LLUVIA ÁCIDA

VAN PALOMAAIN

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A Juan Antonio Palomino lo conocía por Van Palomaain, el apodo que en el día de su muerte fue una abrumadora «tendencia» en Twitter

TOMADA la decisión de establecer una distancia pudorosa con las porfías posteriores al accidente de Santiago, que no son sino tómbola de la culpa y exhibición de peritos diletantes, pocos lectores me comprenderán si sugiero que, en el partido inaugural de Chamartín, debería sonar algún tema de Oasis. O tal vez no, porque en realidad eso sería dar un matiz demasiado institucional —o «mainstream», según la jerga adecuada— a la pena de unas personas de talento y vehemencia cuya energía consiste en haberse encontrado las unas a las otras habitando como forajidos un ideal pendenciero del «off».

En los recuentos trágicos, al periodismo corresponde salvar los nombres propios de la triste uniformidad estadística. Me ha parecido insuficiente la breve semblanza del único fallecido en Santiago con el que tuve alguna experiencia personal, y con el que comparto amigos que ahora no saben despedirlo sino agregando a su recuerdo una banda sonora que discurre entre los Who y el «britpop». Recurran al Google los aficionados a la copla, que no me voy a poner ahora a enumerar cuántas veces se puede jugar al «pinball» entre el Soho y Brighton, supongo que con la Lambretta aparcada fuera.

Juan Antonio Palomino, 32 años. Colmenar Viejo. Administrativo. Y ya. La información publicada es escasa. Y, aun así, confieso que lo ignoraba casi todo de esta ínfima biografía periodística. Porque a Juan Antonio Palomino lo conocía por Van Palomaain, el apodo que en el día de su muerte fue una abrumadora «tendencia» en Twitter y que él vinculó a un ingenio prodigioso y a un discurso que abarcaba la cultura popular y una visión alternativa del Real Madrid. La que cuajó en la red durante los años de Mourinho y cobró tanta importancia que la ortodoxia se molestó en aplastarla motejándola «la Yihad».

Son cosas que ahora se antojan insignificantes, cuando estamos hablando de un hombre joven, alegre, cáustico y muy querido que ha perdido la vida, como llevando demasiado lejos su emulación de la estrella del rock. Pero la única manera de sacarlo de la estadística y de rendirle un tributo, que concierne sobre todo a una banda emboscada en el Twitter en la que tengo buenos amigos, es recordar que Van Palomaain formó parte de un movimiento agitador que propulsó la llegada de Mourinho. Un movimiento en parte juvenil, a veces bronco, siempre divertido, que pretendió renovar contra sus propias querencias y perezas a un paquidermo centenario y resignado como el Real Madrid, y que mezcló el fútbol con la música y con añoranzas de estéticas ajenas que dictaban hasta un modo de vestir y de atravesar la noche, como en Quadrophenia. Van Palomaain me regañó muchas veces, cuando estuve en Twitter, por mis tedios tribuneros. Con él y otros a los que conocí ahí mantuve conversaciones por las que terminé viendo a Mourinho como el tercer Gallagher de un gamberrismo rock. Me invitaron a su fiesta, y fui, porque ni siquiera a mi edad y con una tobillera domiciliaria como la de Junior Soprano digo no a una fiesta. Son curiosas las intimidades de Twitter. A Juanan, cuya muerte me ha impresionado tanto, lo vi en persona sólo una vez, pequeño y desbocado, como un Joe Pesci que se te tirara al cuello para clavarte, no un bolígrafo, sino un aforismo.

Todo esto, que ya terminó al mismo tiempo que Mourinho, ocurrió en un ámbito tan subterráneo que requiere un libro. Sé quién debería escribirlo. Y sé también, ahora lo sé, a quién debería ir dedicado.