Ramón Campos, en la redacción de ABC - Sara de Francisco / C. Mínguez
SERIES

Ramón Campos: «Hemos maleducado al público con comida rápida y a veces la echa de menos»

El creador de series presenta «El orfebre», novela de amor y aventuras que le ha llevado cinco años y miles de kilómetros

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Hablar con Ramón Campos (Noya, La Coruña, 1975) es asistir a una clase magistral de ficción televisiva. A su conocimiento y a los éxitos acumulados –Fariña no es quizá el mayor, pero sí el más significativo– suma una gran capacidad didáctica y un sentido autocrítico inusual. Planeta ha lanzado esta semana su primera novela, El orfebre, una historia de viajes, aventuras, amor y sueños por realizar en la que se trafica con esclavos y se buscan enormes diamantes.

El fundador de Bambú es un experto contador de historias. Estudió Psicología, pero nada le influyó tanto como las telenovelas que veía con Mari Cruz, la cuidadora contratada por su padres, una maestra y un marino mercante que pasaba en alta mar la mitad del año. Su escuela fueron Falcon Crest, Cristal, Los ricos también lloran… «Cuando analizo nuestras series, que yo llamo “la dignificación de la telenovela”, tienen mucho que ver con aquello», confiesa. «Siempre tuve claro que se podían hacer cosas diferentes».

Ahora se dice que los escritores clásicos harían series, y va usted y se pasa a la novela.

Al escribir guiones, a menudo nos vemos constreñidos por el presupuesto. Por una vez, me apetecía contar una historia con libertad absoluta, sin pensar que no podía meter cuatro caballos o tres barcos.

La libertad se tradujo en cinco años de trabajo y miles de kilómetros recorridos.

En la novela, fue muy fácil ir a Barcelona. Se complicó en Francia y Ámsterdam, pero el problema estuvo en Sudáfrica, porque vi que no tenía ni idea de cómo es ese país. Un día le dije a Tere –Fernández-Valdés, su ventrículo derecho, cofundadora de Bambú– que nos íbamos, y una semana después estábamos volando. Le pedí a la guía que necesitaba ir a todos los sitios a los que va el orfebre. Quería palparlo, saber de qué color es la tierra, comer lo mismo. Fuimos a bares en los que te lavabas las manos en un barreño y la comida era una cosa asquerosa.

Todo para contar una historia universal.

Nos han enseñado a creer en un amor ideal y olvidamos que a menudo lo tenemos al lado.

Lo de rebelarse contra las cartas que nos han tocado seguro que es personal.

Yo nací en un pueblo y recuerdo que alguien me dijo: «No hay guionistas en Noya, búscate un trabajo que haya aquí». Y cuando fui a la universidad, algún familiar le dijo a mi madre: «Está perdiendo el tiempo, sueña con cosas imposibles». Aún así, mis padres me dejaron intentarlo, soy un afortunado. Ahora hay chicos en un pueblo de Soria que quieren ser guionistas y pueden serlo. Eso es una maravilla.

La inspiración de Fariña parece clara, pero, ¿cómo descubre los diamantes?

Encontré en una librería de viejo un manual del diamantista de 1880. Me llamó la atención porque casi valdría hoy. Al mismo tiempo, acababa de fallecer mi padre y su legado me afectaba. Profundicé y poco a poco la historia tiraba de mí.

Incluso sin conocer al autor, es imposible no imaginar la adaptación a la pantalla.

Tal como está narrada, sí, pero haría falta un alto presupuesto para contarla bien.

¿Cuáles son sus influencias literarias?

Mi padre siempre decía que gastar dinero en libros no era gastar. Salíamos a la calle y no nos compraba un juguete, pero si queríamos un libro, siempre volvíamos a casa con uno. Para esta novela, mis grandes referentes fueron Alessandro Baricco (Seda) y Maxence Fermine (Opio, Nieve), por sus historias de viajes al fin del mundo en busca de algo tan sencillo y tan complicado como el amor.

¿El trabajo es el mismo o cambia mucho pasar del guión a la novela?

Es muy distinto. En una serie necesitas transmitir tu imaginación al equipo y con el mío hay muchas cosas que no tengo que explicar. Aquí debía parar y preguntarme: ¿esto se entiende? Por ese lado la novela es más difícil. Luego, yo estructuro mucho las series y la escritura de la novela es más natural. Con el personaje del marqués, por ejemplo, no pensaba dónde tenía que ir ni lo que le iba a pasar. Lo dejé libre, tanto que en un momento no tenía claro si estructuralmente estaba bien. Entonces vacié el salón de mi casa, imprimí la novela y la puse en el suelo. Iba caminando por cada hoja, para repasar los momentos clave y que el texto tuviera musicalidad, que estuviera equilibrado.

Al final no pudo evitar que su cabeza trabajara con imágenes.

Eso es imposible. Le pasa a los narradores actuales. Estamos tan influenciados por lo audiovisual que es imposible escribir igual que hace 50 años, cuando la imagen no era tan poderosa.

¿Nunca intentó escribir una escena imposible de filmar, aunque solo fuera para desmarcarse?

Hay sensaciones. En algún momento buscaba más lo poético, las palabras, como cuando el chico se está ahogando, pero incluso eso, si lo piensas, son imágenes. Me iba a lo visual.

El espectador de televisión está casi obsesionado por los llamados «spoilers», porque nadie les destripe las sorpresas de la trama, pero hay muchos lectores que miran la última página del libro y si no les gusta no compran.

¿De verdad? No me preocupa que averigüen el final porque en este caso no desvela el viaje, que es lo más bonito.

En televisión, alguna vez ha contado que se debe al público y que si cree que algo atraerá a más espectadores, lo hace sin remilgos. ¿A la hora de escribir es más libre o también influye la búsqueda del «best seller»?

Es un debate que he tenido con compañeros que escriben. Empecé con mucha libertad creativa y a medida que llegaba al final, cuando hablaba con Planeta era más consciente de si tenía los elementos suficientes para llegar al gran público. No lo sé, pero creo que lo he conseguido.

¿En este caso la editorial ejerce de productor?

Sí. Es consciente de que hay ciertos elementos en los que no debes ir a contracorriente. Y de alguna manera ejercen el trabajo que yo hago en las series. No lo he sufrido demasiado porque soy muy consciente de cómo funciona el sistema.

¿Cómo regulaba las escenas de amor, que son moderadamente ingenuas, casi para todos los públicos?

Hubo un momento en que mandé la novela a un amigo y me dijo que la había leído también su hija, de trece años, y que le había encantado. Pensé que no necesitaba echar a nadie para que mi historia se vendiera.

Tiene otros detalles de guionista, como ese final abierto a una segunda parte o las escenas de anticipación.

Absolutamente. Con esto último me regañaban muchísimo en Planeta, porque yo acababa los capítulos con «cliffhangers»y aquí no puedes preparar todo el rato al espectador. A mí el cuerpo me lo pedía.

Los misterios del fracaso

Usted suele explicar bien sus fracasos. ¿Por qué no gusta más 45 revoluciones?

Es la primera vez en toda mi carrera que no lo acabo de entender. Tiempos de guerra no considero que fallara, pero sí entendí por qué los datos no eran los deseados. Tenía dos millones y medio de espectadores, que hoy es una cifra considerable. La embajada falló por la narración y porque la historia no era tan interesante. Pero en 45 revoluciones termino los capítulos con una sonrisa en la cara. Me gusta esa gente y me lo paso bien con ellos. Puedo entender que al no tener caras tan conocidas o por una promoción menos fuerte el dato no sea tan bueno, pero cuando veo la curva de audiencia no entiendo por qué la gente se marcha. No sé si hemos hecho algo demasiado de pago.

Ya se adelantó a su época cuando nadie le quiso comprar Narcos hace diez años.

Eso es. Tengo la sensación de que en plataformas va a funcionar mucho mejor. En cuanto termine en Antena 3 se va a ir a Netflix y lo vamos a ver. Lo hablaba con Álex Pina, al que le pasó lo mismo con La casa de papel, y me dijo: «Tío, las segundas vidas existen». En Netflix son optimistas porque tienen una masa de público joven, más cañera. Merlí es otro ejemplo. Son series muy complicadas para el gran público, al que hemos maleducado un poco. Les hemos dado mucho «fast food» y cuando les das algo más complicado, echan de menos la comida rápida.

Ahora tiene pendiente de estreno, antes del verano, Alta mar, Las niñas de Alcásser e Instinto. Sabe que por esta última les van a sacudir, aunque a lo mejor arrasa.

Lo sabemos, pero nunca nos ha importado. Con nuestra primera serie con Bambú, Guante blanco, nos sacudieron. También con Gran reserva, Velvet, Hispania... Estamos ya más que acostumbrados.