Detalle del montaje de la exposición
Detalle del montaje de la exposición
FOTOGRAFÍA

Dario Villalba, cuerpos de la melancolía

La Sala Alcalá 31, en Madrid, reúne por vez primera los «encapsulados» de Darío Villalba, obras que le granjearon fama internacional

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Darío Villalba (1919-2018) es, sin duda, una referencia crucial del arte español contemporáneo. Pocos artistas han sabido definir con tanta radicalidad un terreno plástico propio, en su caso, ese lúcido y dramático uso de la fotografía como pintura. Desde los encapsulados hasta sus últimas obras, mantuvo una coherencia implacable y, al mismo tiempo, una voluntad de profundizar en un imaginario que no recurre nunca a lo decorativo o a la pose característica de las modas.

Las «mitologías personales» de Villalba están en bastantes sentidos «fuera de sitio» en un panorama crítico e institucional que prefiere legitimar lo anodino, aquello que es meramente chistoso o, lamentablemente, la última cantinela. Pero un artista tensado entre la dimensión religiosa y el post-vanguardismo no está, ni mucho menos, dispuesto a regodearse en lo epidérmico. Antes al contrario: la preocupación que manifiesta es principalmente metafísica.

Villalba asume aquella idea barthesiana de que la foto es algo automático que me toca, esto es, algo que punza una mirada que finalmente querría que, en algún momento, el otro pudiera ver la posición atópica en la que está instalado el sujeto enamorado. La forma en la que Villalba atravesó su fantasía es transformando lo Real (traumático) en una puesta en obra de lo que llamaríamos «el gran Otro».

Labor de búsqueda

Este artista se separó lúcidamente de la corriente informalista dialogando con las propuestas del pop, en un deslizamiento dramático-nihilista desde la pintura a la constelación de los signos del consumo de masas. Manteniéndose también ajeno a la desmaterialización conceptual o a la fenomenología minimalista, desplegó con extraordinaria radicalidad lo que Warhol calificara como pop soul, subtítulo de esta muestra. Efectivamente: en sus obras parece que quisiera atrapar el alma y la tristeza de los marginados, rindiendo testimonio de la soledad, impactado por el sinsentido de los sujetos en la gran ciudad. En la Sala Alcalá 31 podemos revisar los encapsulados de este intenso artista, desde aquellos primeros que hiciera con tonalidades rosas hasta los más dramáticos ejecutados en blanco y negro. La comisaria María Luisa Martín de Argila ha realizado una excelente labor de búsqueda de piezas que hacía décadas que no se exponían, disponiendo acertadamente en un primer espacio los encapsulados iniciales que son más «pictoricistas» y tienen un tono swinging London.

Crisálida protectora

En la sala ocupada por los que realizó en los años setenta se impone una atmósfera dramática. Los «cuerpos» flotan suspendidos de estructuras de metacrilato, en un juego de transparencia y opacidad, de levedad y gravedad, con el aliento de una tensa espiritualidad que tiene tanto de obsesión por la culpa cuanto una desesperada búsqueda de redención. Estas obras fueron ya muy apreciadas cuando las hizo, y así consiguió el Premio Internacional de Pintura en la XII Bienal de Sao Paulo (1973) y, el año siguiente, presentarlos en la galería Vandrés.

Sus obras atrapan el alma y la tristeza de los marginados, dan testimonio de la soledad

El mismo artista definía estas obras como «juguetes patológicos para adultos». Los seres marginados (pobres, locos y, a la postre, anónimos), estaban atrapados en burbujas de metacrilato, congelados o, en cierto sentido, protegidos en una crisálida transparente.

Villalba dijo que su obra era como «una herida clínica y asépticamente controlada». Las fotografías en blanco y negro están mínimamente «marcadas» por toques de pintura; los cuerpos encapsulados tienen un revés de color rosado o plateado: lo lúdico fue dejando paso a la melancolía. Lo que le interesaba a este artista era mostrar «la fría congelación del ser humano». Todo sucedía en la obra de Darío Villalba, en el espacio aéreo de la mirada, cuando el tacto de la piel es imposible y se hace visible, por emplear un término lacaniano, la forclusión. Los encapsulados retornan, como lo reprimido, fantasmalmente, cuando, como el mismo Villalba, hay que «arreglárselas sin el Padre», asumiendo una libertad peligrosa.

Entre todos los encapsulados de Villalba, destaca el Místico como un verdadero emblema: una manifestación de una subjetividad anónima que adquiere cualidades de intenso simbolismo. Se trata de una iconografía que remite a lo sacrificial o al abandono en una perspectiva propia de lo sagrado y también de aquella forma del erotismo -en términos de Bataille- que implica el tabú y la intención transgresora.

Hay en la obra de Villalba una poesía estremecedora y una belleza extrema que rinden perfecto testimonio de nuestra finitud. Más que la muerte, el desfallecimiento y el delirio -pero contemplado desde un «apartamiento del mundo»- vale decir que con una perspectiva mística contrapesada por deseos insaciables. Una verdad numinosa está sedimentada en esa pintura híbrida que revela una profundidad anímica tras la planitud fotográfica. El trazo rojo, evocando acaso la sangre en el pecho del místico, nos toca: ese punctum estremecedor desafía nuestra mirada. Los encapsulados de Villalba reaparecen cuando él ya ha desaparecido, dramáticos testigos de una existencia indómita, marcada por el anhelo de trascendencia, obsesionado por materializar sus incertidumbres, fabricando cuerpos atrapados en «pieles» anómalas, demandando una caricia que siempre nos falta.