Instalación realizada por Alejandro Aravena con material reciclado de la anterior Bienal
Instalación realizada por Alejandro Aravena con material reciclado de la anterior Bienal - AFP
ARQUITECTURA

Una escalera en el desierto

La presente Bienal de Arquitectura de Venecia, con la firma de Aravena, pide «propuestas claras» para los urgentes problemas de nuestro tiempo

VeneciaActualizado:

Todo comenzó en 2001 (un año fundacional y demoledor) cuando Alejandro Aravena, al frente del grupo Elemental, plantea las viviendas Quinta Monroy en Chile, que cuestionaban sus precios abusivos, señalaba la falta de proyecto público y valoraba los procesos de autoconstrucción. Justin McGuirk, en su vibrante informe «Ciudades radicales», señala que la brillantez de ese proyecto radica en que no diseñó una solución para una sola vez, sino un sistema susceptible de ser reproducido: «Y lo que necesitan las periferias urbanas del mundo son sistemas para la escasez extrema, no casas bonitas». Con todo, este mismo arquitecto (lauredo con el Pritzker y comisario de la Bienal de Venecia) declara: «no se puede dejar de lado la belleza en nuestra batallas». Con el Proyecto Experimental de Vivienda Previ, desarrollado en los sesenta en Lima, con ecos de la casa Domino de Le Corbusier, pusieron los «cimientos» ideológicos de una planificación que tiene plena conciencia de la escasez. La foto de la arqueóloga Maria Reiche encaramada a un escalera de aluminio para contemplar las líneas de Nazca es una imagen emblemática que transmite a la perfección la idea de que es necesario «escuchar a los que, teniendo una perspectiva diferente a la nuestra, consiguieron encontrar sentido a cosas que nosotros no sabemos ver».

Frente a los regodeos formalistas o la «legitimación artística», Aravena pide «propuestas claras» para atender a los urgentes problemas de nuestro tiempo desquiciado: las migraciones, la segregación, el tráfico y la polución; la violencia y la inseguridad, con una apuesta por la sostenibilidad. En la entrada del Arsenale ha reutilizado 100 toneladas de material desechado de la bienal pasada para mostrar qué entiende por «elementalidad» y revelar aspectos del proceso de la enorme exposición planteada, en la que lo incisivo y lúcido conduce, en ocasiones, a lo hermético y arbitrario. Parecería que cuando es casi imposible desplegar el materialismo histórico hay que apelar a los materiales elementales, ya sea el barro (como hace la alemana A. Heringer), el bambú (que para el colombiano Simón Vélez es el «acero vegetal») o los ladrillos del paraguayo Gabinete de Arquitectura, distinguido con otro León de Oro por una intervención que es monumentalidad o arabesco «artesanal».

Estrellas recicladas

De este fracturado «Informe desde el frente» merece la pena destacar las escuelas prefabricadas en la selva peruana; la puesta en evidencia de las condiciones de trabajo de los obreros en el pabellón polaco; la reflexión que establece Malkit Soshan, comisaria del holandés, sobre el impacto urbano de las misiones de paz; la conversión de los tanques de agua de Medellín en parques públicos; la restauración de la ciudad de Wencun por Wang Shu y Lu Wenyu; la escuela flotante del nigeriano Kunlé Adeyemi, o la fascinación por la mega-ciudad temporal de Kumba Mela que recrean Felipe Vera y Rahul Mehrotra. En el Pabellón de EE.UU. se presentan proyectos para Detroit que han sido cuestionados por la organización Detroit Resists, que viene a recordar que el «poder arquitectónico» ha sido indiferente al contexto político y acaso colaborador de la ruina.

Hasta los grandes del «star system» de la arquitectura tienen que «reciclarse» o recurrir al ingenio, aunque a veces la máscara cínica les delate. De la misma forma que en el «Palazzo Enciclopédico» de Gioni se terminaba rindiendo pleitesía a Nauman o Baselitz, en esta búsqueda de perspectivas renovadoras tienen acomodo figurones como Rogers, Piano, Ando, Herzog & de Meuron, Chipperfield con su museo en los desiertos de Sudán, o Foster, con un aeropuerto para drones en Ruanda para ayuda humanitaria. También los drones participan en operaciones militares como las que analiza E. Weizman en «Forensic Arquitecture».

Si esta bienal tiene algo de «bipolar» es porque, para mejorar la calidad de vida de la gente, hay que, como dice Aravena, integrar «lo pragmático con lo existencial; pertinencia y atrevimiento; creatividad y sentido común». No basta con «okupar» un rascacielos en Caracas, ni podemos permitirnos otro «puente resbaladizo» a lo Calatrava: necesitamos aprender a ver «líneas en el desierto», aunque sea para atrevesar el nihilismo.