Nórdica: «Hay que huir del concepto gratuito»
Diego Moreno, responsable de la editorial Nórdica - abc
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Nórdica: «Hay que huir del concepto gratuito»

Creada en 2006, Nórdica es ya una veterana cuyo catálogo va más allá de la literatura de aquellos países. Su gran apuesta, el libro ilustrado. Un auge al que esta editorial ha contribuido

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Diego Moreno, que iba para sociólogo, empezó a leer literatura nórdica mientras trabajaba en Crisol como librero. «Un primo mío me recomendó «Hambre», de Knut Hamsun, y desde entonces soy un apasionado de la literatura de esos países –explica–. Me gusta cómo cuentan las historias, ya que huyen del barroquismo y del artificio innecesario. Suelen ser libros de una sencillez poética que me encanta.» Por eso –tras una experiencia fugaz, junto a tres amigos, al frente de Josef K– fundó Nórdica.

La editorial se estrenó el 27 de febrero de 2006 con «Betsabé», del sueco Torgny Lindgren: «Un desastre comercial, nadie nos conocía», recuerda Diego. «El comienzo fue difícil (cuando miraba las ventas me echaba a temblar), pero en las navidades de 2006 publicamos dos títulos que han sido fundamentales para el catálogo y para la subsistencia de la editorial: «El tercer policía», de Flann O’Brien, y «El festín de Babette», de Isak Dinesen y la ilustradora Noemí Villamuza.» Luego vendría un largo etcétera de libros; entre ellos, el propio Diego destaca «Cuentos para un año», de Luigi Pirandello –dos mil trescientas páginas repartidas en tres tomos–, y las obras del xilógrafo belga Frans Masereel.

Doble espaldarazo

Además del Nacional de Edición en 2008, compartido con sus colegas del grupo Contexto, otro premio gordo respalda la labor de Nórdica: el Nobel al sueco Tomas Tranströmer en 2011. «Significó un importante reconocimiento a nuestro trabajo de difusión de la literatura nórdica en España –admite Diego–. Aparte de la satisfacción que ha supuesto apostar por la obra de un autor y que reciba el Nobel, ha ayudado a que Nórdica sea más conocida y también más respetada.»

El sello fue de los primeros en fijarse como objetivo la edición de libros ilustrados, «pequeñas obras de arte que animan a releer o a descubrir clásicos». «Hemos ayudado a consolidar este tipo de libros que ahora abundan –asegura Diego–. Tratamos al ilustrador como lo que es, un autor que tiene en el libro ilustrado un papel tan importante como el escritor. En un buen libro ilustrado, ilustración y texto no se pueden disociar.»

«El Nobel a Tranströmer ayudó a que Nórdica fuera más conocida y respetada»

«En parte gracias a nuestro trabajo, hemos conseguido que las mesas de novedades de las librerías incluyan gran cantidad de libros ilustrados y que la prensa les preste la atención que merecen –añade–. Y me siento muy contento de haber contribuido a la visibilidad del ilustrador como creador.»

¡Viva el vino!

Diego ha ampliado el negocio: también vende láminas, tazas, incluso vino. Él se defiende de las críticas: «Seguro que hay gente que piensa que lo hacemos para forrarnos, pero para nosotros no es un negocio grande, sino la oportunidad de que el librero pueda disponer de objetos culturales en su librería que animen a los lectores a entrar. A mí siempre me ha gustado este tipo de artículos. Llevan años presentes en las librerías inglesas, por ejemplo, y no entendía por qué no llegaban aquí. Existe un fetichismo asociado al libro y a los autores que no me parece perjudicial en absoluto. Con nuestros ilustradores hemos podido aportar algo nuevo a las librerías, siempre con la mayor calidad, pero dejando claro que lo que a nosotros nos interesa son los libros. Me dolería que me criticasen por hacer malos libros, pero no por intentar hacer cosas nuevas que me animen a seguir adelante. Y lo del vino es un capricho personal. ¡Viva el vino!»

Firme impulsora del libro impreso, Nórdica no desatiende el libro electrónico. «Me parece fundamental ofrecer libros de calidad, bien editados, a los lectores que busquen ebooks para que no tengan que recurrir a la piratería. Y es esencial que entre todos defendamos la cadena de valor del libro, así como que la gente se habitúe a pagar por los contenidos culturales –señala Diego Moreno–. El precio tiene que ser razonable, lo que no quiere decir muy bajo; pero hay que huir del concepto de gratuidad asociado a la cultura.»