Don Juan Carlos, protagonista de este volumen
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«Rey de la democracia», delta de la modernidad

Diez prestigiosos ensayistas analizan el papel histórico de Juan Carlos I en la obra «Rey de la democracia»

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En un país de trabajadores valientes y luchadores, de simpatía y mucho sol -el nuestro- y también de gentes amnésicas, iracundas y poco dadas a la gratitud -de nuevo el nuestro- no es menor la aportación de Galaxia Gutenberg y su editora María Cifuentes al análisis del papel del Rey don Juan Carlos desde 1968 hasta su abdicación en 2014. «Rey de la democracia» es obra de diez autores: Victoria Camps, Francesc de Carreras, José Luis García Delgado, Javier Gomá, Juan Francisco Fuentes, Santos Juliá, José-Carlos Mainer, Charles Powell, Fernando Puell y Mario Vargas Llosa. Memoria, crítica, solvencia, gratitud… información, casi por primera vez, sistematizada.

«He aquí, pues, el frágil punto de partida: un miembro de la dinastía histórica, nieto del último Rey que abandona, sin honor, trono y país, sucede al general con arreglo a la legislación franquista y hereda su poder autoritario… La Constitución lo transformará en una monarquía parlamentaria, auténtica república coronada donde la soberanía reside en el pueblo». Santos Juliá analiza el «acto fundacional»: la sesión plenaria celebrada en julio de 1969. Franco se dirige a los procuradores en cortes y proclama: «El Reino que nosotros, con asentimiento de la nación, hemos establecido, nada debe al pasado; nace de aquel acto decisivo del 18 de julio, que constituye un hecho histórico transcendental y no admite pactos ni condiciones». Así que, sin más debate, fue designado sucesor a título de Rey el príncipe don Juan Carlos de Borbón y Borbón… En abril de 1977, cuando tuvo claro que el gobierno de Adolfo Suárez convocaría elecciones constituyentes, renunciaría don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII. «Sin mayores alharacas», destaca Santos Juliá. «El problema había dejado de ser monarquía o república; el problema era dictadura o democracia…».

Conjurada la maldición

Este hecho es también estudiado por Francesc de Carreras. Analiza en primer lugar y para refutarla, una materia clave: «¿Fue el Estado franquista un reino?». A la muerte de Franco en 1975, señala Carreras, ya se entrevé la democracia que luego vendrá: en su discurso del 22 noviembre ante las Cortes, tras su juramento como Rey, Don Juan Carlos pronuncia frases que, en aquel contexto, resultaban significativas: «Deseo ser capaz de actuar como moderador, como guardián del sistema constitucional y como promotor de la justicia». Señalemos los capítulos 4 y 5: el Rey y las Fuerzas Armadas y el Rey en la representación exterior. Un gran especialista, Fernando Puell, escribe sobre el papel del Rey en los ejércitos: «Si los militares de aquellos años, franquistas hasta la médula, no le hubieran respetado y obedecido, ¿hubiera sido posible el pacífico tránsito hacia la democracia?».

Charles Powell -¿quién mejor?- analiza el trabajo de don Juan Carlos en la proyección exterior de España: su papel en Iberoamérica, en Estados Unidos, en la OTAN, ante la UE, ante los monarcas árabes… Y ante Israel. Una referencia en la página 182 ilustra la importancia de este papel «serenador», como lo calificó Felipe González: « Elie Wiesel, galardonado con el premio Nobel de la Paz en 1986 por sus trabajos sobre el Holocausto, afirmaría en 1991 que el monarca había logrado compensar la humillación que para el pueblo judío supuso su expulsión de España, decretada por los Reyes Católicos en 1492».

El profesor José-Carlos Mainer expone un legado en materia de cultura: Instituto Cervantes, Marca España… Y sobre todo, el Museo del Prado. El Prado pasó de ser un museo del siglo XIX a convertirse en un museo del siglo XXI. Importante fue aquella expresión del Rey en momentos difíciles para la pinacoteca: «Me importan, sobre todo, cuatro cuestiones: España, los españoles, el español y el Museo del Prado».

Terminamos con una cita de Gomá: «La variante española ha desembocado finalmente en el delta de la modernidad. Se ha conjurado la maldición proferida por el personaje de Valle-Inclán, Max Estrella, en 1920: ‘España es una deformación grotesca de la civilización europea’. Esta afirmación en la España de Juan Carlos I… simplemente ha dejado de ser cierta».