libros

Andrés Trapiello: «La verdad cristaliza muy despacio»

Andrés Trapiello regresa a la Guerra Civil en su última novela, «Ayer no más» (Destino). Un territorio por el que ya transitó en «Las armas y las letras». La herida sigue abierta

Actualizado:

Quedé con Andrés Trapiello en su casa de Marid a las once y media y salí a las dos y media. Tres horas de conversación de las que ahora ustedes leerán una pequeña parte, muy pequeña, pero intensa y concentrada. Creo que es de justicia aclarar este dato, como si fuera una nota de diario o de dietario, de esos que tanto le gustan. De hecho, ya va por el decimoséptimo tomo de sus dietarios, de su Salón de pasos perdidos. Pienso que tal vez cuente detalles de esta conversación en sus próximas notas, dado lo minucioso de su carácter, de su escritura. La grabación se interrumpe varias veces para hacerle fotos y en estos paréntesis él me invita a «cotillear» entre sus libros, que no entre sus cosas. Pero a mí se me van los ojos a ese cuaderno de letra minúscula, en rigurosa línea recta, donde escribe y cuenta el día a día, el minuto a minuto, el segundo a segundo. Imposible leer o distinguir algo como no sea cogiendo el cuaderno entre mis manos, y eso me parece excesivo. Generosamente, me deja ojear algunas de las primeras ediciones que integran su biblioteca más personal, la que hace de antesala de su cuarto y arropa su mesa de trabajo. Baroja, Valle-Inclán, Galdós... son autores de cabecera y van a dar, directamente, como los ríos, a la novela que nos ocupa.

En «Ayer no más» regresa a la Guerra Civil. ¿Por qué?

Las guerras duran lo que tardan en cerrarse las heridas que abrieron, y es obvio que en España aún hay miles de personas directamente afectadas por ese dolor y muchas más interesadas en saber qué ocurrió, que se preguntan, como en el poema de Kipling, «¿Por qué hemos matado tan estúpidamente?», y que se responden: «Nuestros padres mintieron, eso es todo». Es decir, mucha gente que quiere saber también, como uno de los personajes de la novela, por qué nos han mentido y por qué mentimos.

¿Y si le digo que me encuentro entre aquellos que sienten un cierto hartazgo de la Guerra Civil y de verla como un asunto omnipresente en la literatura, en el cine, hasta en nuestra vida cotidiana?

«Nos habría ayudado leer una novela de Galdós sobre la Guerra Civil»

Comprendo ese cansancio; yo mismo, ante un libro nuevo sobre la Guerra Civil, me digo: «¿No hay otros asuntos?». En 2006 alguien reconoce a otro en una calle de León y lo acusa de haber asesinado a su padre en los primeros días de la guerra delante de él, que era un niño. Testigo de esa escena insólita es el hijo del victimario, un profesor, miembro de una agrupación de la memoria histórica. ¿Se puede dar la espalda a un hecho como ese? La novela es, pues, el conflicto de un hijo que se debate entre delatar o no a su padre y en conocer si la víctima dice toda la verdad o no. No es propiamente «otra» novela «sobre» la guerra, sino sobre la memoria y la verdad y las relaciones entre un padre y un hijo. La guerra es solo un telón de fondo.

Entiendo que la Guerra Civil es una brecha imposible de cerrar para los españoles.

Sin la menor duda, pero llegará un día en que esa guerra ya no duela, como no nos duelen ya las otras guerras civiles o la expulsión de los judíos y moriscos. El tiempo, decimos, todo lo cura. Pero el tiempo solo es insuficiente, y por eso tratamos de acelerar la «curación» mediante pactos. No se puede vivir eternamente agraviado. Es imposible una paz sin olvidar, pero también sabemos que no es posible la justicia sin recordar. Es una ecuación compleja, mientras haya quienes quieran seguir recordando porque creen que no se les ha hecho justicia, y otros que piensen que «es preferible la injusticia al desorden», por decirlo con la célebre frase de Goethe. Yo no tengo la respuesta a ese dilema. Es algo que se va viendo en cada momento. En 1975 los demócratas españoles decidieron que era más importante construir la democracia que abrir las fosas, y gracias a aquel pacto empezaron a abrirse en 2004 de modo menos traumático de lo que hubiera sido posible entonces.

Pero han pasado más de setenta años. ¿No es tiempo suficiente?

La verdad cristaliza muy despacio, porque la memoria a menudo hace trampas idealizando o poetizando la Historia, y desmontar eso lleva su tiempo. Pero no hay otro camino que conocer la verdad para hacer justicia, el camino más corto para la paz. Quizá hemos tardado tanto porque hemos recordado mal, cada cual ha recordado lo que ha querido, lo que más le convenía para su propia victimación o para la ESTIGMATIZACIÓN del contrario. Y ha sucedido así en los dos bandos, aunque no de manera simétrica.

¿Todo este tiempo ha sido tiempo perdido? ¿O como dice Hannah Arendt, a quien cita en la novela, «el olvido no existe»?

«Las guerras duran lo que tardan en cerrarse las heridas que abrieron»

En efecto, ella dice que mientras haya un testigo, no es posible el olvido. Pero al mismo tiempo sin olvido no es posible la vida, nos recuerda Nietzsche. Sin la menor duda, a los nietos les resulta menos doloroso recordar la guerra que a sus abuelos, que la hicieron. En eso interviene el tiempo. Pero hay cosas que tal vez siguen estando en nuestras manos y no hacemos, que retrasan una reconciliación. Hemos de buscar esos acuerdos «mínimos», imprescindibles, entre todos. Reconocer que la sublevación de julio del 36 contra la República fue un golpe de Estado ilegítimo. Este es un «mínimo». Otro: que los principios de la Ilustración estaban representados en la República y que la sublevación persiguió suprimirlos. Otro: que no todos los republicanos defendieron esos principios ilustrados y democráticos, ni mucho menos, ni todos los que se alistaron con los sublevados dejaron de ser demócratas e ilustrados, si ya lo eran. Que no había dos bandos de buenos netos y malos netos.

En las primeras páginas de la novela, escribe que «el historiador es un espectador que sabe que el mundo no es ningún teatro y ha de mirar a la distancia justa». De hecho, el protagonista es un historiador…

…que ha de renunciar a hacer Historia en ese asunto particular que le concierne. La Historia se ocupa sobre todo de hechos generales, universales, en los que no tienen cabida la subjetividad ni los conflictos morales como los que se despiertan en él al conocer la actuación de su padre en la guerra. Trata de buscar un sentido a esto. En la Historia no encuentra ese sentido, porque la Historia no lo tiene, como no lo tiene la vida, pero sí la novela.

En cuanto a la Guerra Civil, ¿cómo separa un historiador lo objetivo de lo subjetivo?

En el caso del protagonista es claro: su implicación emocional y moral le impiden ser juez y parte, y por esto recurre a la novela, buscando en ella una respuesta que la Historia no puede darle.

¿La comprensión final de ese acontecimiento no es posible si no hay una reconstrucción histórica y una reconstrucción literaria paralela?

«Chaves Nogales es uno de los que mejor cuentan la Guerra Civil»

Uno de los graves problemas que ha tenido el siglo XX, el de los totalitarismos, ha sido la justificación del Mal en aras de un Bien último, que recibió en unos casos el nombre de comunismo y, en otros, nazismo o fascismo. En 1936, la idea es de Bolloten, suceden en España al mismo tiempo, por primera vez en la Historia, dos revoluciones de signo contrario. La justificación de cada una de ellas se basó en ese Bien último para el que no había límite de víctimas. Y así fue como cada bando justificó sus matanzas. La Historia en modo alguno puede justificar el terror y encontrar para él un sentido. Se debería limitar a exponer los hechos, pero hemos visto a menudo cómo ciertos historiadores los escamoteaban, si contravenían el sentido que querían darle a la Historia, a su versión de ella.

¿Y la novela?

Los novelistas necesitan de la Historia y del trabajo de los historiadores, pero su cometido es otro. La Historia, como la vida, es una sucesión sin sentido de hechos. El escritor de ficción, por el contrario, trata de buscárselo desde su propia incertidumbre, porque en la ficción las acciones y los sucesos se exponen trabados, y esto tiene un efecto balsámico que puede ayudar a comprender los dramas de los personajes y nos aproxima a ellos. En cuanto a mí, como novelista, me he limitado a esperar en un rincón como uno de aquellos memorialistas de portal y escuchar y poner por escrito las historias de los personajes de la novela, asistir a sus traiciones y mentiras, y dárselas al lector.

¿Se complementan o legitiman mutuamente el novelista y el historiador?

A veces ocurre así. El historiador proporciona al novelista los hechos, y el novelista puede captar el pulso y el sentir de una sociedad en un momento histórico determinado. En todo caso yo no me encuentro ahora cómodo hablando de mí ni como historiador ni como novelista. Al contrario, el escritor, hablando, suele empeorar lo que ha escrito. Y si lo mejora, mal asunto también.

Usted ha contado que Chaves Nogales es la la figura, el escritor que le «ilumina» para comprender la Guerra Civil.

«En una guerra civil, la muerte que causas te la causas a ti mismo»

Mi descubrimiento del Chaves Nogales de la guerra fue casual. Tenía y había leído todo lo demás suyo, pero no ese libro, inencontrable en España. Acababa de escribir Las armas y las letras. Lo había escrito en un rapto de tres meses. Temí que me hubiese dejado fuera cosas importantes, así que viajé a Sevilla a ver a Abelardo Linares, que tiene, como se sabe, una biblioteca extraordinaria. Esa misma tarde volvía con treinta o cuarenta libros raros. El primero que leí en el tren fue A sangre y fuego. Era distinto a todo lo que había leído sobre la guerra. La libertad con la que Chaves hablaba y que lo hiciese en 1937 eran algo extraordinario. Luego la gente compuso más la figura. Pero aquel libro estaba publicado en 1937 y nadie lo había leído, nadie lo recordaba. ¿No resultaba extraño? Era la primera vez que un demócrata, que había muerto en el exilio, denunciaba la rebelión y sus crímenes y los desmanes de los revolucionarios. Comprendí entonces que Chaves había sido una más de las víctimas de los unos y de los otros, de los hunos y de los hotros, por decirlo como Unamuno, otra víctima también. Chaves, sí, fue una revelación.

¿Es el que verdaderamente cuenta lo que estaba pasando?

Desde luego es uno de los que mejor lo cuentan. Se ha dicho que la primera víctima en una guerra es la verdad. Chaves pudo estar cerca de la verdad, porque no se doblegó ni ante sus patrones ni ante los gobernantes. El precio que pagó fue alto: un exilio sin retorno. Hubo algunos otros, pocos, como él, con libros extraordinarios: Clara Campoamor, Morla Lynch, en cierto modo Baroja o don José Castillejo, cuya obra Democracias destronadas, libro tan extraordinario como el de Chaves, se escribió en 1944 y solo se ha podido publicar en 2008.

¿Y por qué hemos llegado tan tarde a estos personajes?

No es fácil responder a eso. En el caso de Chaves y Campoamor sus libros llevaban publicados setenta años. ¿Entonces? La visión que daban de España, la denuncia de los atropellos que se habían desatado en todas partes, irritó por igual a los jerarcas de uno y otro bando, sin duda, y fueron condenados por ello al silencio y al olvido. Ellos fueron la prueba de que se pudo ser buen español sin justificar los crímenes y la violencia de ninguno de aquellos dos bandos, de aquellas dos Españas. Y si se les hubiera dado la oportunidad de escoger un bando diferente, el bando de los sin bando, habría habido otros muchos que lo hubiesen hecho, sin duda. Ese es paradójicamente el bando mayoritario hoy, me parece.

¿La Historia y la memoria has sido ingratas por sepultar a esos personajes y a sus obras?

No es solo ingratitud. Junto a la ignorancia de muchos hay algo de maldad consciente, como una represalia, en quienes acaso podían haberlos reivindicado. ¿Pero cómo iban a hacerlo, si era a ellos a quienes primero se denunciaba?

¿José Pestaña, el protagonista de la novela, puede ser un álter ego de Chaves Nogales? ¿Se inspira en él?

«La Guerra Civil se ha prestado a la propaganda o al esperpento»

Y en otros. Está hecho con lo mejor de muchos. Lo importante no es quién es el modelo de José Pestaña, sino que Pestaña pudiera ser un referente para el lector, que los lectores pudieran sentirse identificados con él, con los valores que representa con su talante conciliador. No es equidistante. En la Guerra Civil no es posible la equidistancia desde el momento en que se parte de un golpe de Estado ilegítimo. Pero sí se puede tratar de ser ecuánime a la hora de juzgar las causas por las que se llegó a aquel punto. Cuanto más se conoce, más compleja se vuelve la Historia, y cuanto más compleja, más necesidad tenemos de un espíritu cervantino. Sería bueno que fuese así, porque estaríamos ante un lector o lectora a los que no les daría miedo conocer una verdad de los hechos, diferente de la suya, y no necesariamente contraria a ella, sino complementaria. Porque la verdad la hacemos entre todos. En esta novela, desde luego: entre el autor, los personajes y el lector. Es solo la propuesta de un debate.

¿Tanto cuesta contar las cosas desde el sentido común?

No es fácil porque nos resistimos a abandonar nuestras versiones interesadas de los hechos. Que los sublevados ganaron la guerra militar desde el primer día es cosa indudable, y que la República ganó la guerra de la propaganda desde el comienzo, también. Durante setenta años, y aún hoy, circuló esta idea: se creyó, por ejemplo, que los grandes escritores e intelectuales estaban «todos» del lado republicano: Lorca, Machado, Juan Ramón, Cernuda, Miguel Hernández… De acuerdo. ¿Pero qué hacemos con Ortega, Baroja, Azorín, Gómez de la Serna, por no citar a Unamuno. ¿Son menos grandes? Creo que a deshacer esos malentendidos hemos contribuido todos, leyendo a esos autores. Deberíamos hacer lo mismo con algunos hechos históricos, desde la escuela; ponernos de acuerdo en esos mínimos a los que nos referíamos e inculcar en los niños, con asignaturas, sí, como Educación para la Ciudadanía, que está muy feo dar golpes de Estado contra un régimen elegido democráticamente, o concebir la Historia como lo hacía el idealismo alemán, la Historia como sacrificio.

Tiene un gran busto de Galdós en su despacho. ¿Cómo hubiera contado Galdós la Guerra Civil?

Galdós noveló en los Episodios Nacionales la Historia de España, buscando en ellos comprensión y compasión, a través de la narratividad y la ficción. Habría hecho lo mismo con la Guerra Civil. Nos habría ayudado haber leído una novela suya o de Cervantes sobre la Guerra Civil. Incluso una de Larra o del Baroja joven. Pero la Guerra Civil se ha prestado a la propaganda o al esperpento, más que a relatos que pudieran acoger a unos y otros.

Luego opta por el realismo y no por el sarcasmo, el esperpento... para narrar la contienda.

«La memoria histórica puede a veces hacer un relato ficticio de lo que ocurrió»

El realismo solo no sirve. La emoción, como ocurre en la poesía, es la piedra de toque de todo. Es inconcebible una poetización de la Historia, pero también, al menos para mí, una novela sin poesía, un relato en el que no podamos hallar ese sentido que no encontramos en lo real. La ficción puede proporcionárnoslo. Nosotros no tenemos argumento en tanto que individuos concretos. A nadie se le ocurría decir: «El argumento de mi padre o del tuyo es este o aquel». Pero no podríamos figurar en una novela sin él, pues hasta las novelas sin argumento acaban haciendo su argumento del hecho de no tenerlo.

En la novela hace usted un «cameo» y cita su obra «Las armas y las letras». ¿Por qué?

Es parte del juego de la verosimilitud. El novelista siembra sus novelas de cosas que las hagan verosímiles. Alguien me tilda de pedante y de haber escrito ese libro, que, según ese alguien, no tiene el menor interés. También salen en la novela otros personajes reales.

¿Y por qué se tacha de pedante? ¿Se autocastiga?

No. Es una pequeña broma. Durante unos años, las opiniones que tenía uno de la literatura, haber equiparado al Alberti de la guerra con el Pemán de la guerra, fueron tomadas por unos como una provocación o una pedantería. Las opiniones de Savater, Santos Juliá o Jorge Martínez Reverte, que también se asoman a la novela con sus cameos, son puestas en solfa curiosamente por personas pretendidamente ilustradas que se niegan no solo a conocer los hechos, sino a debatirlos, cuando se han conocido: sobre la memoria histórica, sobre el papel de la memoria o sobre sucesos concretos como Paracuellos. Personas que vieron en el caso concreto de Las armas y las letras un atentado a sus intereses como beneficiarios de una interpretación partidista de la Historia. Cuando se publicó por primera vez Las armas y las letras, hace veinte años, alguien se me acercó un día en una librería y me dijo: «Perdimos la guerra, pero teníamos a los mejores escritores e intelectuales de nuestro lado y ahora, según tú, eso no fue así. O sea, que también vamos a perder eso. Eres un pedante y un fascista».

Cuando se enfrentó a ese censo de la intelectualidad española en el ensayo citado, y desnudó tantos mitos, debió de sentir grandísimas decepciones.

«Ninguna guerra es tan cruel o se encona tanto como entre hermanos»

No somos quiénes para juzgar las motivaciones personales por las que cada cual hizo lo que hizo. Podemos no compartirlas, pero ¿juzgarlas...? Es triste el soneto de Manuel Machado a Franco y a su espada luminosa, pero no lo es menos el que escribió su hermano Antonio a Líster, que es terrible: «Si mi pluma valiera tu pistola». Seguro que ambos tuvieron razones personales para ello y nuestra obligación es tratar de conocerlas y, llegado el caso, comprenderlas, y comprender que los Machado vivieron en su familia una guerra civil dentro de la Guerra Civil, pero eso nunca les impidió ni suspender el afecto que sentían el uno por el otro ni el respeto que tenían por sus respectivas obras, y esos sonetos no deberían estorbarnos a nosotros para acercarnos a ellas.

¿Por qué una guerra civil es menos honorable que otras?

Ninguna lo es, pero todo en una guerra civil es monstruoso, porque la muerte que causas te la causas a ti mismo, en tu propia carne, en tu propia sangre. Y por eso acaso ninguna guerra es tan cruel, ninguna se encona tanto como entre hermanos.

En la novela, menciona expresamente la memoria histórica.

Hemos sido testigos de cómo la memoria histórica puede en ocasiones hacer un relato ficticio de lo que ocurrió, como si fuese posible una memoria colectiva. Los pueblos no recuerdan, recuerdan los individuos; por tanto, no hay una memoria común a todo el mundo, no hay esa posibilidad. Presentada así, la memoria histórica ni es memoria ni es histórica, es solo una ficción, y en el mejor de los casos, un intento de buena fe que trata de reparar casos palmarios de injusticia.

¿Cree que esta novela, al igual que su ensayo, supondrá un paso hacia la verdad, hacia el olvido?

Si Las armas y las letras contribuyó a crear un espacio de acuerdo en torno a nuestro pasado común, estaría bien que esta novela consiguiera algo parecido en el plano de los sentimientos y el de la conciliación.