Iván de la Nuez
Iván de la Nuez - INÉS BAUCELLS
ARTE

Iván de la Nuez: «Todos nos hemos convertido en extensión de Duchamp»

El ensayo «Teoría de la retaguardia» (Consonni Editorial), del crítico y comisario Iván de la Nuez, repasa los vicios y excesos del arte actual

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Superadas las dos grandes utopías del arte del siglo XX -que cualquier objeto puede ser arte (Duchamp) y que todos podemos ser artistas (Beuys)-, a la creación que se definió como vanguardista no le queda otra que replegarse. Con esa filosofía escribe el teórico Iván de la Nuez (La Habana, 1964) Teoría de la retaguardia (Consonni, 2018), su análisis para «sobrevivir al arte contemporáneo», en el que expone sus excesos y contradicciones.

¿Por qué le propone al arte no seguir apostando por la vanguardia sino acostarse en la trinchera?

Hace cuarenta años que se publicó Teoría de la vanguardia, el famoso libro de Peter Bürger, en el que ésta se definía por la ruptura de las fronteras entre arte y vida. Cuatro décadas después, yo le hago un pequeño guiño, pues, en una época como la nuestra en la que muchas cosas se han ido al garete, éste no es el mejor momento para seguir hablando de arte-vida, sino que tiene más sentido relacionar arte con supervivencia.

¿De qué ha pecado más el arte contemporáneo para llegar a donde se encuentra hoy?

El problema hoy de la cultura en general no se basa tanto en su dificultad como en su factibilidad. Hasta hace un siglo, el arte contaba con unos medios de los que solo podían disponer los artistas, que hoy están a disposición de todo el mundo. Este problema cuantitativo lo comparte con la literatura. Pero me parece más grave que, pese a que son cien años los que nos separan de Duchamp y el ready-made, que era un capítulo de la Historia del Arte, todos nos hemos convertido en extensión del mismo. El arte busca ahora fuera de sus espacios convencionales cierta legitimación, pero al final, termina volviendo al museo para consolidar lo que ha obtenido. Por eso el libro marca tres viajes de ida y vuelta: hacia la política, hacia la iconografía y hacia la literatura, y cómo, en su regreso, el arte siempre es algo menguante.

¿No vive demasiado dentro de su burbuja?

Así es, pero mucho más nefasto es pensar que la culpa siempre la tienen los demás. El arte está continuamente disparando a una serie de estamentos, pero sin pararse a pensar un segundo su lugar dentro de esos estamentos o que pueda ser parte de ellos. No tener un mínimo de autocrítica agrava aún más la situación, trasladándonos a resultados peripatéticos, como tener un pie en la plaza del 15-M y otro en los petrodólares. El arte ha sido avanzadilla de la especulación en barrios de Nueva York, Barcelona, Berlín... Ha funcionado como una especie de expansión de la ideología económica... Es como si en arte no se pudiera hablar de dinero, de intereses ocultos, de cómo las grandes causas son «encapsuladas». Hay un coleccionismo de «lo revolucionario», de «lo radical».

Tampoco se puede hablar de arbitrariedad: se nos venden propuestas que son cuestión de mercado, de contactos, no de calidad.

Es cierto que en el arte actual prima cierta arbitrariedad, pero no es caótica. Lo es en la medida en que el poder es arbitrario en sus decisiones, pero no es aleatorio.

«El arte está continuamente disparando a una serie de estamentos, sin pararse a pensar que forma parte de ellos»

No es muy condescendiente con el museo, el espacio que, al final, todo lo consagra.

Para que un museo tenga cierta importancia en este mundo de la supervivencia, tiene que serlo de las consecuencias, no un mausoleo de las causas. Tengo la impresión de que todos hemos estado sometidos implícitamente a esta segunda cuestión, con espacios intocables, donde todo es venerable, donde se mira pero no se toca. Y hay algo necrófilo en querer seguir alargando la idea de lo contemporáneo como infinito.

Deja constancia de que mientras el arte se hace cada vez más político, la política se estetiza más. ¿Es la política otro mal compañero de cama?

Esta exageración de colocar la política en el centro de todos los discursos ha sido negativo porque ha supuesto su fiel reproducción, su sublimación. Lo que yo le pido a la cultura, al arte, es que me ofrezca un espacio vital, visceral, pero que no venga dado por predeterminaciones. Hay un peligro claro de contagio del arte a la política, que da pie a su performatividad, su sobreactuación, su imagen de que se ha dado un baño de estudios culturales; pero también de la política al arte: y ahí está la demagogia, el hablar por los demás, la simulación, la búsqueda de un like a todo precio... Yo no he visto una izquierda mundial más pro-norteamericana que la que tenemos hoy. En eso tiene buena culpa el arte. En sus universidades, el multiculturalismo es extraño, opresivo. Como caribeño, yo vengo de una sociedad promiscua, mezclada, me interesa la cultura como cocción y digestión. Aquí solo queda como representación.

«Ya no sabes si estás en una bienal o en una feria: las primeras se comercializan; las segundas intentan intelectualizarse»

Recuerda también cómo, a falta de modelos culturales, hemos apostado por las marcas, las franquicias y las finanzas. ¿Qué contenidos son los que le toca al arte contemporáneo ofrecer?

Los contenidos serán siempre tantos como artistas haya. Ahora hay una sobredosis. Pero prescribirlos nunca es bueno: la Historia nos muestra muchos ejemplos terribles. Ahora bien, sí que es un problema el haber pasado de una cultura construida sobre fuentes escritas a otra que se eleva básicamente para muchos sobre fuentes visuales. Eso hace que el papel del artista, como el del intelectual, tengan que cambiar, puesto que los medios con los que trabajan son los mismos con los que se mueve toda la sociedad.

¿Somos franquicia de otra franquicia?

Cualquiera que haya ido a la inauguración de una exposición o bienal sabe que está viendo lo mismo que vio en otros lugares. Incluso, a veces, hasta a las mismas personas. Eso es lo más parecido a una franquicia; humana, incluso. Ya no sabes si estás en una bienal o en una feria, porque las bienales se comercializan y las ferias intentan intelectualizarse.

¿Hay soluciones a todo esto?

Cuando la literatura aborda el tema artístico, ésta me aporta algo que no encuentro ni en la teoría del arte, ni en los museos, que es un arte hecho para no ser expuesto, que no es un objeto en sí mismo. Por eso siempre he pensado que los mejores museos de arte contemporáneo están en las novelas; también las mejores teorías y sobre todo las mejores biografías de artistas. El libro aborda asimismo si se puede escribir el arte de otra manera, si se puede escribir un arte sin imágenes, si se puede hacer arte para lectores.

Imaginemos que finalmente el arte actual no sobrevive. ¿Qué debe poner en su epitafio?

«Un siglo fue suficiente».

Se nos está haciendo largo.

¿Tú no querrías vivir cien años?

Solo en pleno uso de mis facultades.

Eso desde luego.