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El derecho a nadar en aguas salvajes de Roger Deakin

Roger Deakin se lanzó en 1996 a cruzar a nado las islas británicas. El resultado es «Diarios del agua», un hermoso alegato por la naturaleza

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Para escribir su profético «1984», símbolo de la represión social y política más absolutas, un clarividente anticipo de las consecuencias de entregarse a la tecnología, George Orwell se retiró a la isla de Jura, en Escocia, a una casa sin electricidad ni teléfono. Necesitaba un refugio donde poder pensar sin ruido. Allí cultivaba la tierra, pescaba, plantó árboles y se compró una barca de remos.

En una carta enviada a una amiga, el autor británico describía una excursión a una «costa hermosa, de agua verde y arena blanca»; tierra adentro había «lagos llenos de truchas que nadie pesca porque están demasiado lejos de todo». También nadaba. De joven, en Eton, a Orwell le gustaba bañarse en el Támesis y, ya al final de su vida, a punto estuvo de morir ahogado por calcular mal las mareas cuando regresaba de una expedición.

Cinco décadas después de que Orwell se perdiera en esta isla deshabitada, Roger Deakin (Watford, 1943; Suffolk, 2006) encontró el agua «tranquila y cristalina». Allí nadó entre nutrias, bañado por un sol cegador que trazaba los surcos de su travesía.

«Lo mejor de nadar por nadar es que todo se concentra en el aquí y el ahora; ni un ápice de su esencia o intensidad puede escaparse hacia el pasado o el futuro –apunta en " Diarios del agua" (Impedimenta, 2019)–. El nadador se conforma con verse transportado por la corriente, plena de misterios, dudas e incertidumbre. Es como la hoja que cae al río, por fin liberada de los insignificantes designios de su vida».

Deakin encontraba en el agua el elemento idóneo con el que fluir para comprender mejor las cosas, la vía de acceso a un mundo profundamente privado. El agua significaba diversión, placer y emoción, y así es como en 1996 se lanzó a cruzar las islas británicas a nado, como si fuera «El nadador» de Cheever.

Playas, lagos, estanques, ríos, cascadas, estrechos, pozas, piscinas e incluso un canal. Deakin se sumergió en todas estas superficies durante los dos años que duró su aventura: «El secreto radica en respetar el agua, pero nunca temerla, para poder relajarte y sentir las moléculas que se mueven a tu alrededor mientras nadas». Su objetivo era estudiar todas las formas de vida del agua y el modo en que las personas se relacionan con ella.

El resultado es un hermoso alegato del derecho a nadar sin restricciones en los espacios salvajes, una actividad casi «subversiva». En «Diarios del agua», un clásico de culto publicado en 1999, el autor se enfada cuando llega a lugares tomados por el turismo, recuerda tiempos pasados en los que los niños se iniciaban en el agua desde bebés o las vistas al mar se ocultaban a la vista porque no se consideraban algo hermoso, sino temible, y se abandona a las corrientes sin miedo a ser engullido por los remolinos.

Deakin, y con él quien lo lee, desaparece en paisajes casi secretos a los que llega movido por sus sensaciones para trazar su particularísimo «mapa inconformista». Su «deseo de ir en busca de historias y recuerdos, y enhebrarlos con la experiencia física de nadar en aguas de todo el país», por supuesto, desdeña la realidad virtual de los mapas oficiales. En eso consiste el verdadero aprendizaje.