerger una incipiente alianza de futuro entre ERC, En Comú Podem y el PSC –que llegó a incluir el «derecho a decidir» en su programa electoral–, como salida alternativa al bloqueo y a la parálisis psicótica que atenaza al Parlament.

Especular con nuevas elecciones es ya el deporte «nacional» en Cataluña para que a medio plazo un hipotético Gobierno de Pedro Sánchez resucite formalmente la «solución Zapatero»: una reforma estatutaria legitimada por una nueva mayoría, con Puigdemont condenado al ostracismo.

Oriol Junqueras está anulando a Puigdemont y a Torra, consciente de que su prisión preventiva ya es lo de menos. Lo de más es la sentencia penal, su condena asegurada, y la certeza de que al Tribunal Supremo no le va condicionar si ERC o el PdeCat apoyan los presupuestos de Sánchez. «Es el Código Penal, estúpido».