Blesa, cuando los excesos dañan

Miguel Blesa, una vida que empieza y acaba en el mismo lugar

FERNANDO GONZÁLEZ URBANEJA
MADRIDActualizado:

Miguel Blesa de la Parra ha protagonizado una trayectoria profesional y personal razonablemente típica entre gente de su generación y de su grupo social; la de los nacidos en el punto medio del franquismo, al final de la fracasada autarquía, cuando España salía del aislamiento y el racionamiento. Por nacimiento y familia, Blesa no sufrió escaseces materiales; en Linares (Jaén) su familia pertenecía al grupo de los políticos del régimen con buen patrimonio rural (olivos) suficientes para ofrecer a sus hijos dar el salto del campo a la ciudad. Un ascensor social que para unos suponía emigrar para emplearse en la capital, y para los más acomodados poder completar estudios, acceder a la universidad y, luego, a un empleo estable, bien remunerado, en el sector privado o en los cuerpos del Estado.

Un hermano de Blesa opositó con éxito a notario, mientras que él, tras licenciarse en derecho por Granada, preparó para Hacienda, al cuerpo de los viejos inspectores del timbre, luego nominados Inspectores de Hacienda. Una oposición que preparó con dedicación y que completó tras varios intentos, al tiempo que José María Aznar, un joven madrileño de familia acomodada, que antes de aspirar a la política, quiso asegurar el futuro con la adscripción a un cuerpo del estado que otorga empleo fijo para toda la vida con puerta giratoria. Primero vivir, luego filosofar. Asegurar el sueldo y luego, la pasión política. Así lo comenta Aznar en biografías autorizadas.

En ese punto, a principios de los años setenta, cuando Franco y su régimen autoritario agonizan, en paralelo a la ilusión mayoritaria de los españoles por la democracia y el europeísmo (dos pulsiones que sustentaron la Transición), se cruzaron las vidas de Blesa y Aznar decisivamente, especialmente para el primero. No fueron compañeros de pupitre y colegio, como insisten comentarios a vuela pluma, sino colegas de cuerpo, de oposición y primer destino, ambos a Logroño, casados con novias de su entorno, la de Blesa de Linares y la de Aznar también madrileña y opositora al cuerpo técnico del estado. La mujer de Blesa, algo mayor que Ana Botella, no se incorporó a la vida laboral, manteniendo un perfil tradicional de esposa y madre. En este caso de una sola hija, que era rara avis en su generación.

El compañero de pupitre y amigo de la adolescencia era Juan Villalonga, que llegó presidente activista de Telefónica tras varios empleos en consultoría y banca internacional; pero no Blesa. Cuando Aznar alcanzó talla de presidenciable, a primeros de los noventa, para alcanzar la Moncloa en 1996, sus dos amigos más conocidos eran Blesa y Villalonga, cada cual con su profesión, sin militancia política activa. Las tres familias y sus respectivos hijos eran pandilla de amigos, de matrimonios, con veraneos y viajes compartidos.

Los dos amigos conocidos del Presidente Aznar fueron inmediatamente cortejados por ese “establecimiento” que asimila a quienes por distintas razones disfrutan de cercanía al poder político, con capacidad para soplar en el oído del amigo en momentos relajados. No hacía falta que Aznar reclamara cargos o asientos para sus amigos, llegaban sin pedir, no era Aznar el que colocaba, era el resultado de ese “capitalismo de amiguetes” habitual en sociedades autoritarias y democracia inmaduras.

Con la oposición ganada, con destino, casado, Miguel Blesa, obtuvo el primer destino en Logroño, con Aznar, allí compartieron casa antes del traslado a Madrid, al ministerio, donde Blesa ocupa distintos cargos en el área técnica con ministros de UCD y del PSOE. Diez años en Hacienda y una vida social madrileña típica, le sirven para traspasar a finales de los ochenta la puerta giratoria del ministerio al despacho privado, con una cartera de clientes que permitía mejorar los ingresos del sector público. Blesa cierra el ciclo de Linares a Madrid, del ámbito local al nacional.

Por cercanía y confianza de Aznar ayuda en la sede del Partido Popular a su gestión fiscal, con algunas recomendaciones sobre retribuciones de la cúpula poco prudentes que trajeron complicaciones. Además entra en la lista de candidatos para cubrir puestos de lote del gobierno y del partido en empresas públicas y privadas. Forma parte de los que van a sustituir a los designados por los socialistas desde su triunfo en 1982. Por eso entró en el consejo de Caja Madrid hasta alcanzar la presidencia que le abre las puertas de otro mundo, el de la aristocracia del dinero, el lujo ostentado, las fincas, los barcos, los jet, las residencias fuera… mucho más allá de los sueños posibles para un joven de linares con algunos posibles.

Tópico resulta el divorcio, una nueva pareja que podía ser su hija, nuevas relaciones urdidas desde el interés más que de la amistad. En resumen otra vida excesiva, mal asimilada, que confunden al personaje hasta llevarle al extravío. Finalmente vuelta al lugar original tras perder casi todo.