Eduardo Martínez de Pisón en el jardín de su casa
Eduardo Martínez de Pisón en el jardín de su casa - GUILLERMO NAVARRO
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Eduardo Martínez de Pisón: «Los parques nacionales fueron una creación cultural y patriótica»

En el centenario de los primeros parques nacionales españoles, Covadonga y Ordesa, el geógrafo y pensador Eduardo Martínez de Pisón nos habla del papel de escritores y artistas en la protección de esos templos naturales

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Dentro, una esfera armilar, estanterías preñadas de libros y mapas, un antiguo buró con cajones secretos y un cuadro de Siete Picos, en la sierra de Guadarrama, pintado por el italiano Alessandro Taiana. Fuera, un jardín que crece al albur gracias a las semillas que traen los pájaros, una pequeña selva armoniosa en su desorden. Eduardo Martínez de Pisón, el paisanaje, encaja a la perfección en el paisaje interior y exterior de su casa, situada en un pueblo cercano a Madrid. El geógrafo, escritor y montañero, el hombre sabio que conserva un discurso didáctico y paciente labrado tras muchos años de docencia en la universidad, es una de las voces más autorizadas para hablarnos del centenario de los dos primeros parques nacionales españoles, el de los Picos de Europa (declarado el 22 de julio de 1918 por Alfonso XIII bajo el nombre de Parque Nacional de la Montaña de Covadonga) y el de Ordesa y Monte Perdido (16 de agosto de 1918).

El nacimiento de estos espacios protegidos coincide en el tiempo con la ley de 1916 que creó el sistema de parques nacionales de Estados Unidos. Detrás de esos hitos conservacionistas encontramos a John Muir o Thoreau en el caso americano, o Pedro Pidal, Ramond de Carbonnières y Lucien Briet en España. Filósofos y escritores además exploradores y naturalistas. Gente con un poso intelectual. ¿Es la protección de la naturaleza una creación cultural?

Sí, claramente. Azorín decía que Castilla es un producto literario, cultural, y en mi opinión puede decirse lo mismo de la naturaleza. En realidad, esto empieza con Rousseau en la Europa del siglo XVIII y con los primeros viajes de la aristocracia culta a los Alpes en busca de una naturaleza espléndida y una sociedad ingenua, no contaminada por los vicios de la llanura. Luego el sentimiento estalló con el Romanticismo, con autores como Senancour y su libro Obermann que tanto entusiasmaba a Unamuno. El hecho de que nuestros primeros parques nacionales sean de montaña tiene varias lecturas. Para empezar, Pedro Pidal, además de político, jurista y escritor, era alpinista (fue el primero en escalar el Naranjo de Bulnes, en compañía de Gregorio Pérez el Cainejo). Y la montaña era un lugar marginal que se podía quitar del mercado más fácilmente. Aunque hay, insisto, una trastienda cultural: la idea de que no solo hay que especular, sino acudir al terreno y crear relaciones afectivas.

«No hay nada tan americano», presumió Obama en el discurso en que recordó el centenario del sistema de parques nacionales estadounidense. «La idea que hay tras los parques es que el país pertenece al pueblo». ¿Esta idea es extrapolable a España?

Los parques de Estados Unidos corresponden a un tiempo y un espacio que no son los europeos. Se adelantan varias décadas -el primero de ellos, Yellowstone, fue creado en 1872; Yosemite, en 1890- y representan el espacio salvaje americano. Pidal viajó con su hijo a Estados Unidos para estudiar el modelo y aplicarlo en España. Aquí no había reductos intocados después de milenios de humanización, así que se buscó dos lugares marginales que tenían fuerza por su carácter agreste, Covadonga y Ordesa. En la denominación de parque nacional, la palabra «nacional» es más importante que «parque». Un parque es un lugar salvado, perdonado. Pero lo de nacional no se dice a humo de pajas. Pidal era un patriota. Esa idea la tenían la generación del 98 y la Institución Libre de Enseñanza. Pidal pensó que existía una nación, eso era indiscutible, pero el concepto también aludía a nacionalizar, es decir, a crear un espacio que pertenece a todos los españoles. Por eso estos parques fueron asimismo una creación patriótica. Si yo estoy en Ordesa estoy en mi casa. Estoy en España. Y si estoy en Aigüestortes, en Lérida, lo mismo. Si estoy con catalanes estoy con españoles. Lo otro es un artificio.

«Si yo estoy en Ordesa estoy en mi casa. Estoy en España. Y si estoy en Aigüestortes, en Lérida, lo mismo»

Los trascendentalistas americanos del siglo XIX entablaron un diálogo espiritual con la naturaleza. Muir habla de «templo» cuando se refiere a Yosemite. ¿Hemos perdido en el siglo XXI esa forma de vivir la naturaleza?

No solo los americanos, hay una cultura europea de la naturaleza. Briet o Pidal estaban en la misma línea. Posteriormente ha habido altibajos. Ha crecido mucho la experiencia de la montaña a través de los clubes, las revistas y los libros divulgativos, pero después ese sentimiento ha derivado en un exceso de biologismo y, por parte de los montañeros, de deportivismo, ese afán por subir más cumbres y más deprisa que nadie. La moda de las ascensiones exprés es acultural porque contempla la montaña como una pista rugosa donde correr. La montaña es un paisaje con idealismo y nobleza. Cuando Mallory fue al Everest llevaba cartógrafos y naturalistas. Aquellas expediciones desprendían ciencia y cultura. Cuando notas que eso ha cambiado hay que remediarlo y arrimar el hombro entre todos.

La nostalgia de la naturaleza agita el mercado editorial, con revisitación a clásicos y publicación de nuevos títulos. Hay editoriales que viven de ese caladero. Al mismo tiempo, ese territorio mítico se vuelve un mapa vacío. Damos la espalda a ese mundo idílico.

Si hablamos de España la literatura ya no es paisajista, salvo quizás en el caso de Julio Llamazares. Desde Delibes se ha dado un paso atrás. Ha crecido el ambiente montañero, pero como dije está más centrado en hazañas deportivas, no creo que lea en exceso ni vaya a exposiciones. El mundo se ha urbanizado y se ha sometido a redes de carácter socioeconómico muy fuertes. La democratización cartográfica de Google Earth ha contribuido a esto. Mientras tanto, hay valles en el Pirineo que se han despoblado convirtiéndose en espacios protonaturales. En Castilla los campos de cereal están siendo colonizados por abedules. La tecnología se ha apoderado del alma de las personas, que no solo están atentas a las pantallas de sus tabletas y móviles sino que no hacen caso al resto de las cosas y piensan que el mundo es virtual. Lo que gusta, lo que está de moda, el famoseo, es como una nube de abejorros, efímera, coyuntural, accesoria. Entristece comprobar cómo la sociedad se aleja de la realidad geográfica y de la naturaleza.

Para visitar algunos hayedos en otoño hay que reservar plaza con meses de antelación. Nos hemos visto obligados a regular el uso público de los paraísos. Uno siente envidia cuando lee la descripción de las soledades que disfrutaban aquellos pioneros defensores de la naturaleza.

Las cosas corren solas, el mundo de hoy se apodera de todos los terrenos y es necesario acudir a la reglamentación. El hecho de que todo esté más cerca, de que haya más información, acaba con el espíritu salvaje. Y luego está el turismo, que es insaciable. Los autobuses llegan hasta el desfiladero del Cares, donde hace años había cuatro gatos. El efecto renombre genera demanda. Ordesa, en verano, es como Benidorm. Para explorar el campo surgen los quads o las bicis con motor, todos los días hay un invasor nuevo, estamos rodeados de marcianitos. Enjaulados por un mundo urbanizado. ¿Y qué haces, cuidas Ordesa de forma exquisita y un paso más allá construyes rascacielos? Aunque sea poco romántico no queda otra que ordenar el territorio.