En las entrañas del satélite
Imagen del satélite Astra 2G, durante el proceso de integración y pruebas - astrium

En las entrañas del satélite

ABC recorre las instalaciones de Astrium, donde ultiman el Astra 2G, un satélite de telecomunicaciones de nueva generación que dará cobertura a Europa, Oriente Medio y África

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Gorrito desechable para cubrir el cabello, bata blanca extralarga y babuchas de papel para los zapatos. Aunque parezca el atuendo de un manipulador de alimentos, en realidad nos estamos preparando para acceder a un lugar que pocos tienen el privilegio de pisar: las «salas blancas» donde se integra y testa un satélite antes de lanzarlo al espacio. ABC visita las instalaciones de Astrium, la división de satélites del gigante Airbus Group, en Toulouse, para conocer el Astra 2G, que ofrecerá una nueva generación de servicios de televisión a Europa, Oriente Medio y África.

Es importante entrar cubierto al área que alberga esta joya de las telecomunicaciones para evitar que se contamine con polvo de fuera. La temperatura está regulada. Se nota más fresco que en el resto del edificio. El termómetro marca 20.3ºC.

Ante el visitante, al que no le está permitido tomar fotos, se erige el Astra2G, de seis mil kilos de peso, al que sólo le queda pasar las últimas pruebas de radiofrecuencia, antes de ser lanzado al espacio a principios de 2014 para permanecer allí, al menos, 15 años. El coste de poner en órbita uno de estos cacharros, «entre 250 y 300 millones de euros» -revela Luis Sahún, director general de la operadora de satélites SES Astra España- obliga a que los ensayos sean muy estrictos. No se pueden permitir el lujo de fallar durante el lanzamiento o la puesta en órbita. «Tienes que asegurar todo en la Tierra porque a 36.000 kilómetros de distancia no puedes reparar nada», explica Verónica Aznar, directora de Marketing de Astrium y nuestra guía durante la visita.

Piezas «made in Spain»

Lo que vemos es el satélite casi terminado, pero a Toulouse llegó hace meses por piezas. Más de mil personas participan en el proceso de elaboración, desde su diseño hasta su puesta en órbita, en distintas partes del mundo. Las antenas de comunicación y los equipos electrónicos, por ejemplo, se fabrican en España.

En Toulouse se lleva a cabo el proceso de integración. Primero se recibe el módulo de servicio, la plataforma Eurostar E3000, que es como el «corazón» del satélite. Es la parte que permite al satélite llegar a la órbita y operar durante al menos 15 años. Incluye los sistemas de propulsión, energía eléctrica y control. Puede tener una, dos o tres plantas, según la complejidad de la misión, para instalar más o menos equipos de radiofrecuencia.

El satélite soporta temperaturas de entre +120º y -170ºC y hasta 156 decibelos de ruidoA continuación, se une la plataforma con el módulo de comunicaciones, que es el que contiene las antenas y el repetidor. A pesar de que las piezas se han hecho en diferentes puntos del planeta, las dos partes encajan al milímetro. «Detrás hay un proceso industrial eficaz y mucho trabajo de ingeniería», apunta Aznar.

Nos llaman la atención unos globos aerostáticos transparentes que flotan cerca del Astra 2G. Nuestra cicerone nos explica que se utilizan para sujetar las antenas cuando son desplegadas para las pruebas. «No están diseñadas para soportar su propio peso en la Tierra», aclara.

El satélite parece preparado para regalo. Un llamativo «papel de plata» dorado envuelve buena parte de su estructura. No es decorativo. Son mantas aislantes que tienen como misión proteger el aparato de las temperaturas extremas a las que se verá expuesto en órbita, de entre +120 y -170º C. Para comprobar que podrá soportarlas, el satélite pasará unas cinco semanas en una enorme cámara cerrada que reproduce estas condiciones, en las instalaciones de Toulouse. Es la prueba de vacío térmico. Al lado de esta enorme máquina, cualquier ser humano se convierte en una simple hormiguita.

Durante el lanzamiento, sin embargo, los principales «enemigos» del satélite serán las vibraciones y el ruido. Dos enormes amplificadores situados en un techo muy alto ponen a prueba al satélite con sonidos que alcanzan los 156 decibelios. A este nivel, los órganos internos de un cuerpo humano estallarían. Por eso, durante la prueba, los trabajadores quedan fuera de la sala, que se cierra herméticamente con una puerta de gran grosor. A pesar de todas las medidas de seguridad, el nivel de ruido es tan brutal que, aunque muy levemente, las vibraciones llegan a notarse fuera.

El último ensayo es el de radiofrecuencia para comprobar que el aparato proporcionará la cobertura exigida cuando esté en el espacio. En esta ocasión, no podemos entrar dentro de la sala porque están probando uno de los satélites. Si lo hiciéramos, nos achicharraríamos. Nos conformamos con verlo a través de unos monitores de control.

Poner en órbita un satélite cuesta entre 250 y 300 millones de eurosCuando el Astra 2G esté complemente terminado, lo siguiente será transportarlo hasta el aeropuerto de Toulouse. Este paso es casi de película. Los traslados deben hacerse a las cinco de la mañana, para poder cortar las carreteras sin afectar al tráfico, y con la policía de escolta. Se traslada en un contenedor preparado para amortiguar los golpes, con aire acondicionado, y un equipo de monitorización.

Viajará en un avión especial hasta Baikonur (Kazajistán), un lugar en medio de la nada desde donde será lanzado por el cohete Protón. La elección del punto de lanzamiento no es caprichosa. Como Cabo Cañaveral, en Estados Unidos; Kourou, en la Guayana Francesa, o también plataformas en el mar, Baikonur dispone de la infraestuctura adecuada y facilita un acceso más rápido a la órbita ecuatorial.

¿Por qué no se caen?

Los satélites se colocan a 36.000 kilómetros de la Tierra. Esta distancia tampoco es arbitraria. «En ese punto la fuerza de gravedad se iguala a la fuerza centrífuga. Igualando ambas fórmulas sale una velocidad que hace que el satélite permanezca fijo en el cielo. Por eso no se caen», explica a ABC Miguel Pingarrón, director de desarrollo de negocio de SES en España.

Para llegar hasta su posición orbital, el satélite necesita hidracina y óxido de azote como combustible. Estos dos compuestos son muy tóxicos, por lo que no se introducen hasta que no llega al punto de lanzamiento. Una vez en órbita, el satélite funciona gracias a los paneles solares y las baterías que lleva incorporadas. El combustible sólo será necesario para mantener el aparato en su correcta posición, ya que cada dos semanas, aproximadamente, sufre ligeras variaciones por los movimientos y la atracción de la Tierra. Una vez finalice su misión, se utilizará un combustible de reserva para moverlo hasta una « órbita cementerio».

La posición orbital del Astra 2G será 28,2 grados Este. Tardará diez días en colocarse y permanecerá tres o cuatro meses en pruebas hasta que comience a funcionar plenamente. Desde ese lugar dará cobertura de televisión y banda ancha de nueva generación a Europa, Oriente Medio y África. «El satélite es el medio de difusión ideal para incorporar todas las nuevas tecnologías de televisión como la alta definición y la ultra alta definición. Las televisiones cada vez son más grandes y es necesario que los canales aumenten la resolución», señala Pingarrón. Desde SES estiman que en 2025, uno de cada tres hogares con televisión en el mundo tendrá ultra alta definición.