Un trabajador libio, en el complejo petrolífero de Brega en una imagen de 2011
Un trabajador libio, en el complejo petrolífero de Brega en una imagen de 2011 - AP

El caos y el Estado Islámico amenazan con echar el cierre al negocio de Repsol en Libia

La producción lleva tres meses paralizada y ya no hay personal español en un país azotado por la violencia

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Más de veinte años después, la presencia de Repsol en Libia podría tener los días contados. Esta escenario, barajado como posible desde hace tiempo en los círculos rectores de la compañía, empieza a parecer inevitable por el deterioro de la situación en un país sumido en el caos, la violencia y el desgobierno.

Según ha podido saber ABC de fuentes de la compañía, los responsables españoles habitualmente destinados en el proyecto libio fueron informados de que «no vamos a volver de momento y no está nada claro que vayamos a poder hacerlo en el futuro».

Sin Gadafi

Si desde la caída del régimen de Muamar Gadafi en 2011 la viabilidad de la inversión de la multinacional que preside Antonio Brufau quedó envuelta en la incertidumbre, el recrudecimiento de la violencia y, sobre todo, los atentados de las últimas semanas contra intereses occidentales han convertido en insostenible la continuidad de un negocio que en sus mejores tiempos llegó a suponer el 8% de la producción total de crudo de Repsol.

Ahora el pozo de El Sharara, que Repsol explotaba en la cuenca de Murzuk como parte de un consorcio integrado además por la italiana ENI y la austríaca OMV, está inutilizado y de él no sale una gota de crudo desde el pasado mes de noviembre. Desde meses antes las instalaciones están en manos de los empleados de las contratas locales, que bregan como pueden con las variopintas milicias que campan a sus anchas por esa región desértica y que tienen entre sus prioridades asegurarse el control del petróleo.

Las últimas noticias no hacen pensar que los inversores extranjeros que cooperan con la estatal LNOC vayan a poder reanudar sus actividades. El pasado 27 de enero, un grupo de hombres armados irrumpía en el Hotel Corinthia de Trípoli, habitual refugio de los directivos extranjeros y del escaso personal diplomático que todavía queda en el país, y mataba a tiros a diez personas. Una semana después, decenas de milicianos atacaban el campo de Mabruk, operado por la francesa Total en una acción que dejaba un saldo de cuatro muertos. Tras ambas matanzas se adivina la sombra de los yihadistas de Estado Islámico, que, como dejó clara la reciente decapitación de 21 cristianos egipcios, ya es fuerte en Libia.

Fuentes empresariales extranjeras explican que «lo del Corinthia nos hizo darnos cuenta de que los occidentales nos hemos convertido ahora en el objetivo número uno». Una certeza compartida no solo por los agentes económicos, también por los políticos. Esta semana el ministro de Exteriores español, José Manuel García-Margallo y la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, la italiana Federica Mogherini, abrieron la puerta al posible despliegue de una misión militar internacional en el país. Aunque esa se perfila como la única opción para asegurar la seguridad y el correcto funcionamiento de infraestructuras críticas como El Sharara, está llena de riesgos y aún lejos de concretarse. Libia es hoy un avispero de fuerzas irregulares armadas en el que impera la ley del más fuerte y ese paso no sería nada fácil.

Lejos queda 1994, cuando una Repsol en vías de privatización desembarcaba en el estable «reino» de Gadafi. Con el tiempo, la multinacional española llegaría a extraer decenas de miles de barriles diarios y el expresidente Aznar a intercambiar suntuosos obsequios con el dictador libio.