«El buque fantasma», última obra firmada por Arroyo
«El buque fantasma», última obra firmada por Arroyo
ARTE

La luz de la memoria de Eduardo Arroyo

A modo de homenaje póstumo, el Jardín Botánico reúne un nutrido conjunto de la obra de la última etapa de Eduardo Arroyo

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El pasado 14 de octubre, a sus 81 años de edad, fallecía en Madrid Eduardo Arroyo, sin duda, uno de nuestros artistas más relevantes. Se encontraba entonces preparando esta exposición, que ahora se abre a los públicos con un inevitable tono de homenaje póstumo, ciertamente merecido. Desde que se exilió en París en 1958, comenzando de manera casi inmediata su trabajo artístico, Arroyo mantuvo un compromiso intenso y pleno con la creación que ha marcado hasta el final la trayectoria de su vida.

En la muestra se presentan 38 obras: pinturas y esculturas, datadas entre los años 2000 y 2018, lo que constituye una estela luminosa de su última etapa. En ellas podemos apreciar el carácter abierto de su trabajo, con referencias directas a referentes y personajes literarios: Don Juan Tenorio, Doña Inés, Moby Dick, Fausto, Dorian Grey, Fantômas... También musicales: El holandés errante (Richard Wagner), Falstaff (Verdi), Madame Butterfly (Puccini)... A escritores: Miguel de Unamuno o James Joyce. O a cineastas: Orson Welles. Esto es algo que constituye una constante en su trayectoria, en la que se encuentran muchos más nombres y referencias de obras literarias, artísticas, y musicales. En realidad, en línea con el flâneur (paseante) parisino que diseñó Charles Baudelaire, Arroyo siempre fue un paseante con los ojos plenamente abiertos hacia las luces y sombras de la vida, hacia el ritmo de los tiempos.

Eso sí: todo se mezcla. Cortar y pegar: el collage, ha sido una constante del itinerario de Arroyo. En estas obras, este procedimiento alcanza una gran intensidad, tanto en las pinturas como en las esculturas, dispuestas como en un juego de síntesis de fragmentos y partes, como si fueran mosaicos plurales, abiertos a la variación de temas, colores, y materiales.

El mundo se configura como un cruce de humanos (hay uno invisible), y animales: caballos, vacas, peces, murciélagos. Y ahí destella la mirada crítica al casticismo hispano: monjas, frailes, tenorios, caballeros andantes. Como en la pintura de 2017 El retorno de las cruzadas, en la que un picador a caballo se desplaza a través de un interior con un entramado al fondo de mosaicos de paisajes diversos.

En ese ir y venir plástico, destellan continuamente la interrogación y la ironía. La pregunta punzante acerca de lo que vemos cuando miramos: Arroyo introduce en todo momento un distanciamiento que lleva a la reflexión. Algunos planteamientos son centrales, sobre todo el cuestionamiento de la identidad: nada es lo que parece. Y de ahí, todo un repertorio de imágenes en el que el rostro aparece cubierto: con la máscara, el antifaz, o las gafas con cristales opacos. Yo no soy yo, tú no eres tú.

Además de artista plástico, también escritor, Arroyo publicó en 2016 un libro, Bambalinas, en el que plasma un relato de su existencia a través de las máscaras que tuvo que ir adoptando. Pero el artista puntualiza que, si antes las máscaras protegían la libertad, en la actualidad todo el mundo estaría enmascarado, para no dejarse ver, por miedo a la identificación.

El pastiche

Y junto a la máscara y la ironía, el pastiche: la superposición de imágenes que entran en nosotros y se quedan. En el catálogo de su exposición Los bigotes de la Gioconda (2009), Arroyo escribió: «No se nos escapa que las imágenes que hemos visto una sola vez, y de refilón, en cuadros, fotografías, textos, se han quedado depositadas en el fondo de nosotros mismos, y esta especie de herencia visual nos da derecho a manipularlas, copiarlas y utilizarlas sin ningún complejo de culpa porque nos pertenecen simplemente».

Máscara, ironía y pastiche que confluyen en la última pintura de Arroyo, que da título a la muestra: El buque fantasma. En ella, la leyenda wagneriana del holandés errante se sintetiza en una nave, quizás un submarino, entre dos caballitos de mar de color rojo intenso, y en las aguas de lo que sería un mar de máscaras de Fantômas. La significación de esta obra alcanza aún más intensidad porque, a pesar de que se nos dice que fue su última obra, pintada por tanto en 2018, cuando la vemos se lee claramente en el lienzo la inscripción «ARROYO 98». ¿Un error de datación? Según la comisaria, todo empezó por una errata al poner la fecha, pero, de ahí, Arroyo pasó a jugar con el dato: hizo viajar intencionalmente la pintura veinte años hacia atrás.

Ahí estamos: el tiempo, la existencia, la vida, son frágiles, dispersos, cambiantes. Por ello es tan necesario comprender que las imágenes y la luz que transmiten no es algo fijo, ni estable. Van y vienen en el curso de la experiencia, a través de lo que fijamos en el recuerdo. Eduardo Arroyo: la luz de la memoria.