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Michael Ondaatje: «El paciente inglés era un enigma»

Día 10/04/2012 - 16.35h
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El autor de «El paciente inglés», Michael Ondaatje, abandonó Sri Lanka a los once años. Sus pasos los repite el protagonista de su nueva novela, «El viaje de Mina» (Alfaguara)

Aunque hay biografías que aseguran que nació en Canadá en 1943, Michael Ondaatje nació en Sri Lanka. Con once años abandonó la isla, que entonces se llamaba Ceilán, y puso rumbo a Inglaterra «para estudiar»; un periplo con escalas –Toronto y Ontario– cuyo destino final sería la literatura. El autor de El paciente inglés presenta ahora en España El viaje de Mina (Alfaguara), la historia de alguien como el propio Ondaatje, obligado a dejar atrás su Sri Lanka natal. Un relato imaginario, advierte en la última página del libro, pero construido con materiales de la memoria y la autobiografía.

¿Cuánto de Michael Ondaatje hay en Mina?

Curiosamente, tan pronto como lo llamé «Michael», el personaje insistió en hacerse independiente. Hay cosas mías en Mina, sobre todo en los primeros capítulos del libro –me refiero a su vida anterior en Colombo–. Pero una vez que comienzan sus peripecias en el barco, todo es nuevo y no está basado en mi biografía.

Para Mina, el viaje a Inglaterra es un rito de paso. ¿Lo fue también para usted?

Mucho me temo que no. Apenas recuerdo nada de aquel viaje. Pero, desde luego, para el protagonista del libro es toda una aventura.

«La mía fue una adolescencia precaria», confiesa Mina. ¿Y la de Michael Ondaatje?

Es posible que lo fuera. Mis padres se habían separado. En ciertos aspectos, tuvo algo de «asilvestrada».

Al parecer, su padre solía asaltar trenes con un revólver por el simple placer de desviarlos.

Bueno, esa historia me la contaron cuando andaba investigando para escribir un libro titulado Cosas de familia. Pero aunque se trate de unas memorias, tiene mucho de ficción.

Las clases de uno de sus profesores, Arthur Motyer, fueron decisivas para que usted se dedicara a escribir. ¿Qué aprendió en ellas?

Básicamente, creo que un gran entusiasmo por la literatura y el teatro. Eso fue lo que Motyer me transmitió. Algo de enorme importancia. Me contagió, y de hecho me dediqué a la enseñanza por ese motivo. En la actualidad formo parte del consejo editorial de una revista que se llama Brick y que está basada en ese entusiasmo por la literatura.

«Los monstruos cotidianos», «El hombre con siete dedos en los pies» y «La rata» son sus primeros títulos. Curiosamente, todos de poesía.

Así fue como empecé a escribir. Me colé de rondón. No hubiera podido ponerme tan pronto con una novela. Pero aprendí de manera gradual, como lo hace un aficionado. Siempre me ha gustado más el talante de los aficionados que el de los profesionales.

¿Qué le permite la poesía que no le permite la narrativa?

La poesía permite más intimidad y capacidad de sugerencia. Me esfuerzo por llevar esas cualidades a la prosa.

«Nunca imaginé que sería un escritor de ficción», ha declarado. ¿Por qué comenzó a escribir novelas?

Cuando leí las de William Faulkner, de repente me di cuenta de que la prosa podía tener la libertad y la posible indisciplina de la poesía.

En «Las obras completas de Billy el Niño» rescató la figura del legendario forajido. ¿Qué le atrajo de él?

Solo quería imaginar a alguien que resultara más complejo que el personaje al que estábamos acostumbrados y que parece extraído, sin más, de un tebeo.

Al músico de «jazz» Charles «Buddy» Bolden le dedicó «El ‘‘blues’’ de Buddy Bolden». También «El viaje de Mina» está plagado de referencias musicales.

Me gusta mucho la música. Si hubiera podido elegir mi carrera ideal, habría sido pianista de jazz como Fats Waller. De manera que la música es un acicate en mis libros. Todas sus tonalidades. Sus estructuras.

Su novela más famosa, «El paciente inglés», recrea la epopeya del conde Almásy, uno de los últimos exploradores románticos, al que los beduinos llamaron «el padre de las arenas». ¿Por qué captó su atención?

Era una persona enigmática, desconocida y ahistórica, nada más que una silueta definida solo a medias, de manera que me lo podía inventar, descubrirlo mientras escribía. Fue una suerte que no supiera demasiado acerca de él. Lo que yo construí fue un personaje de ficción.

Habría que distinguir dos «pacientes ingleses»: la novela y la película. ¿Se complementan?

Creo que ahora conviven muy cómodas y satisfechas y no se quitan nada la una a la otra. Lo que me parece perfecto.

¿Le molesta que su nombre vaya ligado para siempre a «El paciente inglés»?

A decir verdad, no; estoy muy orgulloso de esa novela. Pero también estoy contento de cómo han salido mis otros libros.

«Los fantasmas son los que nos necesitan», aseguró a propósito de «El fantasma de Anil». ¿Qué quiso decir?

¡No lo recuerdo! Quizá sea un eco de una frase utilizada en Asia y que habla de «el mes de los fantasmas hambrientos», una referencia a que hay que acordarse de ellos: necesitan que se los recuerde.

En sus novelas hay pocas descripciones de personajes. «No sé cómo son físicamente, y cuando lo sé, ya es demasiado tarde para explicarlo», ha dicho.

No me gusta definirlos demasiado, para que así el lector pueda participar en su creación... de la misma manera que el lector de un poema participa también en ese proceso.

Según usted, el arte y la música van por delante de la literatura, que se ha vuelto conservadora. ¿De qué dependería su renovación?

Es difícil contestar a eso, pero la narrativa está sin duda más basada en la costumbre y en las viejas estructuras que la música o el arte. Eso es evidente.

Ha confesado su debilidad por García Márquez. ¿Le ha influido?

García Márquez no me ha influido, pero el mundo que pinta es muy parecido al de mi infancia, lo que me permite tener confianza en el retrato que hago de él.

«El español es una lengua afectuosa», señala uno de los personajes de «El viaje de Mina». ¿Está de acuerdo?

Lo que dije fue que «el español es la lengua del amor», un verso de una canción de Bob Dylan. ¡Y así es, por supuesto!

«El viaje de Mina»

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