Vargas Llosa en una imagen de archivo
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Vargas Llosa regresa a su infancia literaria

A pocos días de que abra sus puertas la Feria del Libro de Madrid, adelantamos en exclusiva este texto con el que Mario Vargas Llosa prologa «El escritor en su paraíso», de Ángel Esteban (Periférica), y donde relata su aprendizaje como lector

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Siempre he dicho que lo más importante que me ha pasado en la vida ha sido aprender a leer, y creo que no hay ni una pizca de exageración en esa frase. Recuerdo cómo a los cinco años mi mundo de pronto se enriqueció de una manera extraordinaria y cómo gracias a la lectura empecé a vivir, no solo a leer, experiencias extraordinarias, viajes en el espacio, viajes en el tiempo: unos destinos que estaban fuera del alcance de la experiencia real, pero que la literatura volvía reales por el hechizo que me producía la lectura. En esa época no sé si otros niños de mi generación leían cómics. Yo no. Mi primer esbozo del mundo de la ficción fueron historias escritas con palabras, que me exigían el esfuerzo intelectual de trasladar esas frases a un mundo de imágenes. Es decir, sin saberlo, eran ya lecturas literarias.

Sin salir de Berlín

Recuerdo que las revistas infantiles que entonces circulaban por América del Sur eran las de novelas por entregas. Había sobre todo dos que yo esperaba con impaciencia cada semana: una chilena, El Peneca, de la que años después descubrí que su directora era quien escribía todas las historias de aventuras que aparecían allí, y Billiken, una revista argentina, más variada y mejor presentada, que tenía por ejemplo cosas de deportes, pero también muchas historias para leer. Y también las historias de Salgari. Y las de Karl May, un escritor alemán que escribía novelas del Oeste sin haber salido nunca de Berlín. Sí, fui un lector voraz, que en las navidades, cuando había que escribirle cartas al niño Dios, siempre le pedía libros. La lectura no solo fue un hecho fundamental en mi niñez, sino que contribuyó a que esos primeros años, que pasé en Bolivia, fuesen mi edad dorada, la edad de la absoluta felicidad. No tuve ni un desengaño ni una frustración. Casi fui ese niño de caricatura que es el niño absolutamente feliz.

Más tarde, el volver al Perú y conocer a mi padre fue cambiar de vida completamente. La imagen idílica que tenía de la existencia se acabó. Con mi padre descubrí, por ejemplo, la soledad, pues hasta entonces había vivido con una familia casi bíblica por numerosa. En Lima, no; vivíamos aislados, con una persona que ejercía una autoridad muy fuerte que yo rechazaba y con la que muy pronto también descubrí el miedo. Creo que antes nunca lo había tenido, pero ante mi padre sí: un miedo-pánico que me paralizaba cada vez que me reñía o levantaba la voz porque lo hacía con una ferocidad que me llenaba de terror. A él, a diferencia de mi familia materna, no le hacía gracia que yo escribiera versitos. Al contrario, lo espantaba. Asociaba la literatura a la bohemia y creía que si alguien se dedicaba a la literatura estaba condenado a fracasar.

Gracias a la lectura comencé a vivir, no solo a leer, viajes en el espacio y el tiempo

Mi padre, además, me metió a un colegio militar pensando que allí iban a erradicar toda mi veleidad literaria, y el pobre, sin saberlo, me dio el tema de mi primera novela. En el colegio militar Leoncio Prado leí muchísimo, sobre todo los días de encierro. Como por cualquier falta nos castigaban y nos quedábamos encerrados a veces sábado y domingo, esos fines de semana sin salir a la calle eran para mí días totalmente entregados a la lectura. Recuerdo haber leído, por ejemplo, toda la serie de Dumas de los mosqueteros: Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne. O Los miserables, de Victor Hugo. Es una de las primeras lecturas que se me quedaron grabadas en la memoria, maravillado por las aventuras de Jean Valjean, Marius y Cosette.

Pago en cigarrillos

En el Leoncio Prado también empecé a escribir. Aquello que parecía imposible en un mundo militar, la literatura, fue sin embargo posible y de una manera inesperada. Empecé a escribir cartas de amor para mis compañeros, que además me pagaban por escribirlas, generalmente en cigarrillos. Era muy divertido, porque para contestar las cartas que recibían de sus enamoradas, yo antes tenía que leerlas, y así me enteraba, entonces, de sus intimidades. Más tarde, en la época de la universidad, comencé a leer muchísimo, síntoma, creo, de una vocación literaria. Leí a Camus y Sartre, por ejemplo, para quienes escribir era actuar. Para ellos, las palabras eran hechos y estaban convencidos de que a través de la literatura uno podía influir en la historia. También descubrí a los grandes norteamericanos: Faulkner, Hemingway, Scott Fitzgerald, Dos Passos, pero sobre todo Faulkner, otro de los autores a los que leí con verdadero deslumbramiento. Fue el primer autor al que leí con lápiz y papel, tratando de desentrañar las estructuras temporales de sus historias, cómo hacía saltar la historia al pasado para luego volver al presente, cómo constituía esos laberintos temporales en los cuales uno no se perdía al final; al contrario, de toda esa oscuridad salía una luz extraordinaria que te revelaba toda la complejidad que había detrás de la anécdota.

En esos años en San Marcos entré también en círculos marxistas y leí a fondo cierta literatura prohibida. Eran libros que no se enseñaban en la universidad ni se vendían en las librerías, sino bajo cuerda, y que había que leer a escondidas con la sensación de vivir una aventura peligrosa. Esa época cambió mi vida. Empezó el periodo que cuento en La tía Julia y el escribidor. Tuve que buscar varios empleos, y uno de ellos era hacer de bibliotecario en el Club Nacional de Perú. El Club Nacional es una institución muy importante, es el club social más antiguo, y para mí entonces representaba a la oligarquía, la gente rica, la alta sociedad.

En el colegio Leoncio Prado empecé a escribir cartas de amorpara mis compañeros

Raúl Porras Barrenechea, el historiador para el que yo ya trabajaba, formaba parte de la directiva, era el bibliotecario, y como tal, podía contratar un asistente. Y me contrató en esa época en la que yo, recién casado, buscaba varios empleos para sobrevivir. Llegué a tener siete. Como asistente del bibliotecario del Club, mis obligaciones consistían en registrar los libros que se iban comprando, pero fuese por falta de dinero o por negligencia, ya no se compraban libros, y entonces yo tenía las dos horas que debía estar allí para leer y escribir. Estoy enormemente agradecido al Club, porque en esas dos horas descubrí, en un cuartito del cuarto piso, escondida detrás de un discreto biombo, una colección de libros eróticos franceses maravillosa. Estaban, por ejemplo, los veinte o veintidós tomos de Les maîtres de l’amour, «Los maestros del amor», la colección dirigida por Guillaume Apollinaire, muchos de los cuales habían sido prologados por él mismo. Era una literatura exquisita que los socios tenían allí, libros que claramente había comprado un bibliotecario con gran predilección por el erotismo de sesgo francés y con los fondos de la oligarquía peruana. De tal manera que a la oligarquía peruana yo le debo toda mi cultura y mi formación erótica.

Morir de frío

Poco después, a fines de los años cincuenta, llegué a Madrid con una beca y me instalé a leer novelas en el salón de lecturas de esta Biblioteca Nacional, que era, a diferencia de lo que es ahora, un lugar donde uno se moría de frío. No había calefacción. Entonces, en invierno, había que leer con abrigo y a veces hasta con guantes, porque realmente uno desafiaba la pulmonía. Y recuerdo ese año y medio por todas las novelas de caballería que leí en esta biblioteca. La colección desde luego es soberbia. Yo había descubierto el género en Lima gracias al Tirant lo Blanch, que leí en la biblioteca de San Marcos; es una novela que me impresionó muchísimo, no solo como lector, sino como escritor. Y entonces empecé a leer novelas de caballería y casi todas las tardes de la semana iba a la biblioteca a leer una por una toda la colección de los amadises, los esplandianes, hasta que encontré un libro –cosa extraña– de caballería francés, el Lancelot du Lac, que no se podía sacar sin un permiso eclesiástico.

El Madrid del que estamos hablando es el de fines de los cincuenta, no tiene nada que ver con el Madrid moderno, cosmopolita, enorme de la actualidad. Era un Madrid muy cerrado, muy ensimismado, muy incomunicado con lo que ocurría en el resto del mundo. Yo estaba haciendo los cursos del doctorado en la Complutense, y recuerdo que en 1958 retiraron de la biblioteca del departamento de Filología Hispánica todos los volúmenes de la Revista de Occidente, de Ortega y Gasset, que yo ya había empezado a leer. Era, pues, una ciudad pequeñita y muy provinciana. Ahora, tenía también un enorme encanto. Uno podía seguir la trayectoria de las novelas de Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta, por ejemplo, porque ese Madrid estaba todavía allí.

Madrid no solo es hoy mi residencia más habitual, sino que allí escribí mi primera novela, en una tasca que ya desapareció, El Jute, en la esquina de Menéndez Pelayo y Doctor Castelo. Tenía las clases en la universidad en la mañana y por la tarde podía dedicarme a leer y a escribir. Y siempre pasaba unas horas allí, en esa tasca típicamente madrileña, muy simpática, donde había un camarero bizco que me ponía muy nervioso porque se acercaba a leer por sobre mi hombro lo que estaba escribiendo. La primera versión de La ciudad y los perros la escribí allí. Por lo demás, buena parte de mi obra la he escrito en bibliotecas o en cafés. Trabajar en bibliotecas, leer y escribir en ellas, era algo que ya hacía desde Lima. Tanto cuando era estudiante universitario, en la biblioteca de San Marcos, que era muy bonita, una vieja biblioteca llena de telarañas y con cierto aire un poco colonial todavía, como después en la Biblioteca Nacional, que era la mejor biblioteca que había entonces en el Perú.

En Madrid, en una tasca que ya desapareció, El Jute, escribí mi primera novela

Siempre a mano

Posteriormente he trabajado mucho en esta biblioteca y también en la Nacional de Francia, que estaba en la Plaza de la Bolsa. Pero quizá la que más me emociona y me produce mayor nostalgia es la British Library, no la actual, sino la antigua biblioteca de Londres, la que funcionaba dentro del Museo Británico, en esa sala gigantesca con esa cúpula maravillosa. Creo que allí sí, todos los años que viví en Inglaterra, pasé varios días a la semana trabajando por las tardes. Era un placer enorme, no solo por su riquísima colección, sino porque en esa sala, alrededor de las mesas de lectura, había unos asientos muy confortables donde podías sentarte a leer en una atmósfera cálida, estimulante y con la impresión de estar rodeado por los ojos de sabios, poetas, pensadores y creadores inmensos. Muy cerca de donde yo me sentaba estaba el sillón con la placa donde iba a trabajar Marx, que como se sabe escribió casi todos sus ensayos filosóficos allí.

Por eso sentí como la muerte de un familiar que la vieja British Library saliera del Museo Británico y se fuera a ese horrible edificio donde está ahora. En todas estas bibliotecas siempre he hecho fichas de lo que leía, y si de pronto una de esas anotaciones estimulaba mi imaginación, allí mismo sacaba mi libreta y me ponía a escribir, porque yo siempre he escrito a mano, todo, novelas, ensayos y artículos periodísticos. Actualmente, cuando voy a una biblioteca, sigo yendo con la pluma y la libreta. No con un ordenador, no. Me gusta el papel, la tinta, escribir a mano. Así comencé, y todavía hoy creo que el ritmo de mi mano es el ritmo de mi pensamiento. Ya luego, cuando tengo un borrador, yo mismo paso al ordenador lo que hago. Pero la primera versión me gusta que salga de la mano, de la tinta, en el silencio de una biblioteca o también en una cafetería, con las conversaciones de fondo.

La primera versión me gusta que salga de la mano, de la tinta, en una biblioteca

Cuando pienso en el inmenso placer que me han deparado las bibliotecas y lo bien que he trabajado en todas ellas estimulado por esos millares de millares de libros en los que está depositado el conocimiento y la fantasía literaria de tantos siglos, pienso con tristeza que quizás la mía sea la última generación que conozca una experiencia semejante si, como no es imposible ya pensar, las nuevas generaciones de escritores trabajarán rodeadas de pantallas en vez de estantes y la materia de los libros no será el papel sino el cristal líquido de las computadoras.