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Los enemigos invisibles que condenaron al Imperio romano, según el historiador Kyle Harper

Kyle Harper rompe con las teorías tradicionales y afirma que el cambio climático y las enfermedades provocaron la destrucción de Roma

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El 9 de agosto del año 378 el Imperio romano de Oriente (heredero lejano del fundado por Julio César) sufrió una gran catástrofe militar cuando su ejército fue aplastado por los godos. Murieron 20.000 soldados y, con ellos, el mismísimo emperador Valente. El cronista Amiano Marcelino lo definió como el peor desastre militar desde Cannas.

No obstante, para Kyle Harper (profesor, vicepresidente y rector del departamento «Classics and Letters» de la Universidad de Oklahoma) las derrotas en el campo de batalla y las intrigas políticas no fueron los únicos factores que terminaron con la hegemonía romana. Él es partidario de que «los gérmenes fueron más mortíferos que los germanos» y de que otros enemigos, como el cambio climático o las plagas, fueron igual de decisivos.

El historiador ofrece esta nueva versión en « El fatal destino de Roma», un libro que consigue navegar entre complejos conceptos científicos (necesarios, aunque en ocasiones tediosos) para forjar una teoría innovadora. A pesar de ello, Harper no carga contra las tesis más extendidas que han explicado la destrucción del Imperio romano (las que afirman que la fatiga militar, las corruptelas políticas y la extensión excesiva de las fronteras provocaron su colapso). Ni mucho menos. Pero sí pone el foco sobre el que, según su criterio, es el gran factor que la historia ha pasado por alto: el poder de la «astuta y caprichosa» naturaleza.

Harper comienza su viaje desgranando las claves que permitieron a una ciudad que se hallaba a la sombra de otros grandes pueblos como el etrusco convertirse en el «mayor imperio de la historia». Fue determinante el Óptimo Climático Romano, «una fase de clima cálido, húmedo y estable en buena parte del corazón mediterráneo» que permitió, por ejemplo, el florecimiento de los cultivos y el aumento del comercio.

Pero la naturaleza pronto se alzó contra Roma. El primer golpe que tuvo que encajar esta civilización fue la peste Antonina del año 165, una devastadora pandemia que costó la vida a cinco millones de personas dentro de los límites imperiales. Cierto es que la urbe resurgió, aunque solo para ver como «una concatenación de sequías y pestilencias» volvían a condenarla.

Después de la división, la parte oriental resurgió de sus cenizas. Sin embargo, en el siglo VI este «renacer se vio frenado» por la peste bubónica (que se extendió con toda la velocidad que permitían las rutas creadas para vertebrar el vasto territorio) y la llegada de una «Pequeña Edad de Hielo» en la que los cambios de temperatura dieron al traste con las cosechas. La guinda fue una inesperada actividad volcánica que «escupió gigantescas nubes de sulfatos a la atmósfera que bloquearon la entrada de energía solar». Fue la victoria del medio ambiente.