Bolinaga. en el hospital Donostia, antes de quedar en libertad
Bolinaga. en el hospital Donostia, antes de quedar en libertad - ABC
EL HISTORIAL DE BOLINAGA

«Que se muera ese carcelero»

Bolinaga se negó a facilitar el acceso al zulo donde retenía a Ortega Lara, pese a que ya agonizaba por inanición

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-¿Nos puede decir cómo se accede al zulo en el que está el señor Ortega Lara, sabemos que está debajo de esa maquinaria pero desconocemos cómo se abre? ¿Es que no nos lo va a decir aunque el funcionario se muera de hambre...?

-Pues que se muera de hambre ese carcelero.

Esta fue toda la respuesta que Jesús María Uribetxeberria Bolinaga, «Boli», daba a un mando de la Guardia Civil en la tensa madrugada del 1 de julio de 1997. La conversación se producía en el taller «Jalgi C.B», a las afueras de Mondragón, donde Bolinaga y el resto del «comando» habían habilitado un zulo, perfectamente camuflado, a primera y enésima vista. El diálogo tenía lugar en presencia del magistrado de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón y a contrarreloj, porque los investigadores sabían que la vida del funcionario de prisiones se apagaba con celeridad, por inanición. Llevaba días sin comer y sin ingerir líquido.

Bolinaga había negado durante casi tres horas que bajo una maquinaria de más de 3.000 kilos se ocultara un agujero y que en él se encontrara retenido Ortega Lara. De esta forma, el etarra rechazaba dar detalle de cómo funcionaba el sistema de apertura hidráulica, con la esperanza de que, si él y sus compañeros daban con sus huesos en la cárcel, los de su víctima acabaran bajo tierra.

El magistrado estaba a punto de tirar la toalla y asumir el fracaso de la «operación Pulpo». Pero los agentes de la Guardia Civil, no. Había sido más de un año de laboriosa investigación a partir de un papel, con la clave «Bol», hallado en Francia y estaban a punto de acabar con el mayor chantaje lanzado por ETA contra la política penitenciaria.

Uno de los guardias, tras horas de minuciosos registros del local, derribando tabiques y revisando hasta el último rincón, se dio cuenta de que había dos máquinas iguales, pero que su anclaje al suelo era diferente. Varios de ellos procedieron a desatornillar algunos de los anclajes que sujetaban una de las maquinarias al suelo y consiguieron levantarla lo suficiente como para que se apreciara que debajo había un habitáculo.

La rabia del etarra

La rabia mostrada por Bolinaga, el rencor y el odio que le han acompañado hasta sus últimos días, fue proporcional a la alegría mostrada por los guardias civiles. De inmediato se sirvieron de una grúa que había en el taller «Jalgi C.B» para elevar la maquinaria. El camino ya estaba expedito para que el primer miembro de la Unidad Especial de Intervención (UEI) descendiera hasta los infiernos. Allí se encontró a Ortega Lara que agonizaba, enterrado en vida durante 532 días. El funcionario de prisiones, que durante el brutal cautiverio tuvo la tentación de quitarse la vida en varias ocasiones, pensó, aliviado, que por fin los etarras le iban a dar el tiro de gracia. «Matadme de una vez», suplicó. Al identificarse eldesconocido como agente de la Guardia Civil, Ortega Lara rompió a llorar y se fundió en un abrazo con el primero de sus ángeles de la guarda.

El día de la liberación del funcionario de prisiones, el entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, aseguró que Uribetxebarria no había colaborado en ningún momento porque pretendía «dejarle morir de hambre en el habitáculo». Precisamente hoy se cumplen 18 años desde que Ortega Lara fue secuestrado.

Ya detenido, Jesús María Uribetxeberria aún quiso llevar a cabo la última misión para ETA. Cuando era trasladado a Madrid en un vehículo de la Guardia Civil, se abalanzó contra el conductor con la pretensión de provocar un accidente. La pericia del agente evitó la tragedia, aunque varios de ellos resultaron heridos de cierta consideración.