Eduardo Martínez de Pisón (Valladolid, 1937)
Eduardo Martínez de Pisón (Valladolid, 1937) - Guillermo Navarro
LIBROS

Martínez de Pisón, espeleólogo literario

En «Viajes al centro de la Tierra», el geógrafo desborda los límites de su materia para adentrarse en los sótanos del mundo

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Hombre de saber enciclopédico por sus infinitas lecturas y experiencias, Eduardo Martínez de Pisón siempre quiso desbordar los límites de su materia, la geografía física, para adentrarse en la geografía literaria, en los territorios de la imaginación. Los dos grandes argumentos de su vida, la naturaleza (en particular la montaña) y la cultura (en lo novelesco y artístico) están íntimamente ligados. A esta fusión ha dedicado gran parte de su obra, sobre todo sus tres últimos ensayos, La Tierra de Jules Verne, La montaña y el arte y este que nos ocupa, Viajes al centro de la Tierra (todos publicados en Fórcola). El propio autor reconoce que el último volumen complementa los dos anteriores para formar una trilogía.

Esta exploración de las profundidades del planeta se ciñe a la buena literatura, con toque científico e inventiva geográfica, y descarta teorías extravagantes más propias de revistas o programas late night de misterio. El título rinde tributo, por supuesto, a su novela favorita de Verne, Viaje al centro de la Tierra, para Martínez de Pisón el viaje por excelencia, aunque las referencias literarias no se quedan ahí y son abundantísimas, desde Homero a George Sand, pasando por Virgilio, Dante, Mark Twain, Lovecraft o Edgar Allan Poe.

Puertas al infierno

El autor menciona cuevas inolvidables, como la de Alí Babá y los cuarenta ladrones, o la de Montesinos, escenario de una gran aventura y encantamiento de don Quijote, o la de Luis Candelas, donde el bandolero madrileño se ocultaba con su cuadrilla para preparar los golpes, o la de Las aventuras de Tom Sawyer, una cámara frigorífica de la que «se decía que podía uno vagar días y noches por la intrincada red de grietas y fisuras sin llegar nunca al término...». También volcanes, comunicadores por excelencia de la superficie y de las entrañas terráqueas, puertas que franqueó Eneas rumbo al Averno y retomaron Diego de Torres Villarroel -que imaginó que se podría acceder al interior de la Tierra por la Cueva de Salamanca, donde el Diablo impartía su magisterio, y salir por la boca del Etna- y, por supuesto, Julio Verne, que también marcó una ruta de cráter en cráter e introdujo al profesor Lidenbrock y sus acompañantes por el Snæfells, en Islandia, y les buscó la escapatoria por el Estrómboli, en Italia. A este viaje verniano dedica Martínez de Pisón uno de sus capítulos más extensos.

El relato cargado de erudición, de menciones a geógrafos, astrónomos, físicos, matemáticos, cartógrafos, escritores y artistas, está salpicado de alusiones a la cultura popular, a los libros de nuestra infancia, a leyendas tradicionales, incluso a películas. Salta con naturalidad de Athanasius Kircher -autor del Mundus Subterraneus que ilustra la portada, un dibujo de las tripas de la Tierra con un gran fuego central, llameante, con ríos y mares subterráneos, con salidas y entradas a través de volcanes y cuevas- a George Sand, la escritora romántica de los cuentos de piedras animadas, de paisajes minerales, pirineísta como el propio Pisón. El autor, al final, nos pone deberes: desentrañar las parábolas que se esconden en los viajes que se internan en los sótanos del mundo. Allí donde «en las tinieblas y los miedos, brotan maravillas».