Alejandro Haiek en una foto de archivo
Alejandro Haiek en una foto de archivo
ARQUITECTURA

Alejandro Haiek: «Hacer arquitectura es construir relaciones humanas»

Cofundador de LABProFab, Alejandro Haiek es uno de los arquitectos latinoamericanos más concienciados con el trabajo colaborativo que hace comunidad. Su paso por España fue una buena oportunidad para conocer de cerca su ideario

BARCELONAActualizado:

El pasado 1 de diciembre, el arquitecto venezolano Alejandro Haiek, cofundador de LABPro.Fab, ofreció en Roca Barcelona Gallery la conferencia «Nuevos liderazgos en la práctica de arquitectura» dentro del ciclo de conferencias «Development by Design», organizado por Roca junto con el Master of International Cooperation in Sustainable Emergency Architecture de la School of Architecture de UIC Barcelona. Aprovechamos su paso por España para desgranar los puntos principales de su labor profesional.

Si atendemos a la arquitectura que presentan los medios, hemos pasado de un «star-system» con una visión abiertamente neoliberal a otro que promulga lo social y la austeridad en consonancia con el ambiente populista imperante. Se trata de un giro meramente superficial, que se está interpretando desde una absoluta frivolidad. Me interesa conversar sobre este tema con usted, en aras de revisarlo. Coincido en su crítica a la arquitectura desarrollista. Contrapone a esta el concepto de la informalidad.

Conectas tres puntos muy interesantes: en primer lugar, la invertebración de los Estados: apuestas por desarrollar políticas de liberación que nos permitan operar fuera de los márgenes disciplinarios –quizá no en la ilegalidad, sino en la alegalidad– nos están llevando a formular nuestras prácticas; se trata de reformular las esferas de conocimiento y encontrar un baremo de intermediación donde sea posible descubrir nuevas formas de actuar. Esto nos lleva a confrontarnos con la legalidad, pero con objeto de buscar alternativas a lo que la institución o el Estado han establecido, limitando así no sólo nuestro conocimiento sino también las formas en que se produce la ciudad.

La informalidad pone en crisis el conocimiento científico. Mientras se construyen los planes de Estado, el conocimiento popular queda relegado. Saberes y tradiciones populares eran mucho más efectivos que la ciencia. Por otro lado, la ciencia también empieza a perder su valor social y, en consecuencia, deja de ser efectiva porque se convierte en un acto de artificialización del territorio como una forma de progreso. No fue así: la mayor parte de ciudades se trazaron con infraestructuras de transporte, se generaron grandes planes de vivienda masiva y aún así las favelas seguían creciendo en la informalidad.

Coincido también en que es difícil afrontar el tema de la informalidad cuando muchas de esas favelas ya tienen medio siglo. Las personas que viven en ellas son además las que trabajan en la construcción formal de la ciudad, de manera que cuando les toca sobrevivir surge la tecnología de la necesidad. La propia supervivencia hace que se dé la inventiva, la innovación, el pensamiento subjetivo.

La pedagogía debería estar implícita en cada proceso que llevemos a cabo. No se trata sólo de construir, sino de entender otras metodologías de enseñanza y que la obra es un aula abierta

Transcurridos casi sesenta años desde la aparición de las primeras, vemos que las personas que habitan en ellas no son precisamente pobres. No son pobres de conocimiento. Y ese saber popular se completa con el de profesionales de disciplina a partir del acceso gratuito a la educación que han proporcionado los gobiernos. Hay por eso ahora mismo un punto de efervescencia muy interesante, porque ese conocimiento de la favela se ha hibridado: es un conocimiento que mestiza el científico y la inteligencia local y popular.

Esa distancia se separó tanto de los problemas que dejó de prestar atención a lo que estaba sucediendo en las ciudades. Esto sigue pasando aún en la mayor parte de universidades del mundo, especialmente en Latinoamérica. En ellas se trabaja sobre casos hipotéticos, cuando la academia debería estar abocada a presentar soluciones y alternativas. Es necesario volcar la experimentalidad nuevamente sobre el oficio, no sólo aplicarla a la simulación de una práctica basada en ficciones y casos hipotéticos.

Soy consciente de que vivimos en un tiempo en que la corrupción enquistada en la política (y endémica en Iberoamérica) hace muy difícil que las cosas se planteen y lleven a cabo por cauces limpios. No obstante, ¿no implica esto el riesgo de que el ciudadano renuncie a exigir al Estado el cumplimiento de sus obligaciones? ¿No sería como proclamar que estos ciudadanos renuncian a sus derechos y toman la determinación de valerse por sí mismos, limitándose a sus propios recursos?

Tocas un punto importante. Al principio, cuando éramos subversivos y actuábamos en la calle, esta era un territorio de libertad y de derechos cívicos. Lo que permitíamos era abrir opciones y alternativas.

Entonces no basábamos nuestra práctica en el plan de un Estado, mientras que ahora comprendemos cada vez más el rol de los Estados; pero nos distanciamos del asistencialismo y el populismo que está constantemente presente en Latinoamérica y otros países del mundo. No queremos ser ni altruistas, ni filantrópicos. El rol del Estado y su invertebración tienen como fin distribuir el poder y reformular las instituciones que lo dominan y, en ese sentido, comenzar a apostar por una especie de gobernabilidad en red: que la toma de decisiones y los presupuestos se distribuyan de manera equitativa y prioricen a esas comunidades, y que esto no sea llevado a cabo desde la figura de un político que representa nuestros intereses y está destinado a «salvar» y «asistir».

Ahí se da el punto: Al comienzo éramos subversivos y rebeldes; ahora somos más estratégicos. En la actualidad aceptamos, por supuesto, la ayuda del Estado pero lo forzamos a trabajar para nosotros: es responsabilidad del Estado trabajar para el ciudadano. Y esto se gana acreditando experiencia.

Esto es una tarea extremadamente difícil.

Nosotros le demostramos al Estado (venezolano) que podíamos hacerlo por nuestra cuenta, con pocos recursos y siendo mucho más eficientes, creando infraestructuras civiles que no son mantenidas con dinero estatal, sino con la conciencia ciudadana de entender la ciudad y desde la voluntad de democratizar el suelo.

Le demostramos que es posible construir no en la ciudad formal, sino en una que resulta del accidente. Que, ahí donde no hay normas, cada proyecto se convierte en una oportunidad para gestionar el territorio y para producir nuevas formas de poder y toma de decisiones; y también para producir una nueva arquitectura que renueva material de segunda mano y la industria del mercado inmobiliario; especialmente, para generar una arquitectura que no es efímera, que no es basura, pero que tampoco es el edificio de cinco o diez pisos que siempre está vacío.

Los Cerrajones
Los Cerrajones - Irina Urriola

Entendemos que la arquitectura es el tiempo de las relaciones humanas y que comienza seguramente cuando se termina el edificio o este comienza a operar. Ese periodo de tiempo nos ha interesado siempre mucho: La arquitectura se convierte así en una secuencia logística de acciones programadas, que eventualmente se transforma en un edificio, pero que no comienza cuando la infraestructura está terminada.

El Estado ahora toma las prácticas y protocolos que hemos ido desarrollando y los produce. Es algo muy perverso, porque está haciendo lo mismo que nosotros llevamos haciendo desde hace más de diez años y ahora lo ha institucionalizado. El Estado promueve el poder popular, la toma de decisiones colectivas. La sociedad y las nuevas células geopolíticas que se basan en la Constitución (venezolana) permiten que se agrupen y prioricen sus necesidades, discutan en asambleas locales y regionales y voten y accedan al presupuesto participativo. Pero cuando ese presupuesto llega a las gobernaciones y alcaldías vuelve a producirse el mismo proceso corrupto jerárquico, en el que el alcalde contrataba a una compañía de construcciones.

Por eso insisto en si estos procesos no suponen el riesgo de hacer que el ciudadano sienta que debe conformarse con limosnas. Lo que se entiende en un principio como revolucionario puede acabar deviniendo muy reaccionario. Comparto con usted la idea de que hay un importante conocimiento sobre construcción en barrios, villas miseria y favelas, pero sería fundamental sanearlo.

Das en el clavo. Muchos colectivos autónomos e independientes están comenzando a recibir ayudas del Estado, que ve en ellos organismos que pueden activar una zona sin necesidad de construir un edificio que cueste millones, y por eso únicamente les dan unos miles. Esto es algo que hemos tratado de evitar, lo cual no significa que rechacemos la ayuda del gobierno, sino que incluso hemos logrado forzar al gobierno a que las cosas cambien. Si se nos impone una compañía constructora, le obligamos a contratar personal local y también a incorporar capital simbólico.

El capital simbólico exige que, si una compañía constructora se inserta en una comunidad, no solamente ha de contratar mano de obra local, sino que también debe enseñar. La pedagogía debería estar implícita en cada proceso que llevemos a cabo. No se trata solamente de construir, sino de entender otras metodologías de enseñanza y que la obra es un aula de clase abierta. Así activamos procesos de intercambio de conocimiento. La autoconstrucción es positiva pero es interesante también adoptar el conocimiento científico. Al transversalizar ambos, aparecen esas operaciones más mestizas. Híbridos tecnológicos, tecnologías derivadas.

Estas experiencias ponen en discusión el rol de la democracia y su capacidad para convertirse en un instrumento equitativo y equilibrado. No se trata simplemente de construir otras formas de poder que parecen ser justificadas por el voto y otros protocolos que garantizan la participación pero que, en realidad, no son justos y generan de nuevo formas de poder jerarquizado.

Los movimientos que no quieren implicar al Estado se equivocan porque se aíslan y generan una nueva dicotomía. Pero, como digo, también está el Estado oportunista, que asegura que ahora quiere distribuir el poder según nuevas estructuras.

Nuestro fin no debe ser un edificio. Los edificios traen problemas, se convierten en instrumentos de poder. Quizá en África resulta más interesante construir una red que una infraestructura porque permite que la gente trabaje por sí misma

Se habla mucho de la conciliación entre estos dos cuerpos, y creo que ahora estamos en ese momento en que hemos logrado conectarlos. No obstante, nos hemos dado cuenta de que la lucha no puede seguir así, constantemente tratando de equilibrar esas dos condiciones, sino que es necesario dar un paso más allá: la gobernabilidad en red. Que definitivamente no existan ni el Estado ni los movimientos de base, sino que, finalmente, estos, que ya han comenzado a operar a partir de otras nuevas células de organización, con otros protocolos y organismos para tomar decisiones y atender, construyan políticas.

Desde nuestra práctica nos hemos convertido casi en juristas al generar nuevas políticas, pero no hay otra alternativa cuando la ley está siempre sujeta a interpretaciones. Quizá los protocolos de participación tengan más que ver con volver a nuestras raíces: conciliar, entendernos, discutir, tomar decisiones, entender que el voto en una asamblea no es el único instrumento democrático. Incluso llegar a dejar de depender del voto. Pensamos que las asambleas deben terminar en acuerdos, no en votaciones. Por eso los proyectos que hemos llevado a cabo duran tanto tiempo y los procesos se ven tan dilatados. Pero, como decía antes, hacer arquitectura es construir relaciones humanas. Lo que queremos es que cada una de estas oportunidades autogestionadas nos permita estar cerca.

Siempre se dice que los arquitectos causamos problemas donde no los hay y que problematizamos la realidad. Quizá sea más interesante sumarnos a las luchas que existen y que esa sea nuestra manera de vincularnos a la ciudad. La arquitectura es una máquina de empoderamiento: un soporte que desaparece incluso –algo que es muy difícil de concebir para un arquitecto: que el edificio desaparezca– y deja que la vida esté en él.

El próximo paso es hacer que cada infraestructura, que no debe ser necesariamente un edificio, no quede terminada. No queremos hacer arquitectura con palos y basurita que se destruya al poco tiempo, pero tampoco queremos hacer una gran edificación. Queremos establecer un sistema que eventualmente consolide las infraestructuras temporales, que pueda ir estableciéndose y consolidándose en determinadas acciones y no sólo en transformaciones de edificios.

¿Cómo actuar con estas metodologías ante la demanda de infraestructuras indispensables como escuelas u hospitales?

Necesitamos de infraestructuras mucho más flexibles. En una favela que necesita un colegio, las clases se pueden dar en distintas partes. Es decir, se puede atomizar y fragmentar el cuerpo de la arquitectura en dispositivos operativos.

También la medicina. La asistencia médica puede distribuirse de manera distinta a la de un hospital. Puntualmente se necesita un quirófano y determinadas estructuras, pero no debe ser necesariamente un gran hospital que nunca sabe cómo mantenerse.

Estos edificios tienen esta lógica multiprogramática que les permite ser transversalizados o alimentados de distintas formas. No se trata de generar grandes edificios institucionales, sino de producir otras transformaciones sin pensar tanto en infraestructuras.

Hay que centrarse en la operatividad. Eventualmente, esta operatividad va a demandar una infraestructura y ahí es donde vienen todas las estrategias que se han ido utilizando. Recircular la materia, manejar la segunda vida de la industria, trabajar con materiales locales, apostar por la reducción de impuestos, articular con el Estado, mejorar las instituciones estatales, conseguir las inteligencias, saberes y talentos locales...

Plantea lo que sería una especie de vuelta a los orígenes, a un cierto «primitivismo», saltando por encima del Movimiento Moderno. Abandonar la arquitectura de la imposición para retornar a una forma de hacer arquitectura más orgánica y de sentido común que atiende a lo inmediato.

Y haciéndolo desde nuestro conocimiento. Mucha gente nos ha denominado «de tecnologías derivadas», una palabra que nos gusta mucho. Tecnologías que provienen de otras esferas u prácticas tradicionales y que pueden transversalizarse en la arquitectura.

También hemos apostado por lo que denominamos «producción para las masas», en oposición a «producción en masa». La competitividad, la producción a la manera fordista se basa en el trabajo forzado, y nosotros apostamos por una producción que proviene de la subjetividad, que imprime un cierto vigor a la creatividad.

Es una paradoja cuando nos dicen que deberíamos patentar las tecnologías que hemos producido. Pero, ¿cómo vamos a patentar algo que ni siquiera es de nuestra autoría? Y que además está hecho para la gente. Se trata de una tecnología para masas.

Polideportivo Carbonell
Polideportivo Carbonell - Irina Urriola

Todos los que participamos en estos programas colectivos (arquitectos, sociólogos…) sintetizamos nuestras propuestas, las hacemos inteligibles para transformarlas en un recurso abierto que transferimos a otras personas. Un detalle constructivo que parte de interactuar con un herrero o un mecánico, por ejemplo, se convierte en un documento que otra persona puede utilizar.

Me sorprendió mucho y me resultó una paradoja leer en Plataforma Arquitectura que ELEMENTAL liberaba para uso público cuatro planimetrías de viviendas sociales, porque esto implica que era algo que se consideraba cerrado. ¿Acaso fue hecho para ser parte de una patente? Me resultó amargo ver que un proyecto social tan exitoso de pronto liberase sus licencias, cuando debió nacer sin ellas porque surgió de procesos asamblearios.

Este es uno de los temas que quería plantearle. La naturaleza humana es bastante perversa. La historia nos ha demostrado que de organizaciones que nacieron como asamblearias posteriormente surgió una figura que pasó a liderarla de manera personalista, a atribuirse en sus propias manos méritos y autorías. ¿Cómo prevenirlo?

En nuestro caso, destacamos siempre que se trata de un proyecto hecho a múltiples manos. No renunciamos a nuestra experiencia y conocimientos como arquitectos, sino que más bien nos especializamos en lo que sabemos. No le damos el lápiz a una persona de la comunidad para decir que somos más participativos, sino que se trata de generar formas de colectividad y de respetar la individualidad. Si somos conscientes de ese pensamiento individual, podemos reunirnos colectivamente. Si somos conscientes del talento individual, podemos transportarlo a otro lugar. No tenemos que renunciar a nuestras prácticas para tratar de ser más colectivos, ni participativos.

Las tendencias mediáticas de la arquitectura siguen erigiendo y potenciando el poder de la figura individual. ¿Cómo afrontan ustedes el conflicto que a un trabajo tan netamente concebido como colectivo le plantea la fuerza de estas inercias contemporáneas?

Cuando hay que firmar proyectos entonces debo figurar individualmente como Alejandro Haiek. Nosotros no hacemos trabajos comerciales. Trabajamos de forma totalmente horizontal: muchos jóvenes pasan por ahí, nos conectamos también con personas que practican otras disciplinas… pero el rostro que siempre aparece es el de Alejandro Haiek. No es algo que me agrade, pero comenzó a suceder cuando las comunidades me forzaron a aparecer porque hubo un cierto nivel de madurez.

Nos hemos convertido en etnógrafos, y nuestra investigación ha abarcado hasta el punto de que quedamos atrapados. No trabajamos para una comunidad, sino que somos comunidad. Y, aunque no nací ahí, pertenezco a la favela en la que se encuentra el pabellón Carbonell. Promuevo políticas con ellos, participo con ellos, soy parte de ellos, no me perciben como «el arquitecto».

En el caso de una asamblea, se discutió mucho mi posición, porque cuando ganamos el primer premio, hubo un cierto recelo hacia nuestro laboratorio de investigación. Se destacó al arquitecto, y yo recalcaba todo el tiempo: «Es una arquitectura desaparecida, es un suelo solamente». Eso genera una cierta fricción, pero sólo el tiempo construyó las relaciones y nos colocó a nuestro estudio y a mí mismo en esta comunidad, en la que todos nos hicimos conscientes de cuál era el rol individual de cada uno.

Todos estamos en riesgo de caer en el «establishment» con cada entrevista, con cada premio. Sucede que nuestro discurso comienza a parecerse al del gobierno, que todo el mundo está utilizando el nuestro

Ahora son el resto de mis compañeros quienes me han forzado a tener una cuenta de Instagram, a abrir hace menos de un año una cuenta en Facebook. Teníamos un Facebook del laboratorio y yo un álter ego, llamado Armando Puentes. Yo no quería aparecer. Nos dimos cuenta de que era una estrategia para acceder a oportunidades y juntar fuerzas para tener un cierto poder. Puesto que constantemente tratamos de democratizar el poder, la comunidad nos dio ese permiso. Y como nosotros mismos formamos parte de la comunidad, eso acabó siendo una estrategia.

Nos dimos cuenta de que la forma de crear alternativas para nuestra práctica no era oponernos al sistema. Protestar no es ir con carteles a tirar piedras, sino algo mucho más estratégico. Es casi infiltrarse en el sistema, sacar energía de él, utilizar las mismas estrategias del mercado y la propaganda, movernos en el imaginario «mainstream» pero saliéndonos de él y operando de otra manera. Nuestro mismo sentido de comunidad nos hace ver que somos tan potentes porque el tiempo nos ha construido juntos y que cada personalidad e individualidad está aportando al colectivo.

Los proyectos crecen y destacan a partir de cada uno de nosotros. Cuando un grupo de «break dance» del barrio gana un concurso en Japón, cuando sociólogos publican en otras partes del mundo, cuando los grafiteros se hacen famosos, cuando Manu Chao viene a visitar el Parque… En cada uno de esos momentos, nosotros crecemos como estudio. Así comprendimos cuál es el verdadero valor del trabajo en colectivo: que cualquier participación te construye también a ti y eso es algo que va más allá de nuestra imaginación.

Estoy de acuerdo con los fundamentos de su planteamiento. Escucho sus propuestas como perfectamente viables en su contexto pero no creo que pudieran ser directamente «exportables» a otras realidades. La mano de obra en Europa es muy cara, el reciclaje de ciertos materiales puede ser más gravoso que la prefabricación. ¿Cómo cree que podría explicarse el modelo que plantea a una realidad con sus propias circunstancias, de forma que se distancie de la frivolidad y el esnobismo con que se vienen interpretando?

Al inicio de la conversación señalabas un concepto que me parece importante: el de la precarización de lo social. La renuncia a trabajar con sistemas que exploren nuevos sistemas constructivos. Lo social es inherente a la arquitectura.

Y cuando debemos enfatizar eso o aclararlo es que algo va mal.

Exactamente. Por otro lado, dentro de toda esta dinámica mediática, nosotros hemos estado bastante desaparecidos. Llevamos quince años dedicados a esto y el motivo de esa falta de cualquier protagonismo es que nos hemos comprometido en largos procesos. Es una arquitectura de muy fácil ensamblaje, muy rápida, pero que requiere procesos muy extensos. Una especie de «slow-architecture». A la arquitectura también le incorporamos estos procesos de construcción de redes, de construir relaciones sociales.

Llevamos diez años haciendo edificios que se habrían podido hacer en diez meses, pero no habría sido lo mismo. Si el dinero hubiese llegado, los problemas también lo habrían hecho. Y esto no es una renuncia al dinero. Si hubiéramos podido construir inmediatamente, la arquitectura sería distinta. Es justamente ese tiempo el que toda comunidad necesita. Podría decirse que hace falta iniciar muchos procesos porque cada proyecto es capaz de hacer detonar dinámicas culturales, deportivas, de pedagogía…

Tiuna El Fuerte Cultural
Tiuna El Fuerte Cultural

Luego está el tema de esa suerte de estandarización: los proyectos sociales se hacen con mala arquitectura. Y si alguien logra hacer un edificio contundente es como que sea ajeno a la comunidad, porque parece darse por hecho que la comunidad se merece algo precario. En lo social se encuentra la oportunidad para construir una nueva estética.

Los métodos tampoco pueden ser estandarizados, porque si bien hay como unos ciertos procedimientos que pueden aplicarse a todo proyecto comunitario es preocupante que empiece a haber metodologías establecidas. Efectivamente, hay cosas que es posible compartir, pero hay otras que son muy locales. Se habla incluso de dejar que la comunidad se exprese. El arquitecto comunitario siempre habla de la comunidad como algo ajeno a él, y ahí habría que preguntarse dónde está la comunidad del arquitecto.

Nosotros no somos comunidad porque somos expertos o, eventualmente, podemos entendernos en primer lugar como ciudadanos y saber que estamos construyendo para construir una nueva noción de Estado, una nueva sociedad, no para «salvar».

Esta convicción del «salvador» es el gran problema que, además, ratifica cuál era la situación que estaba produciéndose hace una década: el arquitecto llegaba a cambiar la fisionomía de la ciudad, a dotarle de un nuevo poder global. Hemos podido constatar cómo esos edificios objeto construidos para cambiar la ciudad han acabado siendo fiascos problemáticos en muchísimos sentidos.

Hay algo interesante en esto y es que nuestra mayor responsabilidad es objetivar, hacer inteligibles los procesos. Así como ya existen unos métodos y protocolos, lo necesario es abrirlos. Cada una de estas experimentaciones debe conseguir otras nuevas formas de participación, otros protocolos que democraticen las prácticas, otras formas de asumir nuestra disciplina, de no basarnos en el clientelismo (la arquitectura no precisa de clientes) ni tampoco en concursos (que a veces están sesgados o manipulados por los intereses de quienes los promueven y que tampoco representan los intereses de la comunidad). Hay otras formas de hacer ciudad.

¿Y cómo llevar esto a cabo sin incurrir en la precariedad?

Hace falta ver dónde están los recursos. Cómo se accede al dinero. Eso es lo que debemos explicar ahora. Y lo que debemos difundir quienes hemos estado en esto es ser cada vez más rigurosos con los procesos. La idea de colectividad pretende mostrar una nueva manera de ser sensible ante el mundo, pero los colectivos se están convirtiendo en otra forma de gobernar. Todos muestran sus proyectos, sus «work in progress», y finalmente todos terminan mostrando imágenes de edificios bellísimos, pero nunca sabes de dónde obtuvieron el material. Esos protocolos tampoco se conectan en grupo. Es muy difícil trabajar en colectivo. Se da una cosa que es en cierta manera muy ficticia.

¿Cómo asumir esa responsabilidad?

La responsabilidad está ahí. Cada edificio debe tener una responsabilidad e iniciativa colectiva, debe explicitar sus procesos y difundir la información. En el caso del Parque Cultural Tiuna el Fuerte se hicieron una serie de pequeños fanzines. Nos dimos cuenta de que muchos colectivos llegaban al parque y nos preguntaban cómo nos habían permitido hacer eso. Algunas preguntas eran en términos legales; otras, técnicas; otras, asociativas. Abogados, arquitectos… Todos nos dimos cuenta de que teníamos cosas que explicar y decidimos que cada grupo hiciera un fanzine para responder esas preguntas. Generamos así un compendio de libros para repartir entre los colectivos.

Muchos esos proyectos comienzan con lo que denominamos «cartografías sociales». Los barrios, que no son los mismos de hace sesenta años, contienen toda la energía necesaria para transformar el lugar. No es preciso que tenga que venir de otro lugar. Lo difícil es ver cómo conectar ahí. Con Artesanos, artistas, técnicos, profesionales… Individuos que van a su trabajo formal y, cuando finalizan su jornada, se dedican a hacer comunidad.

Buscamos que cada obra sea capaz de generar una microeconomía que permita que la gente pueda trabajar ahí. En el caso de la compañía constructora, no sólo hacemos que contraten al 80% de la nómina o que dicte talleres de formación a la comunidad, sino que subcontraten también algunas partidas del contrato de obra. Permitimos que las cooperativas de construcción accedan a créditos, como para tener un camión, por ejemplo, y que empiecen a adquirir partidas de ese presupuesto de construcción.

¿Cómo algo que surge planteado como progresista puede terminar como reaccionario? ¿Cómo evitar que estas acciones, pese a las mejores intenciones que guían muchas de ellas, sigan sirviendo para segregar? En los barrios ricos va a seguir habiendo grandes y sofisticados hospitales y colegios.

Se trata de construir sin edificar. Nuestro fin último no debe ser un edificio. Los edificios traen problemas, se convierten en instrumentos de poder. Quizá en África resulta mucho más interesante construir una «network» que una infraestructura porque permite que la gente trabaje por sí misma. Efectivamente, hay muchos proyectos de participación que, una vez el experto se marcha, nadie toma las riendas.

Llegan estos colectivos con sus propuestas como dispuestos a enseñarles a hacer las cosas y no entienden que no es que a esas comunidades les faltase la capacidad para hacer las cosas. Les faltaban los recursos.

Hemos desarrollado una paleta que nos permite examinar la forma en que se gestiona el poder en cada proyecto. Hay algunos que son completamente autoiniciados, autónomos, y que yo consideraría una forma de autogobiernos. Que incluso generan tantos programas formativos que luego son captados por el gobierno e institucionalizados. El proyecto mantiene su independencia porque se autogestiona y genera programas socioproductivos. Ha recibido financiamientos puntuales pero no es una carga para el alcalde.

Proyectos como el polideportivo Carbonell se iniciaron hace treinta y cinco años, pero recibieron la ayuda del Estado. La ayuda participó de una forma interesante, pero infiltró su mano y fuerzas en la comunidad. Así, quienes no son chavistas, no están tan próximos al alcalde como otros, lo que genera una fragmentación en el interior de la comunidad.

Se dice que los arquitectos causamos problemas donde no los hay y que problematizamos la realidad. Quizá sea más interesante sumarnos a las luchas y que esa sea nuestra manera de vincularnos a la ciudad

Cuando nosotros como arquitectos recibimos algún tipo de dinero, inmediatamente nos encontramos con problemas también. Por eso hemos empezado a generar otros protocolos, y cuando recibimos una financiación revelamos nuestra administración y aplicamos las utilidades de ese dinero para reinvertirlo. Atendemos otros proyectos o necesidades que están ahí. Nos preguntamos por qué cuesta encontrar economistas que compartan esta misma filosofía.

Por su parte, un proyecto impulsado por el gobierno funciona en un cierto sentido pero está a la vez generando problemas. El gobierno replica esos protocolos, institucionalizándolos, e incluso promueve procesos de participación asamblearios. Protocolos de la arquitectura social, entre comillas. Pero vuelve a producirse la situación del papá-Estado promoviendo un proceso que no es verdaderamente efervescente ni nace de la espontaneidad cultural. Y pese a que pueda tener buenas intenciones termina dando problemas, porque, en el momento en que el Estado se separa un poco, la gente lo suelta.

El último caso que detectamos entre los proyectos en que hemos tenido oportunidad de participar es el asistencialista: el proyecto del plan de Estado. Es ese alcalde que va por ahí repartiendo canchas, el clásico de la democracia latinoamericana. Este caso es uno de los más perversos: No hay participación, no hay toma de decisiones colectivas, ni siquiera hay procesos de consulta. Paradójicamente, el Estado los termina mucho más rápido. Los proyectos se destruyen al año, no establecen ningún sentido de comunidad ni de pertenencia, e incluso dan pie a la discusión política –que en el caso de Venezuela está muy polarizada−. Si la gente es de signo político al alcalde, no usará esa infraestructura, independientemente de que la necesite o no.

Por ese motivo, nosotros forzamos al gobierno a demostrar que trabaja para nosotros. No hacemos ni partidismo ni proselitismo político. No creemos en los partidos, ni en la democracia partidista. Creemos en otros modelos, que son los que estamos explorando, pero, por supuesto, nos gusta hacer proyectos con todo tipo de alcaldes.

Agregaría otro punto a ese tema de la polarización: las formas en que las estructuras sociales se asociaron. En Latinoamerica, las agrupaciones fueron criminalizadas durante años; actualmente, hay un marco legislativo que les permite asociarse y trabajar en colectivo de una manera horizontal, que empieza a manejar liderazgos no jerárquicos y que permiten la individualidad y trabajar en equipo. Esto supone un cambio muy positivo para el país. De la asociación de vecinos, que era la célula geopolítica en los años 70, pasamos a las asociaciones comunales, que tiene derecho además a acceder a créditos y disponer de cuentas bancarias. El límite de estas asociaciones no es físico, sino delimitado por sus necesidades. Pueden discutir el presupuesto participativo de la región en asambleas. En Venezuela hay una nueva estructura que da soporte a esto. Es ahí donde está la arquitectura.

Soy pesimista, y aunque creo que surgen y surgirán cambios que serán honestos en contextos determinados, me parece que será muy difícil inducir a cambios profundos que eliminen verticalidad y jerarquías. Me parece muy valioso el análisis crítico que estás haciendo sobre la política, pero quisiera rogarte una opinión crítica sobre el propio establishment de la arquitectura y, en concreto al de la vertiente populista de la arquitectura cuya cabeza más visible, Alejandro Aravena, hoy es ya una parte firme de dicho «establishment».

Todos estamos a riesgo de caer en ese lado del «establishment» con cada entrevista, con cada premio que podamos ganar. Sucede que nuestro discurso comienza a parecerse al del gobierno, también nos encontramos que todo el mundo está utilizando nuestro discurso. Grupos que trabajan para el gobierno hablan de participación y publican su discurso por todos lados. Esto hace que nuestra responsabilidad sea aún mucho más específica.

¿Les incita esto a ser también mucho más combativos a la hora de explicar las cosas?

Siempre está el querer sumar desde nuestra posición. Nuestra crítica a la política podría ser más dura, pero consideramos que nuestra responsabilidad es explicar esas distinciones. Explicar qué significa verdaderamente la participación, cuán perverso puede ser que las manos del Estado estén ahí, cuán perverso puede ser que el arquitecto se crea un experto, cuán perversos son los medios, para qué sirven, de qué nos sirve tener redes sociales.

En un momento éramos muy desconocidos. El pabellón se conoció cinco años después de haberse comenzado, ganó un premio y tenía el 30% de la infraestructura construida. Cuando nos contactaron con Plataforma Arquitectura nos preguntaron: «¿Por qué no publican?». Nuestra respuesta fue que estábamos concentrados en lo que estábamos haciendo.

Detalle de la Plataforma Programática
Detalle de la Plataforma Programática

Nuestra práctica no puede caer en una homologación de lo social. Lo social, lo ambiental, lo ecológico, son términos inherentes a nuestra práctica. No son apellidos de la arquitectura. Estamos innovando en protocolos, renovando nuestra práctica. Entendemos nuestra disciplina como un cuerpo flexible. Se habla mucho de interdisciplinaridad, multidisciplinaridad… Creemos en ella. Queremos situarnos en los bordes, lugares de intermediación donde sea posible operar. Donde lo que podemos hacer no sea definible estrictamente como arquitectura.

¿Qué responsabilidad tenemos aparte de difundir, escribir, hacer crítica, definir las cosas y hacerlas inteligibles? Y no hacer una práctica como sucede en Latinoamérica, donde el docente vuelca sus frustraciones cuando está en la escuela. Infiltrar una práctica en la academia significa operar en una situación conceptualmente entremezclada de academia, práctica profesional y experimentación.

En las prácticas profesionales se generan programas de formación. No sólo en el interior de la comunidad, sino que también podemos invitar a universidades a participar, y no sólo de Venezuela. En esa práctica profesional estamos haciendo docencia e investigación, una investigación que se hace con herreros, carpinteros. Y estos proyectos académicos se convierten en proyectos profesionales. De igual manera, los proyectos que parten de investigaciones que estamos realizando en el estudio se convierten eventualmente en proyectos profesionales que captan a la academia.

Estamos operando en una situación conceptualmente entremezclada. No hay distinción entre la práctica profesional, la experimental y la académica, sino que justamente debemos encontrar un espacio en el que esas condiciones se crucen para que la academia no esté despegada de los problemas, para que la profesión no esté controlada solamente por el mercado inmobiliario, ni en lal que la investigación sea un mero placer intelectual que sirve para generar más conocimiento pero que no acaba por conviertirse ni en tradición ni cultura.

Me gustaría aprovechar este encuentro para preguntarte por su opinión sobre la Torre David. Personalmente, me pareció un acto perverso e hipócrita que se la reconociera con el León de Oro en la Bienal de Venecia.

Sé que hay una investigación seria tras ello y muchos jóvenes involucrados en esto. El equipo que ha dirigido esta investigación son personas que valoro intelectualmente. Mi práctica se distancia de la suya, al igual que lo hace de la de Aravena. Quisiera responder esta pregunta planteando un punto de debate: antes de Urban Think-Tank (UTT), hubo un grupo de arquitectos, sociólogos y fotógrafos que registraron la situación.

A partir de la Ley de Tierras de Chávez, se invadieron otras muchas torres, además de esta. Hay muchas favelas verticales. La Torre David es la más grande, pero hay muchas otras. Desde UTT fueron inteligentes: trajeron a Iwan Baan, que tomó unas fotografías fabulosas.

Hemos demostrado que es posible construir no en la ciudad formal, sino en la que resulta del accidente. Que, ahí donde no hay normas, cada proyecto se convierte en una oportunidad

Otro aspecto que pondría en discusión sería que no sé si todo el mundo es consciente de que fue completamente espontánea la ocupación. Creo que ese detalle se desdibujó y, a veces, da la sensación de que fue Urban Think Tank quien creó esa comunidad. UTT trató de gestionar algunos talleres comunitarios ahí, y registraron muy bien el mundo de la difusión. Produjeron unos libros muy hermosos, documentales… Manejaron los «media» para poner el foco sobre temas de los que no se estaba hablando en el mundo y sobre los que había muchos prejuicios.

Comparto contigo la opinión de que todo esto puede resultar perverso, pero quizá soy muy optimista y sigo pensando que, aunque la realidad está un poco distorsionada, igual esto es positivo.

Pero, ¿qué sucede cuando a la gente se la expulsa de allí? Porque la Torre fue vendida a un banco.

Ese es el punto final que quiero plantear: ¿Podrían sacar a la comunidad del Fuerte y vendérselo a otro lugar? No, es imposible. ¿Podrían sacar a la gente de Carbonell? Tampoco. Entonces, eso es justamente lo que nosotros estamos creando. Si verdaderamente hubiera un proceso de empoderamiento tan contundente, el edificio no se habría desalojado.