Daniel Clowes se relaja durante su reciente paso por Madrid
Daniel Clowes se relaja durante su reciente paso por Madrid - Ángel de Antonio
CÓMIC

«A lo mejor acabamos dibujando, de nuevo, en las paredes de las cuevas»

Uno de los grandes impulsores de los tebeos independientes en los años 80 y 90, Daniel Clowes, ha estado de «gira» por España para demostrar que sigue en plena forma, que su mirada al mundo actual no ha perdido su punto corrosivo

MadridActualizado:

Acaba de cumplir los 58 años y en 2006 tuvo que ser operado a corazón abierto, pero Daniel Clowes (Chicago, 1961) nunca ha aflojado el ritmo y sigue siendo uno de esos creadores que hace que todo el mundo le preste atención cada vez que publica un nuevo trabajo. O simplemente con hacer acto de presencia, como ha pasado en su visita por Madrid y Barcelona. Su estatus de autor legendario se lo ha ganado a pulso: fue parte –junto a Chris Ware, los hermanos Hernandez, Seth, Julie Doucet o Chester Brown– de la generación que poco a poco llevó los cómics del «underground» a las librerías y dio el paso hacia la novela gráfica. Él lo hizo con títulos como « David Boring» o « Ghost World», adaptada al cine en 2001 con una joven Scarlett Johansson como protagonista. Sus cómics más recientes, como « Paciencia», han virado hacia la ciencia ficción, pero Clowes no deja de aplicar una mirada corrosiva al mundo actual.

–Ha vivido el auge del cómic independiente y el actual «boom» del género. ¿Cree que los cómics son mejores ahora que hace treinta años?

–No estoy seguro. Si miras la historia de los cómics siempre hay aproximadamente la misma cantidad de personas haciendo cosas realmente interesantes. Y si miras a la historia del cine, o de la literatura, siempre da esa misma impresión. Creo que la cantidad de gente que esté trabajando no parece que produzca un crecimiento exponencial del número de grandes obras.

–¿Se considera parte de una generación de autores, o va por su cuenta?

–Siento ambas cosas, en cierta medida. Trabajando solo, como hago yo, siento que estoy creando mi propio pequeño mundo. Pero, ciertamente, sentí una gran camaradería cuando empecé en los cómics, en la segunda mitad de los años 80, con un grupo de personas que no nos conocíamos entre nosotros, que vivíamos en partes distintas del mundo y a los que, sin embargo, nos inspiraban las mismas cosas. Cada uno tiene un estilo completamente distintivo y aún así sentíamos una gran cercanía entre nosotros, frente a todo lo demás que se estaba haciendo en ese momento. Tengo una sensación de hermandad con cualquier autor de esa generación, siento que estamos peleando juntos por nuestra obra.

–Uno de los grandes cambios en estas décadas ha sido el paso de las revistas y las antologías autopublicadas –como su «Eightball»– al dominio del formato libro. ¿Echa de menos otros formatos?

–En su momento disfrutaba mucho de esos formatos y me parecían muy vitales, porque tenían que aparecer con una frecuencia muy alta. Sentías que la gente estaba esperando por ellos. Había gente que se cabreaba muchísimo conmigo si me llevaba un mes de más sacar un número de « Eightball». Y a medida que me he hecho mayor he dejado de sentir la urgencia de tener siempre algo nuevo, tenía la sensación de que podía esperar tres o cuatro años y no me molestaba que nadie estuviese viendo cosas mías. Me estaba pasando a la novela gráfica y empezó a interesarme hacer cosas que fuesen densas y centrarme en ellas durante periodos de tiempo largos. Y ahora intento de vez en cuando escribir algo breve, me encantaría hacer una historia de cuatro o cinco páginas para alguna revista, y no soy capaz: se me va de cuatro, a diez, a veinte páginas.

«No quiero que la gente que lee mis cómics se pare a mirar un dibujo. Quiero que se sientan como si estuviesen en otro mundo»

–Por cierto, nunca le ha entusiasmado el término «novela gráfica», ¿verdad?

–Cuando se propuso por primera vez ese término parecía un truco de «marketing». La gente decía que no quería leer cómics y les contaban: «oh, no es un cómic, es una novela gráfica». Así que lo compraban y cuando llegaban a casa decían: «¡pero si no es más que un cómic!». Así que siempre he pensado que es mejor rebajar las expectativas, decir que no es más que un cómic, para que la gente no se lleve un chasco y les parezca que, para ser un cómic, está bastante bien. Así que durante años me negué a llamarlos «novelas gráficas». Pero se ha vuelto tan común que ya llega el punto en que me da igual. Ya ni me entero, a veces me oigo decir que hago novelas gráficas y pienso: «espera, ¿desde cuándo?».

–En sus cómics, retrata unos Estados Unidos llenos de gente perdida, deprimida y decepcionada. ¿Nunca le ha parecido que da una visión demasiado optimista de la realidad?

–[Se ríe] Creo que ya hay muchas miradas optimistas de Estados Unidos y de la naturaleza humana y no necesitamos otra más. Así que tengo ese otro territorio para mí.

–Y ahora, en la era de Trump…

–Se ha demostrado que yo tenía razón.

–Quizá hasta se quedó corto.

–Sí, es como si mi visión de las cosas hubiera llegado hasta un cierto punto y Trump ha ido mucho más allá. Así que sí, ahora quizá resulto optimista.

–¿Siente una conexión personal con la actual cultura popular estadounidense?

–No mucho. Siento que en mi juventud, hasta comienzos de los años 90, había una cultura de masas muy unificada: todos conocíamos la misma música, las mismas películas, los mismos libros. Y cuando todo el mundo empezó a tener ordenadores, pudieron tirar cada uno hacia sus propios intereses. A mi padre no le interesaba el rock, pero hubiera conocido una canción de Neil Diamond; y ahora, si alguien me pidiera que nombrase una canción de Beyoncé, no sé si podría. Quizá sí, pero puedo pasar de todo eso. Así que da la sensación de que no hay una cultura estándar, es todo algo disperso, difícil de situar. Lo cual, en sí mismo, es la cultura actual.

–¿Qué le ha llevado a introducir elementos de ciencia ficción en sus últimas obras, como «El rayo mortal» o «Paciencia»?

–Siempre me han gustado ese tipo de historias, pero no me convencía cómo estaban hechas. Lo que más me atraía de la ciencia ficción eran las portadas de los libros, o los carteles de las películas, pero lo que mostraban daba a entender mundos muy interesantes y al leer las historias veía que no era lo que yo quería que fuesen. Así que lo que estoy haciendo es tratar de alcanzar lo que yo quería sacar de esas imágenes.

«Lo único que me hace ilusión de esta época es el arte que surgirá cuando intentemos superarla. Habrá un nuevo Mark Twain»

–¿Cree que se ha infravalorado el aspecto gráfico de sus cómics, en comparación con sus guiones?

–Depende. A algunas personas sólo les gustan los dibujos. Y otras personas ni siquiera los ven, leen un cómic y no los procesan. Pero yo no quiero que la gente esté leyendo mis cómics y se paren a mirar un dibujo. Quiero que se sientan como si estuviesen en otro mundo, caminando por ese mundo, que conozcan a los personajes y puedan oír sus voces. Eso está por encima de intentar que los dibujos llamen la atención.

–Al mismo tiempo, creo que su estilo de dibujo ha tenido influencia en la siguiente generación de autores; pienso, por ejemplo, en «Sabrina», de Nick Drnaso. ¿Cree que abrió usted camino?

–Creo que puedo ver mi influencia muchas veces en formas de las que la persona en la que he influido, probablemente, ni sea consciente. Veo cosas que sé que no existían antes de que yo las hiciese y que ahora se han convertido en parte de la cultura de los cómics. Y hay algo estupendo en eso. Cualquier artista en la historia del cómic cuyo trabajo ha sido conocido influye en algo. Por supuesto, no soporto cuando alguien roba un dibujo, o lo calca. Pero cuando veo cosas que siguen mi estilo, esas son las que quiero leer, porque son las que tienen una sensibilidad similar a la mía.

–¿Suele leer cómics? ¿Qué autores actuales le interesan?

–Sí, suelo leer. Hay mucha gente que me recomienda cosas. Mi favorito de lo que he leído recientemente es Olivier Schrauwen. A veces uno piensa que nunca va a haber autores nuevos que le gusten tanto como los de siempre, pero luego cada uno o dos años surge alguien, como Olivier. O como Emil Ferris con « Lo que más me gusta son los monstruos», que fue una cosa que apareció casi de la nada. Una autora de mi edad. Que haya existido toda mi vida y no supiésemos de ella es algo que parece imposible. Es como encontrar un disco antiguo, que no sabías que existía, y darte cuenta de que es algo mejor que los Beatles. Los milagros existen. Emil es un milagro.

–¿Sobre qué prefiere escribir hoy en día: sobre el pasado, el presente o el futuro?

–Estoy trabajando en una historia larga de la que aún no estoy preparado para hablar, pero que transcurre a lo largo de toda la época que he vivido. Tengo la sensación de que no sé cómo afrontar el presente. Me gustaría escribir sobre lo que está sucediendo y me doy cuenta de que no puedo, no soy capaz de procesarlo, necesito dar un paso atrás. Me da la sensación de que dentro de diez años podré –si aún puedo sostener un lápiz– procesarlo. Lo único de esta era de Trump que me hace ilusión es el arte que surgirá más adelante, cuando intentemos superarla. Habrá un nuevo Mark Twain que sea capaz de ponerla por escrito.

–Si es que seguimos vivos.

–Si es que seguimos vivos. A lo mejor acabamos dibujando en las paredes de las cuevas.

–Fue usted uno de los primeros autores de cómic independientes que intentó llevar su obra al cine. ¿Cree que ese camino sigue abierto?

–Ahora todo el mundo tiene agentes y está intentando vender los derechos de su obra a la televisión… y yo he perdido totalmente el interés en ello. La gente me llama preguntándome si puedo echarle un vistazo a su contrato con una productora de cine, y cosas así, y estoy un poco harto, de todo eso, de los abogados y demás. Con los cómics no tienes que preocuparte de esos temas.