Mármol, ónice y cristal son los materiales del pabellón Mies van der Rohe
Mármol, ónice y cristal son los materiales del pabellón Mies van der Rohe - Rafa Vargas
ARQUITECTURA

¿Mies van der qué?

El 2 de junio de 1986 se levantaba por segunda vez en la historia el Pabellón Mies van der Rohe de Barcelona. Se celebran los treinta años de aquella reconstrucción con distintos actos: congresos, espectáculos e intervenciones artísticas

BarcelonaActualizado:

Se mire por dónde se mire –de frente, de perfil, de cerca o a lo lejos– el «Pabellón Mies var der qué» (los taxistas de Barcelona aún no lo localizan, no lo identifican) corta con mucha discreción la línea del horizonte donde se ubica. Es un símbolo indiscutible para la arquitectura del siglo XX y contemporánea, pero aquí muchas personas no lo tienen asimilado en la geografía urbana de una ciudad atestada de turistas y de marcas culturales con «royalties» millonarios. Dalí, Picasso, Miró y Gaudí, el cuarteto de la muerte. El «Pabellón Mies van der qué» es el Pabellón Mies van der Rohe (Aquisgrán,1886-Chicago, 1969), una de las obras primigenias y fundamentales de un arquitecto que dijo aquello de que «yo no quiero ser interesante. Yo quiero ser bueno», mientras se reclinaba sentado en una de las sillas diseño propio (quizá la Barcelona) y se fumaba un buen puro.

¿Cuál es la diferencia entre interesante y bueno? Un simple juego de líneas y planos que cambian el concepto del arte de levantar edificios. Hasta nuestros días. Por mucho que uno pueda citar nombres y progenitores, de Le Corbusier a Alvar Aalto, parece que Van der Rohe preserva una impronta más radical e imposible en sus formas depuradas, a decir de los expertos. Las esencias desnudas de toda esencia.

Puros y «dry martinis»

El pabellón nace de apenas un dibujo y el pabellón apenas hoy es un dibujo que emerge en el recinto donde se celebró la Exposición Universal de Barcelona de 1929. Cuando Van der Rohe recibe el encargo de la República de Weimar de trabajar para esta cita, primero diseña unos «stands» para el recinto general en los que se expondrían las excelencias económicas del país. Luego, llega el encargo de levantar un pabellón nacional que a la clausura de la cita se desmontaría, como manda la tradición de estos eventos de efímera espectacularidad. De hecho, con el paso de los años, y según cuenta una leyenda, a la pregunta de por qué se embarcó en este proyecto con fecha de caducidad, contesta que para tomarse un «Dry Martini» con el Rey Alfonso XIII el día de la inauguración. Hay una foto que atestigua la anécdota, y de ahí puede que proceda la historia añadida. Puros y «dry martinis», este también es Mies van der Rohe.

Los materiales fundamentales que componen este diseño son el acero, la piedra de distintos tipos (ónice, mármol…) y el cristal. También el agua. Una superposición estratégica de planos que parecen livianos e, incluso, invisibles, con la que Var der Rohe sienta las bases, los principios fundacionales de sus posteriores diseños, por ejemplo, en los rascacielos de la ciudad de Chicago, donde se va a vivir años más tarde, en 1938, y donde aplica este modelo elevado hasta el cielo y más allá. Y la Exposición Universal cerró sus puertas y el pabellón se desmontó sin mayor pena ni gloria, porque no se conservan ni recortes de periódico, ni documentos que hablen para bien o para mal de la revolución Mies van der Rohe que se había gestado en la ciudad del exuberante Gaudí.

Como un templo

El Pabellón que hoy se conserva no es el original, sino la copia que se levanta casi idéntica en 1986. Treinta años son los que se cumplen en estos días. Y se celebra el aniversario del «fake», de un falso, que, al cabo, es el sueño de otro arquitecto, Oriol Bohigas, quien no cejó en el empeño, desde sus tiempos de estudiante, hasta que lo consiguió con la autorización expresa del maestro, pese a que este no llegara a verlo levantado de nuevo. En la actualidad, el Pabellón Mies van der Rohe recibe al año cerca de cien mil visitantes, entre ellos, algún arquitecto de renombre que se pasea confundido en el anonimato turístico como si entrara en el templo de una deidad de la arquitectura. Mucho de templo tiene el pabellón en su apariencia recogida, de maqueta. Aunque sus columnas sean de acero, remiten a las de los templos clásicos. Está apenas elevado sobre el terreno y el objetivo de Van der Rohe era que por allí se pasease la gente como si fuera un jardín.

Lo que para unos es el «pabellón Mies van der qué» para otros es el espacio perfecto y mítico en el que celebrar intervenciones artísticas. Aquí han trabajado Ai Weiwei, Muntadas, Andrés Jaque, Jordi Bernadó, Veilhan… Ha recitado Octavio Paz, quizá imbuido por esa máxima Van der Rohe total del «menos es más». «Dios está en los detalles», aseguró también, y aquí parece que no existen los detalles que se diluyen en un ejercicio de simplicidad. Ahí radica el verdadero detalle. Limpieza en el horizonte arquitectónico.