Una de las cazuelas analizadas en esta investigación, basada en restos de un yacimiento de Turquía
Una de las cazuelas analizadas en esta investigación, basada en restos de un yacimiento de Turquía - Çatalhöyük Research Project.

El hombre ya tuvo que adaptarse al cambio climático hace 8.000 años

El novedoso estudio de restos de comida hallados en cuencos de cerámica ha permitido detectar huellas de una marcada sequía. A causa de eso, una sociedad agrícola de Anatolia tuvo que cambiar sus costumbres

MADRIDActualizado:

Hace 8.200 años, la fusión de un enorme glaciar al norte de Canadá vertió una cantidad tan grande de agua dulce y fría al Atlántico Norte, que cambió la dinámica de las corrientes oceánicas. El resultado fue un marcado descenso de las temperaturas del planeta que se extendió durante cerca de 160 años. El polen, los anillos de crecimiento de los árboles y algunos depósitos minerales así lo atestiguan.

En aquel momento, Oriente Próximo estaba viviendo una revolución. Los primeros granjeros se estaban dispersando desde Anatolia a Macedonia, Tesalia y Bulgaria. Aquellos pioneros estaban comenzando a domesticar cereales y ungulados. ¿Cómo les afectó aquel cambio climático? Un estudio que se acaba de publicar en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), y que ha sido elaborado por arqueólogos y químicos de la Universidad de Bristol (Reino Unido), ha presentado evidencias que muestran que una comunidad de granjeros que vivió al sur de Anatolia (en la actual Turquía), cambió su dieta para adaptarse a este cambio climático. Estos granjeros sustituyeron el ganado vacuno por el bovino y el caprino. Además, los científicos han logrado obtener, por primera vez, pruebas de un evento climático, una intensa sequía, en la grasa animal presente en cazuelas de cerámica.

«Esto abre una vía completamente nueva de investigación», ha dicho en un comunicado Mélanie Roffet-Salque, directora del estudio. «A partir de ahora se puede reconstruir el clima pasado en cada lugar donde la gente usó la cerámica».

La sociedad estudiada ahora vivió en el asentamiento de Çatalhöyük, al sur de Anatolia, entre el 7.500 y el 5.700 antes de Cristo. Los 13.000 restos de cerámica encontrados allí, junto a gran cantidad de herramientas y huesos, son un testimonio inigualable del Neolítico y de la Edad del Cobre. Pero ahora, el análisis de las grasas de los animales ha abierto la puerta a un conocimiento que parecía inaccesible.

Eres lo que comes

De acuerdo con el principio de «eres lo que comes –y bebes–», los científicos se preguntaron si los átomos de las grasas animales que quedaron en los cuencos podrían esconder en pruebas del clima pasado; en concreto, del régimen de precipitaciones.

«Los cambios en los patrones de precipitaciones del pasado se obtienen tradicionalmente con testigos de océanos y lagos», ha dicho Roffet-Salque. «Pero esta es la primera vez en que este tipo de información se extrae de cazuelas para cocinar. Logramos usar señales contenidas en átomos de hidrógeno de las grasas animales que quedaron atrapadas en la cerámica».

Los análisis permitieron analizar el ratio de isótopos (átomos de un mismo elemento químico pero con distinto número de neutrones) de hidrógeno en las moléculas de grasa. En concreto, la proporción entre hidrógeno y deuterio se ha convertido en una huella dactilar de un cambio abrupto en el régimen de precipitaciones de Çatalhöyük, hace miles de años.

«Es realmente destacable que los modelos del clima de entonces sean compatibles con las señales de hidrógeno que hemos detectado en las cazuelas», ha dicho en un comunicado Richard Evershed, coautor del estudio. «Estos modelos sugieren que ocurrieron cambios estacionales a los que los granjeros tuvieron que adaptarse, básicamente, con temperaturas más frías y veranos más secos, que tuvieron un impacto en la agricultura».

Cambios sociales para adaptarse

Al mismo tiempo, los huesos de animales encontrados en Çatalhöyük revelan que hubo una transición: los pobladores del asentamiento cambiaron el ganado vacuno por las ovejas y las cabras, animales mucho más tolerantes a la sequía. De hecho, todavía hoy estos huesos están marcados por cortes practicados por los carniceros de entonces. Dichas señales sugieren que la escasez llevó a consumir una mayor proporción del ganado con que contaban.

Al mismo tiempo, los investigadores detectaron cambios en los propios asentamientos. Han sugerido que, coincidiendo con la sequía y el enfriamiento ocurridos hace 8.200 años, en un primer momento los habitantes de Çatalhöyük cambiaron las viviendas comunales por pequeñas casas familiares. Al final, sin embargo, todo sugiere que tuvieron que abandonar el asentamiento.

Según los autores de esta investigación, el estudio demuestra la utilidad de los marcadores de grasas hallados en cerámica para vincular la arqueología con el estudio del clima pasado. Así se puede estudiar cómo diversas sociedades antiguas se transformaron y se adaptaron en respuesta a importantes cambios climáticos.