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El último viaje de Pedro Sorela hacia lo imprevisto

En su novela póstuma, «Quién crea la noche», el autor cruza las vidas de decenas de personajes que, a lo largo de 35 historias, aprenden a mirar diferente en un mundo de ciegos

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Sentado detrás de su mesa de profesor, en la última planta de la facultad de Periodismo, a Pedro Sorela a menudo la mirada se le congelaba en dirección a las ventanas de un aula que parecía sobrevolar, como un avión que se hubiera quedado colgado en el aire, el campus de la Universidad Complutense. Siempre llevaba gafas redondas y la barba poblada; le bastaba con afeitarse la mirada, decía. La mirada, la curiosidad, era un bien amenazado, y había que regarlo cada mañana para que no se marchitara antes de tiempo. El periodismo, lo escribe en « Quién crea la noche» (Alfaguara), envejece rápido cuando se toma en serio: «Las redacciones de todo el mundo están ocupadas por ancianos de veintinueve años, treintañeros fatigados y escépticos, con la curiosidad ya en las últimas, y casi todos se marchan a un plan B antes de los cuarenta y cinco».

El plan B de Sorela, nacido en Bogotá en 1951, fue la universidad. Allí recaló después de desempeñarse como periodista en «El Correo», en la agencia Europa Press, donde entrevistó al teniente coronel Antonio Tejero durante el golpe de Estado, y en «El País», diario en el que se especializó como periodista cultural y experimentó con el columnismo. «Escribir columnas durante años termina por conformar una mente ocurrente, perspicaz, superficial, oportunista, rápida y resultona», apunta en « El sol como disfraz» (2012), la novela en la que trata de desentrañar el enigma por el que los periódicos salen todos los días. En la universidad, donde impartió redacción periodística casi hasta el final de sus días, como en el Máster de ABC, se convirtió en mucho más que un profesor: en un maestro.

Se le tenía por extravagante por hacer leer libros difíciles a sus alumnos. Se le tenía por antipático porque no toleraba la estupidez. Desde su púlpito llamaba a la resistencia contra los clichés, contra la falta de imaginación y contra las cabezas cuadradas. Qué difícil es recordar a cualquier profesor, después de tantos años, y qué fresco en el recuerdo lo seguían teniendo tantos plumillas, de una generación y de otra, que quedaron huérfanos hace poco más de un año, cuando murió por culpa de un cáncer.

Nos quedan sus lecciones, eso sí, y nos quedan sus novelas. Viajero impenitente, Sorela entendía la escritura como una manera de volar. «Aire de Mar en Gádor» (1989), «Trampas para estrellas» (2001), «Ya verás» (2006), «Historia de las despedidas» (2008), «Viajes de niebla» (2013), fueron algunos de sus intentos de conjugar viaje y escritura. «El viaje es lo que sucede detrás de los ojos, no delante», escribe en «Cuentos invisibles» (2003). «Me aburro –anota en "Huellas del actor en peligro" (1991)–. O no me aburro, sino que me abruma comprender, verlo como una mancha en el aire, cuánto, cuánto nos aburrimos todos en Madrid, París, Roma y Londres». Madrid, París, Roma y Londres, y Nueva York y Hong Kong y Ámsterdam y Santiago y otra vez Madrid y muchas más ciudades son los escenarios de «Quién crea la noche», la obra que Sorela terminó poco antes de morir.

«El verdadero viaje ha de ser lento, a veces aburrido», dice aquí, en su testamento literario. Pocas veces se usará con tanto sentido esta expresión. Distintos personajes –empresarios, estudiantes, artistas, inmigrantes, profesores… uno por cada capítulo– cruzan sus vidas a lo largo de estas 35 historias perfectamente ligadas entre sí. Sorela retrata un mundo feo, tiranizado por el entretenimiento estéril, entregado a la tecnología, donde ya no quedan países por descubrir. ¿Qué hacer si ya todo está a la vuelta de la esquina y no tenemos un país lejano con el que soñar?, se pregunta. ¿Qué hacer, cuando los lugares comunes han sepultado las multitudes? Sus personajes encuentran el camino correcto cuando aprenden a mirar. «Su mirada lo hacía diferente –dice uno de sus protagonistas–. Siempre se veía que estaba pensando en otra cosa». Este es para Sorela el mejor modo de poner rumbo hacia lo imprevisto en un mundo de ciegos. Es un gesto de rebelión.