Los paisajes naturales de la Patagonia inspiraron a Hudson
Los paisajes naturales de la Patagonia inspiraron a Hudson
LIBROS

Escribe como crecen los pastos

William Henry Hudson es conocido como el Príncipe de los pájaros o el Thoreau argentino. Descubran por qué

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De las rotativas de La Línea del Horizonte nos llega ahora la primera impresión realizada por una editorial española de la obra « Días de ocio en la Patagonia», de William Henry –Guillermo Enrique para los argentinos– Hudson (1841-1922), un clásico de la literatura naturalista cuyo original, escrito en inglés, vio la luz en Inglaterra en 1893.

Nacido en Argentina, Guillermo Hudson hablaba español con acento anglosajón. Sus padres, norteamericanos de origen irlandés que se habían casado en Boston en 1827, arribaron al Río de la Plata una década después, atraídos por el auge del comercio lanero durante la época del general Rosas. Allí se establecieron en una zona rural del partido de Quilmes, decididos a criar ovejas. De modo que la infancia de Guillermo transcurrió al aire libre recorriendo su estancia natal, lo cual, amén de hacer de él un solitario, le permitió desarrollar una fina y aguda percepción de su entorno y de los sonidos de la Naturaleza, semillero de su temprana pasión por la ornitología.

Talento sin límites

Ya en 1870, próximo a cumplir los 30, Hudson se embarcó para bojear la costa Atlántica rumbo a la actual provincia de Río Negro, por aquel entonces frontera de la civilización del hombre blanco con la indómita Patagonia, lugar donde pensaba estudiar el comportamiento de las aves migratorias. Fruto de tal empeño –y de un disparo fortuito que él mismo se hizo en la rodilla con un revólver, incidente que restringió su locomoción durante largo tiempo– es este «Días de ocio en la Patagonia», relato que cabalga por igual a lomos de la narrativa viajera, el ensayo y el diario de un naturalista. Con ser un testimonio excepcional de la existencia de los colonos y gauchos en la Argentina decimonónica –y también de la precaria situación de los indígenas, enfrentados a su lenta extinción–, resulta, ante todo, un canto de un lirismo tan reflexivo como delicado a la Naturaleza y, de modo prioritario, a las aves.

Guillermo Hudson nunca tuvo una educación formal, ni parece que alguna vez la echara en falta. No podía ser menos en alguien dotado de un talento sin límites para la ornitología, palmario de soslayo en su siguiente confesión: «Completé una lista de 226 especies de pájaros que pude observar aquí. Las imágenes visuales de 10 se me han vuelto borrosas y a una la he olvidado por completo. Eliminando aquellas especies cuyo canto se ha silenciado, me quedan 154 que recuerdo con claridad. Quiero decir que, cuando pienso en ellas y en su lenguaje, sus gritos, sus llamados y sus tonadas se me reproducen en la mente».

Esta obra es fruto de un disparo fortuito que él mismo se hizo en la rodilla con un revólver

Poeta antes que científico, el Príncipe de los pájaros (o el Thoreau argentino, que por ambos apelativos se le conoce a Hudson) era dueño de un estilo literario grávido de sutilezas, el cual mereció el elogio de escritores coetáneos como Ford Madox Ford o Joseph Conrad. «Escribe como crecen los pastos», reconoce este último. Constatado lo cual, las numerosas páginas que Hudson dedica aquí a prolijas descripciones de contenido estrictamente ornitológico no dejarán de fatigar, presumiblemente, al lector no iniciado.

Cabe añadir que Ezequiel Martínez Estrada, ensayista, crítico literario y biógrafo argentino, decía, en relación al arte narrativo del autor de «Días de ocio en la Patagonia», que «contar bien es comprender bien». Guillermo Hudson contó como poeta lo que necesitaba decir como naturalista. Las aves también ayudan a pensar.